Barrionuevo le dijo a Crítica que "debutó a los 14"

Barrionuevo le dijo a Crítica que "debutó a los 14"
Mientras espera que un fallo de la Cámara Electoral Nacional destrabe finalmente la posibilidad de su candidatura por el PJ, Luis Barrionuevo se prestó a una entrevista en Critica de la Argentina. "Provocador", como lo define el diario porteño, hace declaraciones fuertes, e intimas, como que se inició a los 14.
"¿Quién es ése?", pregunta, un poco vanidoso, el diputado nacional y titular del sindicato de los gastronómicos, José Luis Barrionuevo, cuando su imagen aparece en uno de los principales noticieros de la tevé de la tarde. Hace pocas horas su gremio lanzó un paro y movilización en reclamo de aumento salarial, sin embargo no luce agobiado; todo lo contrario, se lo ve enérgico y de muy buen humor. Mientras firma algunos papeles y almuerza bizcochitos de grasa y galletitas de agua con fetas de queso, hace un pedido: "No me vaya a meter en líos, ¿eh?".

–¿Qué recuerda de la casa de su niñez en Catamarca?

–Un hogar con un matrimonio constituido, siete hijos y un padre que trabajaba de empleado municipal. Con mi hermano mayor hacíamos changas desde los 13 años hasta que me vine a Buenos Aires. Cortábamos leña para ayudar en un hogar donde éramos nueve, mis siete hermanos más mis dos viejos. Comíamos salteado. También vendí empanadas en la plaza, sobre todo en la fiesta de la virgen, coseché nueces en los cerros y crié cabras. Dentro de todo, fui feliz durante mi niñez. Éramos pobres pero limpios. Fui a la escuela hasta sexto grado, jugaba al fútbol y participaba de los campeonatos infantiles Evita.

–¿A qué le gustaba jugar?

–A la bolita, a las figuritas o hacíamos una pelota de trapo. Al básquet o al fútbol. Armábamos los cochecitos de carrera, les poníamos una piola y corríamos adelante con el coche atrás. También jugábamos a quién orinaba más lejos.

–¿Usted alguna vez ganó en ese juego?

–No me acuerdo.

–¿Por qué lo solían retar sus padres?

–Mis viejos no me retaban, me cagaban a palos directamente. Mi madre me tapaba siempre, pero mi padre me corría –incluso me corría todo el barrio Villa Cuba– hasta que lo cansaba y me agarraba a la noche.

–Cuénteme alguna de sus travesuras.

–Una vez me habían mandado a buscar una caja de hostias del Buen Pastor, donde las fabricaban, y me las comí todas. Parecían un emparedado. El cura les contó a mis viejos y después me dieron una zamba tremenda. Por eso no me confesé más, total me había comido todas las hostias. Pero bueno... me daban palos, por eso soy bueno ahora.

–¿A qué edad le dio por primera vez un beso a una chica?

–Era un salame bárbaro. Me subía arriba de los naranjos para presumirle a alguna piba del barrio. Trataba de darle un beso cuando le entregaba la naranja. Eso habrá sido a los 12 años.

–¿Cómo le iba con las mujeres?

–Siempre fui un caradura total. A los 14 años, unas chicas más grandes abusaron de mí. Ellas tenían ventipico de años y eran primas lejanas. Eran chicas juguetonas.

–¿A dónde invitaba a salir a las chicas?

–Íbamos a bailes. Yo vivía en Liniers y me iba a bailar con mis primos a Ituzaingó. Le hacíamos el novio a una piba y la acompañábamos veinte cuadras hasta la puerta de su casa y después venían los perros y nos sacaban corriendo. Como mucho, conseguía un besito pero después te tenías que volver como un boludo.

–¿Por qué se vino a Buenos Aires?

–Por hambre y necesidad. Cuando vine acá me quedé en la casa de unos primos que vivían en La Reja en Moreno. Empecé a trabajar de cadete en una ferretería cerca del Obelisco y al mediodía comía el sándwich en la 9 de Julio o en la plaza Lavalle. Por ahí, cuando estabas comiendo el sándwich, algún trolo se te pegaba al lado tuyo, abría el diario y te empezaba a querer meter mano. Si no te invitaba a los cines pornos o a comer.

–¿A usted le pasó eso?

–Sí, pero nunca fui. Todos homosexuales degenerados. Para mí la homosexualidad es un tema tabú.

–¿Por qué?

–No me gustaron nunca. Cada uno hace de su traste lo que quiera, pero no lo entiendo. Es una enfermedad. Conozco un montón, pero no cultivo ningún tipo de amistad. Es como la religión, yo soy cristiano pero no tengo discriminación con el negro, el judío, el turco o el gallego. Son todos iguales. Tengo amigos judíos y árabes también.

–Usted dice que no discrimina pero menciona que no puede ser amigo de una persona gay…

–Y… bueno, la verdad es que nunca cultivé una amistad con un homosexual.

–¿Trabajó como mozo o no?

–De los 13 a los 14 años fui lavacopas y cafetero de una de las confiterías más importantes de Catamarca. Cuando me vine a Buenos Aires me echaron de varias fábricas por revoltoso y terminé en una confitería en San Martín. Ahí estuve atrás del mostrador y luego pasé al salón.

