Los Basij, la fuerza paramilitar que enfrenta la resistencia "verde"

Enroló a jóvenes y ancianos durante la guerra con Irak; hoy está a cargo de la represión
TEHERAN.? La manifestación de ayer parecía tan pacífica como la del lunes. Es cierto que el lugar donde se iba a realizar, la plaza Valiasr, había sido ocupado por los seguidores del presidente Mahmoud Ahmadinejad, pero quienes consideran que su reelección se pretende imponer a través de un fraude simplemente movieron la suya unos tres kilómetros al norte, a la plaza Vanak.

Aunque el gobierno había amenazado con impedirla mediante la violencia ?por lo cual el candidato opositor Mir Hossein Moussavi canceló la convocatoria?, la policía mostró una actitud de pasividad como la del día anterior. Los manifestantes conversaban con los policías antimotines y éstos respondían con sonrisas.

No se sentía demasiada tensión, a pesar de que en la marcha de anteayer miembros de las milicias religiosas Basij asesinaron a un manifestante y de que por la noche atacaron con armas de fuego el dormitorio estudiantil de la Universidad de Teherán, donde hubo siete muertos, según informó el diario británico The Independent.

Los Basij son de temer. Constituyen un grupo paramilitar creado hace casi 30 años por el ayatollah Ruhollah Khomeini (fallecido en 1989) para acomodar a todos aquellos devotos que, por ser demasiado jóvenes o viejos, no pudieran integrarse al ejército para combatir contra Irak entre 1980 y 1988. Se hicieron famosos porque muchos de sus miembros (de 10 a 16 años) formaron las "olas humanas" que al grito de "Allahu akbar" ("Dios es grande") corrían sobre los campos minados por el enemigo para morir como mártires. Así limpiaban el paso para los soldados.

Los líderes políticos, religiosos o militares que arrojaron bandadas de niños a la muerte deberían haber sido juzgados y castigados. Pero en la mística revolucionaria, eso se recuerda como un enorme acto de heroísmo.

Cambio de hábitos

Y los Basij de ahora, hombres de entre veinte y treinta y pico de años, barbados, con las camisas desfajadas, y muchos con una bufanda blanca alrededor del cuello, hacen todo lo posible por merecer el prestigio ganado por sus antecesores. Sólo que ya no saltan sobre minas ni enfrentan a un enemigo armado, sino que golpean a civiles indefensos, mujeres incluidas.

La primera señal de que la manifestación de ayer no iba a terminar bien vino del Sur, de la dirección donde estaba la multitud que apoya a Ahmadinejad. Un contingente retrasado de jóvenes partidarios de Moussavi, con telas y paños verdes, se aproximaba a la plaza Vanak.

Atrás, a unos 200 metros, varias personas comenzaron a correr despavoridas. Se oyeron varios truenos, hasta sumar siete, parecidos a disparos.

Pronto fue posible ver a quienes causaban el revuelo: aproximadamente un centenar de hombres en motocicletas. Entre ellos, una docena vestía uniformes completamente negros: botas militares, chaleco antibalas, pasamontañas y un casco que podría haber sido copiado del modelo de Darth Vader ?el villano de la La Guerra de las Galaxias?, sólo que la visera que cubría la cara era transparente. Estos últimos portaban cachiporra y algunos de los primeros, gruesas cadenas.

Para evitar el enfrentamiento, los jóvenes en la retaguardia del contingente a favor de Moussavi se dieron la vuelta, formaron una cadena humana tomándose de los brazos y empujaron con sus espaldas a su propia gente para hacerla avanzar hacia la plaza Vanak. Uno de los hombres de negro se aproximó a pie agresivamente al grupo, con la porra en alto, que dejó caer sobre el joven "verde" que se había acercado a él para hablar. Comenzó a pegarle.

Los Basij lanzaron sus motocicletas contra el contingente estudiantil, que se desintegró en segundos. Eso tuvo un efecto inesperado: dejó a los agresores casi solitarios en medio de la calle.

Bombardeo

Los que huían se detuvieron a romper el pavimento, cuyos fragmentos se convirtieron en munición. Un bombardeo de rocas cayó sobre los Basij. Una de ellas golpeó la visera del primero que había atacado, que estuvo a punto de caer.

Fue una señal: se oyó un imponente clamor guerrero desde las gargantas de los simpatizantes de Moussavi, en el momento en que se lanzaban al ataque. Superados numéricamente, los Basij fueron reducidos en segundos, arrojados al piso, pateados. En la confusión, no fue posible saber qué pasó con ellos.

Los vencedores, no obstante, se quedaron con un botín: seis motocicletas en el piso, a las que prendieron fuego. Las densas columnas de humo anunciaron su momentánea victoria. Acostumbrados a ser los que reciben los golpes y las balas, esta vez les había tocado ganar. "¡Allahu akbar!", cantaban en paradójica apropiación de un grito simbólico.

Puede ser efímero. En la televisión oficial iraní nunca aparecen las multitudes pacíficas de la oposición, ni la brutal represión que ejercen contra ella los aparatos del Estado. El público sólo se entera de que hay opositores cuando salen las imágenes de destrozos cometidos por ellos.

Cada vez hay menos posibilidades, además, de que una realidad distinta a la oficial se conozca. Después de limitar Internet, bloquear sitios y neutralizar las señales de celular, el gobierno ha decidido eliminar testigos. A decenas de periodistas les han sido revocadas las visas temporales y varios han sido golpeados, arrestados o expulsados.

A los que están aquí de manera permanente se les ha prohibido salir a la calle: se espera que informen sobre la base de boletines oficiales.

Con excepción de una reportera inglesa, este cronista no pudo ver a ningún otro colega en la calle. Y tras ser identificado y perseguido por dos Basij, tuvo que escapar en la moto de un buen samaritano. Cuando se sienten acorralados, los regímenes muerden.

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