Un barrio al óleo

En el barrio La Ribera los vecinos viven sobre hidrocarburos que provienen de una vieja pinchadura de un oleoducto de YPF. Si se excava a 70 centímetros, surge agua negra. Están expuestos a enfermedades asociadas al benceno. YPF demora las tareas de limpieza.
En el barrio La Ribera de Quilmes los vecinos viven sobre un colchón de hidrocarburos y, con impotencia, denuncian que padecen las consecuencias, especialmente en la salud de sus chicos. Casos de cáncer, malformaciones, tumores, enfermedades de la piel y respiratorias son parte de un largo listado de patologías que asocian a la mancha oscura que tienen a menos de un metro por debajo de sus pies impregnada en el agua subterránea. La contaminación tiene una larga historia: se inició hace veinte años cuando fue pinchado para robar combustible un poliducto de YPF S.A. que une la refinería que tiene la compañía –propiedad mayoritaria de la española Repsol– en Ensenada con el puerto de Dock Sud. El hidrocarburo se filtró silenciosamente y afloró, con la elevación de las napas en 2002. Hace cuatro años los pobladores del lugar –un asentamiento con casas de material y otras muy precarias–, ubicado entre el Río de la Plata y la Autopista, libran una pelea desigual contra la petrolera: reclaman la remediación del terreno afectado, su reubicación mientras se extiende el proceso y, sobre todo, una cobertura médica que les garantice la atención sanitaria que demandan las enfermedades que han ido aflorando, dicen, como el combustible, con el correr de los años y la exposición a compuestos peligrosos, algunos cancerígenos, presentes en el combustible derramado. Al ritmo que llevan los trabajos encarados por YPF S.A., la “descontaminación” del área afectada llevaría más de 600 años, según documentación del municipio de Quilmes e información de fuentes del gobierno bonaerense, a las que tuvo acceso Página/12.

Roberto Arregui vive sobre la calle Juan B. Justo 850 desde hace 22 años. A metros de su casa hay un freatímetro, una perforación hecha por la empresa para medir la altura de la napa de agua. Arregui mete un caño por el pozo y extrae un líquido gris. La cronista lo huele: tiene un penetrante olor a combustible. No hace falta ser experto para darse cuenta de que es agua contaminada. Cuando hace un par de años Arregui quiso levantar los cimientos para construir un taller, se encontró con ese mismo líquido que brotaba de la tierra, a unos 60 o 70 centímetros de profundidad. “Esto es lo que nos está envenenando. Mi hijo está envenenado”, salta Miguel Angel Garay, vecino de Arregui. Tiene cinco hijos. “El de 17 años vive con la nariz sangrando. Los chicos en el barrio tienen granos, vómitos, dolor de cabeza, llagas en la piel”, dice Garay. Vive a una cuadra del sitio de la pinchadura del poliducto, ahora cercado por la empresa: YPF compró 25 lotes a unos 16 vecinos que optaron por irse y desde hace seis años está realizando tareas de remediación, a través de una contratista, Tema 2000, de capitales españoles. Pero la limpieza está lejos de terminar. Los vecinos se quejan de que “ventean” el hidrocarburo, que es muy volátil, y el aire se impregna de ese olor insoportable. “Y el hidrocarburo sigue allí, envenenándonos”, señala Diana Hurtado, otra vecina de la zona a Página/12. Por sus reclamos se paró la remediación en los últimos meses pero de todas formas, según información reunida por este diario, la extracción de hidrocarburos en seis años sería mínima (ver aparte).

En YPF S.A. niegan que se emitan contaminantes al aire y sostiene que los vecinos no los dejan trabajar. Pero reconocen que están por presentar un nuevo plan de remediación para que el Organismo Provincial para el Desarrollo Sostenible (OPDS), autoridad bonaerense en materia de medio ambiente, lo apruebe. “La semana que viene o la otra se presentará una propuesta integral”, afirmó un vocero a este diario. Página/12 quiso saber la cantidad de hidrocarburos extraídos hasta el momento como parte de las tareas de remediación y cuánto queda bajo tierra. Pero el vocero se negó a dar esa información. La guardan bajo siete llaves. Tampoco dio una noción de cuánto tiempo demandará la finalización del trabajo. La empresa, no obstante, niega cualquier vínculo entre el derrame y las enfermedades que dicen los vecinos que se repiten en el barrio. “No hay ninguna relación directa entre los hidrocarburos y las patologías que enumeran. Esas enfermedades pueden provocarse por la situación de marginalidad en la que viven”, alegó el vocero. El poliducto, que en su momento YPF había arreglado, corre tres metros por debajo de la calle 78.

Miguel Angel Garay forma parte de la veintena de vecinos del lugar que están en juicio con YPF. Una de sus causas está ahora en la Corte Suprema. Hay tres paquetes de demandas, que encabezan tres estudios jurídicos distintos. Los expedientes tramitan en juzgados de Quilmes y de la ciudad de Buenos Aires. Fueron presentadas por los que no quisieron “arreglar” la mudanza con la empresa. “Te quieren comprar la cabeza y la vida de tus hijos. Pedimos una cobertura médica de por vida”, alega Garay. En el barrio desconfían de todos los que se acercan a conocer el problema. Algunos abogados que los representaron en un comienzo, se lamentan, los traicionaron, jugando –dicen– finalmente para la petrolera.

