El bastón de las manos limpias

Por José Ignacio López

El bastón del que hasta hace unos meses se valía para incorporarse ya no estaba en sus manos. Había quedado en el vestíbulo austero y despojado como los ocupantes del antiguo departamento de la avenida Santa Fe.

Otro bastón, el de mando con el escudo nacional en la empuñadura, también estaba allí. Lo tenía, lo tuvo, en sus manos firmes y tan limpias como hasta ahora, por casi seis años después de aquél histórico 10 de diciembre del inolvidable 1983.

Distinto bastón la misma prédica: el dirigente debe "orientar y abrir caminos, generar consensos, convocar al emprendimiento colectivo, sumar inteligencias y voluntades, asumir con responsabilidad la carga de las decisiones".

El bastón de ahora debió usarlo para sostenerse, cuando la enfermedad comenzó a debilitarlo. El otro, el presidencial, el de las grandes ceremonias, ¡cuántas veces, cuántas noches de tensión y vigilia, lo vi en sus manos mientras cavilaba, mientras me confiaba su silencio, su ir y venir por la casona de Olivos o por el despacho de los presidentes!

Tomaba el bastón, lo blandía a veces; jugueteaba otras. Preludio de una decisión, en ocasiones.

Distinto bastón, la misma prédica. Con un tono de voz aflautado por la enfermedad lo dictó hace unos días consciente de los "momentos complejos y de gran incertidumbre" que vivimos los argentinos: "No se puede demorar más un acuerdo entre las distintas fuerzas políticas y sociales en defensa de la República y de la gobernabilidad, condiciones básicas para defender la producción y el empleo". ¿No es ese acaso su legado?

Estaba lúcido, espiritualmente sereno y en paz con su conciencia, pero como tantas otras veces angustiado por el desvarío de una dirigencia no sólo política atrapada por "la intolerancia, la violencia, el maniqueismo, la compartimentación de la sociedad? la indisponibilidad para el diálogo y el acuerdo", rémoras con las que carga nuestra democracia.

Lo había dejado dicho aquella tarde junto a su busto recién emplazado la última vez que volvió a la Casa Rosada y pasó entre los granaderos como tantas mañanas y tantas noches de aquel período de transición, augural de la democracia recuperada.

Ese día, con la Presidenta a su lado, desde su firme convicción tendió su mano y lanzó su deseo esperanzado: "Propongo que todos lo intentemos con la cabeza y el corazón en el presente y la mirada hacia el futuro. Porque los argentinos hemos vivido demasiado tiempo discutiendo para atrás".

La política no es sólo conflicto, también es construcción, predicó esa tarde, y aludió a la crisis global que asomaba y hoy nos sacude convencido de que no sería posible resistir la cantidad de presiones que ya se sufrían "si no hay una generalizada voluntad nacional al servicio de lo que debieran ser las más importantes políticas de Estado expresada en la existencia de partidos políticos claros y distintos, renovados y fuertes, representativos de las corrientes de opinión que se expresan en nuestra sociedad".

Palabras que resonaban auspiciosas en las vísperas de una conmemoración significativa: 25 años de democracia ininterrumpida.

Y como la recuperación de la democracia conmovió a todos por igual y la compartimos sin diferencias en nuestras memorias, aquella invitación de Raúl Alfonsín -ahora su legado- devenía en oportunidad.

Alegría compartida

Hacer memoria de esos días liminares es evocar un momento de alegría compartida, de disposición colectiva a la acción conjunta, a la reconstrucción de la confianza. Remontarnos al espíritu dominante en aquélla primavera del 83, era (¿es?) una invitación para celebrarla más unidos, más dispuestos a tender la mano, a revisar actitudes y conductas propias, a asumir la dirigencia, toda la dirigencia, su cuota parte de responsabilidad en esta transición demasiado larga: extendida en el tiempo por mezquindades y grandezas ausentes.

Memorar ahora aquel comienzo cuando las causas profundas de la fenomenal crisis de principios de siglo siguen casi intactas y con el telón de fondo del derrumbe económico mundial y sus efectos sociales, era una nueva oportunidad para empezar el cambio.

Alfonsín lo siguió creyendo hasta su último suspiro. Sin declararse vencido, aunque hasta su lecho llegaba el eco del festival de mezquindades ofrecido por dirigencias de todo orden de un lado y otro del poder, que abruma a una sociedad desconcertada por un discurso que describe los efectos corrosivos de la crisis mundial pero que no asume conductas consecuentes.

Por eso, al modificarse sin consenso el calendario electoral volvió a clamar y escribió que era necesario el dialogo para resolver los preocupantes temas institucionales, sociales y económicos que nos agobian. Y hasta creyó necesario decir que no lo animaba ningún interés personal. ¡Tanta es la desconfianza que nos disgrega!

Raúl Alfonsín, quedó dicho, aun con su salud quebrantada aprovechó una y otra ocasión en los últimos meses para expresarlo con todas las letras: "La política implica diferencias, existencia de adversarios. Pero la política no es solamente conflicto, también es construcción".

Ese es el legado del Presidente que se inmoló en la génesis de esta demasiado larga transición. Su vida, su magno gesto postrero está pendiente de respuestas. Ojalá que no se agoten en la retórica de los panegíricos.

El autor fue el vocero presidencial durante el gobierno de Alfonsín

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