Berlín, paredón y después

El autor analiza las causas del desmoronamiento de la guerra fría -cuyo epicentro más cabal fue el muro que partía en dos esa ciudad alemana- y cómo está el mundo a 20 años de ese hecho.
Por V. Santa María

Días atrás se reunieron en Berlín Mijail Gorbachov, George Bush y Helmut Kohl, los jefes de Estado de la URSS, los EE.UU. y Alemania Occidental, respectivamente, al momento de la caída del Muro. Lejos están ellos de ser los únicos protagonistas de los hechos que culminaron con el fin del modelo soviético. De estar vivos no podrían faltar ni Ronald Reagan ni el papa Juan Pablo II. En el caso del pontífice, por la notable y decisiva influencia que ejerció visitando su país natal, Polonia, a poco de iniciar su reinado espiritual y político, logrando unir a la mayoritaria feligresía católica detrás del sindicato Solidaridad, conducido por Lech Walesa, en su lucha por la democratización política del país.

Por su parte, Ronald Reagan, al llegar a la presidencia de los EE.UU. en 1981, lanzó una verdadera cruzada contra el comunismo internacional. Llamó a la URSS "el imperio del mal", y tomó rápidamente la delantera en la carrera armamentística. En 1983 anunció la puesta en marcha de un sistema antimisilístico, conocido como la Guerra de las Galaxias, con el que les ganó la batalla a los soviéticos.

Visto a la distancia, el hundimiento soviético era un hecho prenunciado. Gorbachov asumió en 1985 como secretario general del Partido Comunista soviético. La implementación de las políticas conocidas como perestroika (reestructuración) y glasnost (transparencia) que llevó adelante constituyó quizás el último intento serio por parte del comunismo gobernante de evitar el desmoronamiento final del modelo.

Hay quienes hablan de que se produjo un colapso atribuible a causas endógenas y no un triunfo de los EE.UU. Preferimos pensar que el final de la primera experiencia de marxismo aplicado se debe a una conjunción de causas concurrentes, entre ellas la incapacidad de la dirigencia soviética para reencauzar rumbos y objetivos fronteras adentro.

Lo cierto es que, iniciados los años 90, el mapa del mundo había cambiado, abriendo el espacio para la enunciación de teorías como la del norteamericano Francis Fukuyama (El fin de la Historia y el último hombre), que es el fundamento del llamado pensamiento único.

Es poco probable que Carlos Menem haya imaginado al asumir su primer mandato que meses después caería el Muro de Berlín. Pero no era ajeno a un clima de final de época que se venía insinuando por la declinación del poderío soviético. Su instinto y olfato políticos deben haberlo decidido a dar inesperados pasos en materia de política económica y de alineamiento incondicional a los dictados de la sobreviviente superpotencia norteamericana, que llevaron al canciller Guido Di Tella al despropósito de afirmar que la Argentina y los EE.UU. mantenían relaciones carnales.

La década de los 90 fue una carrera de muchos países latinoamericanos por sumarse al capitalismo triunfante. Los beneficios obtenidos (cierta modernización o el control de la inflación) no compensan ni por asomo el daño ocasionado por la aplicación de las políticas neoliberales.

Fueron los años del Consenso de Washington, que terminó convertido en un dogma programático de las políticas neoliberales: disciplina fiscal, reordenamiento de las prioridades del gasto público, reforma impositiva, liberalización de las tasas de interés, una tasa de cambio competitiva, liberalización del comercio internacional, liberalización de la entrada de inversiones extranjeras directas, privatización, desregulación, derechos de propiedad.

Cristina Kirchner ha fustigado la experiencia de los 90. "La Argentina –suele afirmar– tiene experiencia de crisis y una necesidad de reformulación de los organismos multilaterales de crédito que no deviene de su participación en el G-20 sino de sus propia experiencia histórica. La Argentina fue un conejillo de indias en cuanto a experimentos de lo que se denominó el neoliberalismo y el Consenso de Washington".

En la V Cumbre de las Américas, en Trinidad y Tobago en abril último, la Presidenta señaló sobre la crisis financiera internacional: "Se ha derrumbado aquel mundo que existía en 2005, el del pensamiento único en materia económica, donde el Estado había desaparecido y el mercado todo lo arreglaba, sin controles". Y agregó: "Los grandes avances sociales, económicos y estructurales" de nuestros países se ven hoy "amenazados" por el impacto de una crisis "en la que no hemos tenido nada que ver". Por eso "es importante –continuó– plantearnos como punto de partida la necesidad de construir un nuevo orden regional, que dé cuenta de las transformaciones de este mundo que no volverá a ser el mismo".

A veinte años de la caída del Muro de Berlín, una cosa es segura: el mundo sigue andando y los pueblos siguen escribiendo la historia.

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