Gustavo Gigena es uno de los vecinos que se fue del barrio, tras un acuerdo con la petrolera. Estaba esta semana por sus viejos pagos, de visita a un familiar justo cuando Página/12 lo recorría. “Se fueron con la plata, pero se llevaron la enfermedad de las dos nenas”, apunta una vecina. Su casa estaba casi pegada al predio contaminado, frente al Club Ciclistas de Quilmes. Ahora está cercada y vacía. El hombre muestra los estudios que le hizo a sus hijas de 9 y 3 años en la Cátedra de Toxicología y Química Legal de la Facultad de Farmacia y Bioquímica, el 26 de agosto de 2008. El examen de orina muestra la elevada presencia de “ácido trans, trans mucónico”, un indicador biológico de la presencia de benceno, compuesto cancerígeno presente en algunos combustibles. Sus hijas sufren llagas en la piel. El hijo de Garay también se hizo el mismo estudio con resultados similares: superan largamente –alrededor de un 60 por ciento– los parámetros considerados normales.

“Nunca es bueno ni recomendable vivir con hidrocarburos bajo la tierra, pero es muy difícil poder correlacionar la exposición a la contaminación ambiental con las enfermedades” que enumeran los vecinos de La Ribera, señaló a Página/12 Edda Villaamil, profesora titular de la Cátedra de Toxicología y Química Legal. “No digo que sea la causa ni que no sea, digo que no es fácil demostrarlo. Muchas de esas patologías pueden deberse a malas condiciones sanitarias y de vida generales”, agregó Villaamil. La exposición al benceno, a altas concentraciones y durante largo tiempo, precisó, provoca leucemia.

La situación en el barrio es de tal gravedad que el Concejo Deliberante de Quilmes acaba de aprobar, a fin de año, una ordenanza que declaró la emergencia ambiental y sanitaria en las manzanas afectadas, comprendidas por las calles Otamendi y Ortiz de Ocampo y de 76 hasta Yoldi, hasta tanto se repare el daño ambiental producido por la contaminación de hidrocarburos. La iniciativa la impulsó el concejal Mario Sahagún, señalado como el candidato a intendente del ARI-Coalición Cívica. Entre las medidas que contempla la norma figura la atención médica adecuada a las personas afectadas, la realización de estudios de impacto ambiental en agua, suelo y aire de la ribera con el objetivo de establecer los contaminantes presentes, las patologías vinculadas a los mismos y la magnitud de la mancha de combustible. “Estamos frente a una sesión, la de hoy, que nos atrasa diez años. La exacta década en la que el desastre sanitario de la ribera de Quilmes ha crecido a su libre albedrío”, describió Sahagún al fundamentar el proyecto el día de la votación. “Este atraso –agregó– fue, sin dudas, producto de un silencio unánime. Hubo mucho a lo largo de este proceso de enfermedad y muerte”, agregó. La semana pasada, Margarita Stolbizer y Elisa Carrió estuvieron por el barrio para conversar con los vecinos afectados y se comprometieron a firmar una carta documento en los próximos días para intimar a YPF S.A. a cumplir con la remediación, sin afectar la salud de la población.

A los vecinos les cuesta creer que algo vaya a cambiar para ellos. En 2004 también el Concejo Deliberante de Quilmes aprobó la emergencia ambiental y sanitaria en la zona y poco y nada se hizo desde el municipio, apuntan. El martes estuvieron reunidos con el secretario de Medio Ambiente de Quilmes, Claudio Olivares. El funcionario también recibió a representantes de la petrolera.

El barrio tiene casas precarias, de madera y cartón apilado y otras más firmes, de material. Es una zona de bañados, ganada al Río de la Plata, a unas tres o cuatro cuadras. La basura abunda. Las ratas, también.

Blanca tiene 33 años y dos hijos, de 13 y 5 años. Es una madre sola. Trabaja como empleada doméstica. Se mudó a La Ribera hace apenas 8 meses y se está terminando la casa de ladrillos y techo de chapa. Se la nota exultante con la nueva morada. En el frente, chapotea el menor de sus hijos en una piletita de plástico. Vivía en la villa Don Bosco, también en Quilmes. Pero ahí sus hijos no tenían ni patio para jugar, diferencia. El terreno lo compró a 2000 pesos.

–¿Sabía de la contaminación? –le pregunta este diario.

–No sabía nada, me enteré hace dos o tres meses –cuenta ella, con sombrero de cowboy que la protege del solazo. Más que por el impacto de la contaminación se la nota preocupada por un cable de la empresa de electricidad que cuelga enfrente de su casa, a solo un metro del piso. Hoy para ella, el peligro está a la vista. Para los demás vecinos, es invisible, puede estar bajo tierra y en el aire, envenenándolos.

Comentá la nota