–¿Recuerda alguna anécdota de cuando era mozo?

–Cuando el mozo llega a la mesa pasa a ser parte del cliente. No sólo se trata de la buena atención sino del servicio, por eso en muchos lugares se reparte la propina con la cocina. Al comienzo, yo atendía a los burreros. Había un salón donde siempre estaban ellos y si ganaban, recibía buena propina; pero si perdían, te trataban mal.

–¿Es cierto que trabajó como conserje en un albergue transitorio?

–Sí, en Pablo Podestá. Se gana buena plata. Muchas veces los que toman la habitación no tienen plata para pagarte y te dejan el reloj o el anillo. Me acuerdo de que a veces entraba algún colado o colada en el baúl. Se trabajaba mucho con la trampa. Es decir, el conserje y la mucama hacían un arreglo: las sábanas de arriba las repasábamos un cachito y las dejábamos para los próximos clientes, porque el patrón sabía de la recaudación contando cuántas sábanas se cambiaban. De ese modo nos quedábamos con una parte de lo recaudado.

–¿El clima de trabajo hace más propicios los romances entre los empleados?

–Y... sí. Yo tenía un patrón que probaba a las mucamas. Les enseñaba a hacer la cama y bueno... entraban en ese calor.

–¿Y usted?

–No, no. Yo trabajaba.

–¿Ya conocía a su actual esposa?

–No, no, la conocí después.

–¿La suele agasajar?

–Sí, siempre. Para sus cumpleaños siempre traté de agasajarla. Pero cuando vienen los hijos se te complica todo.

–¿En qué le gusta gastar el dinero?

–En nada. No tengo lujos. En lo que más gasto es en la política y en regalos para Graciela.

–¿Qué le gusta que le regalen a usted?

–Nada. Lo mejor para mí es pasar un buen momento y la amistad. El tipo que viene a mi cumpleaños piensa qué le puedo regalar a este que no tenga. Tengo corbatas, camperas y trajes a montones. Es lo que me regalan todos los años. Se las doy a mis hijos u otros parientes. También me regalan muchas cosas del golf.

–¿De dónde surgió su gusto por el golf?

–Yo veía golf a las doce de la noche y un día en Mar del Plata unos amigos nos invitaron a comer en el Club House de Acantilados y después de almorzar me invitaron a tirar unas pelotas en la cancha de práctica. Cuando le pegué a la pelota tuve una sensación tremenda. Cuando regresamos, mi mujer le dijo a un médico amigo: "Llevalo al loco a jugar al golf". Me llevó al country y empecé a ir todos los miércoles con un profesor para practicar. Estuve casi un año yendo hasta que me dieron el handicap, empecé a jugar torneos y les gané a todos. Llegué a tener 6 de handicap y ahora estoy en 8.

–¿Juega con Graciela?

–Sí, pero ella juega menos porque es estudiosa y laburadora. En el verano jugamos más. A veces jugamos torneos de matrimonios y ahí vienen las discusiones.

–¿En general discuten mucho?

–Ella me grita y me maltrata. Soy una víctima.

–¿Por qué le grita?

–Porque nada de lo que hago le cae bien, salvo cuando le llevo un regalo. Es muy interesada. (Risas). Y eso que nunca falto a casa de noche, salvo cuando ando en campaña y me voy a Catamarca. A la noche ceno con la familia. Igual me reprochan. Por suerte mi suegra me banca.

–¿Qué es lo que más le gusta de su mujer?

–Lo que no me gusta es que es muy laburadora. Pero no me puedo quejar de ella porque la creo inteligente y siempre que la necesité, estuvo. Es una compañera espectacular. De lo único que me quejo es de los gritos y maltratos.

–¿Es cierto que usted era jugador?

–Sí. Lo mejor que hizo Menem de mí es haberme sacado del juego. A partir del momento en que me dediqué a su campaña, dejé de jugar. Yo era un jugador compulsivo. Me encantaban los caballos, la ruleta y el casino. Me jugaba todo, hasta la comida de mis hijos. Por ahí nos íbamos de vacaciones y a los dos días estábamos volviendo.

–¿Pudo superar esa adicción?

–Totalmente. Dejé de jugar y aposté todo a la política. Me divierte jugar con los presidentes. Me encanta el poder, siempre busco al campeón para pelearme, nunca a un edecán.

–¿Cuándo fue la última vez que lloró?

–Muchas veces. Lloré por la política, por el sindicalismo o en discursos emotivos. En casi todos los congresos yo hago el discurso final y es difícil que no se me vayan las lágrimas. Moqueo bastante porque uno tiene que lograr motivar a la gente cada año.

La billetera del caballero

"¿Billetera? No, no uso. Todo lo llevo en el bolsillo del pantalón, incluso el viagra", bromea Barrionuevo, y enseguida tira sobre la mesa un blister de descongestivos, algunas tarjetas personales, 30 dólares, 200 pesos uruguayos, 1.420 pesos argentinos y una tarjeta de un restaurante de sushi.

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