Un barrio hecho a medida para que camine Kirchner

Asfalto fresco y obras recién finalizadas para la recorrida proselitista
Uno de los organizadores de la caminata se movía ansioso con un handy en la mano por la puerta del jardín de infantes. "Cuando venga Kirchner, sacás todos los chicos a la vereda, ¿estamos?", le ordenó a una maestra. "¿A todos? Tengo 5 salas. ¡Son 120!". El hombre dijo que esperara y habló por el handy . Del otro lado, una voz le contestó que alcanzaba "con 20".

En la esquina, media docena de obreros levantaba la última pared de una parada de colectivos. Habían hecho tres en cuatro horas. Otro grupo pintaba los cordones a toda velocidad. Más allá, frente a la salita médica, dos empleados repasaban el asfalto fresco que un perro acababa de pisar. Tres custodios del ex presidente supervisaban los detalles de seguridad.

Eran las 12.15 de ayer, en el barrio Bustillo, en Hudson, partido de Berazategui. Faltaba sólo una hora y media para que Néstor Kirchner iniciara su recorrida de campaña, pero todos seguían trabajabando, apurados por llegar a tiempo. El escenario tenía que estar listo lo antes posible.

"¡Ojalá Kirchner viniera todos los días!", gritaba, irónica, una jubilada. Señalaba la calle de enfrente. "Yo vivo ahí. Después de años... ¡ayer empezaron el asfalto!" Al fondo de la cuadra, dos topadoras removían tierra húmeda.

En el jardín Dulces Naranjitas, el organizador del handy seguía dando órdenes. "Sacame todos los autos de acá", apuró a un colaborador. Al rato, quedaban sólo los móviles de televisión. La mayoría oficiales. Varias decenas de empleados tiraban cables y preparaban las cámaras.

Una señora esperaba apoyada en un poste de luz. Se manchó el saco de lana con cal. "Vine a darle una carta al presidente", dijo desde el fondo de unos anteojos pesados. Sacó un papelito de la cartera con los horarios de la caminata. La tarde anterior le habían tocado timbre para dárselo. Estaba ansiosa por recuperar un subsidio social.

Llegada triunfal

A las 13.40, Kirchner apareció en una combi blanca en la calle de las paradas de colectivo relucientes. Lo esperaban funcionarios municipales y el intendente, Juan José Mussi. Se arremolinaron camarógrafos, simpatizantes y curiosos.

Cuando lo dejaron, el jefe peronista se metió por un calle lateral, apretado entre abrazos, gritos y besos. "¡Lo amo, lo amo!", le gritaba una señora. Casi se le cae una lágrima cuando el ex presidente le firmó un autógrafo. Una decena de empleados no daba abasto para estirar cables y filmar la escena. "Lo queremos. Sale en la tele. Lo votamos. Y lo vamos a votar otra vez. Le gustan los pobres", repetía la señora en la puerta de su casa.

Un rato después, Kirchner se metió en un terreno. Varios obreros reconstruían una vivienda con un cartel del plan nacional de abordaje territorial. Kirchner besó a los beneficiarios y elogió a las obras. Cuando se fue, la dueña se acongojó. Decía que gracias a su visita habían empezado a trabajar sólo tres días antes.

En la calle, una señora buscaba a alguien para que le dieran un subsidio alimentario. Otra quería trabajo. Una empleada de Presidencia anotaba pedidos en un cuadernito de tapas duras. Repartía tarjetas de secretarios de la Casa Rosada.

En una hora, Kirchner recorrió tres cuadras. Habló poco con los periodistas. "Vamos a ganar", repitió un par de veces. Un grupo de militantes locales se arremolinaba delante de la caminata para ordenar a los grupos que lo saludaban. La mayoría se desesperaba por autógrafos y fotos. Lo vivaban como a una estrella. Algunos chicos le pedían que les firmara las manos y los brazos. Y él cumplió.

Andrea se quejaba a lo lejos, sobre el pasto recién cortado: "¿Tiene que venir Kirchner para que limpien?" Otra acotó: "En estas cuadras ayer sacaron cuatro camiones con basura. Dejaron todo limpito".

Los obreros municipales ya descansaban en la parte de atrás de la salita médica. Otro grupo daba una última mano de pintura. Cuando pasó Kirchner, se sorprendió por los mamelucos azules y las gorras naranjas y se acercó a saludar. Uno le mostró una camiseta de Racing. Se apretaron en un largo abrazo. "¿Ven? Está bárbaro con la gente", se ufanaba uno de sus colaboradores. "La calle lo quiere".

Los alumnos del jardín de infantes ya estaban preparados para recibir al ex presidente. El hombre del handy los acomodó y se fue a dejar lista la salita médica. Kirchner sonrió para las fotos. Los chicos eran 21.

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