En Bariloche no existe una seria política de tránsito.

Por estos días, circular en auto por la ciudad puede ser una experiencia caótica. Ya es sabido que el tránsito está colapsado desde hace años, pero las medidas para descongestionarlo brillan por su ausencia.
Hay sanatorios, universidades y distintos establecimientos que conllevan a un gran aglomerado de gente, que carecen de una playa de estacionamiento propia o, si es que la tienen, el número de vehículos que alberga, es mucho menor al que debería.

Por otro lado, los cordones pintados de amarillo parecen reproducirse con el sol, ya que este verano hay muchos que se estrenaron, que se suman a los ya existentes, gran parte de ellos instalados en lugares insólitos.

Un dato casi irrisorio es el de las paradas de colectivos. Bariloche debe ser una de las pocas, sino la única, ciudades en el mundo en la que las paradas del transporte urbano de pasajeros están en las esquinas, quintándole visibilidad al auto que va a cruzar o a interceptar esa vía.

Un claro ejemplo, son los paradores que hay sobre calle Elflein en sus intersecciones con Quaglia (donde ahora se la ha pasado a la cuadra siguiente, pero paradójicamente la vieja parada sigue funcionando) y con Rolando, dos bajadas pronunciadas y que, si hay colectivos estacionados o cargando gente en la esquina, es imposible tener algo de visibilidad de quien circula por Elflein o intenta bajar por Rolando o Quaglia.

En lo que a los ómnibus de larga distancia se refiere, nadie los controla. Una buena medida, fue agruparlos en la playa municipal junto al Gimnasio número 3, donde todos “duermen” allí, aunque lo más triste sucede de día: cargan pasajeros fuera de los hoteles en doble fila, pasan horas estacionados con el motor encendido y humeando a cuanto peatón pase por las veredas o circulan por calles no permitidas y se quedan “colgados” como el caso de una unidad que se atascó en Morales y Elflein días atrás.

El ejemplo más notorio y peligroso de la desidia en ese orden, es el caso de los ómnibus que cargan y descargan pasajeros fuera de los hoteles Pacífico y Aguas del Sur, frente a la parada de colectivos de calle Moreno. La mayoría de las veces lo hacen en doble fila y encima, la puerta de ascenso o descenso queda del lado de la calle, con turistas bajando sus valijas a cualquier hora, cuando los autos le pasan a centímetros por al lado. Por suerte para todos, aún no ocurrió ninguna desgracia.

Las multas, ¿existen?

Hace casi un año, cambiaron las tarifas de las infracciones de tránsito, lo que pareció un comienzo de algo, durante la gestión anterior. Sin embargo quedó en eso, en sólo un número mayor para recaudar más y sí, readecuar la tarifa que había quedado vieja.

Pero paradójicamente, la política recaudatoria de la comuna, parece no estar de acuerdo con la de Tránsito, ya que las multas escasean a granel.

La cuenta es simple. En toda la mano derecha de calle Onelli está prohibido estacionar, lo mismo ocurre en todo el Centro Cívico, pero parece no importar y los inspectores parecen no existir.

Con 10 días de multas en esas arterias, pagarían muchos salarios. Más aún teniendo en cuenta que para cualquier trámite municipal es necesario un Libre de Deudas, por lo que todo ciudadano deberá abonar sus infracciones, tarde o temprano.

Las pocas multas que se hacen, se efectúan sólo por estacionar en lugares prohibidos, sobre boxes de discapacitados o en sectores de carga y descarga de pasajeros, sólo sobre Mitre y Moreno y las calles que las cortan, pero en el resto del ejido no pasa nada.

Infracciones por: obstruir bocacalles, no respetar la senda peatonal, girar en U, estacionar en doble fila (una sana costumbre barilochense), pasar un semáforo en rojo, poseer elementos sobresalientes de los paragolpes, son sólo algunas de la veintena de ítems que figuran en el modelo de infracciones de tránsito, sin embargo, nunca, pero nunca se realizan multas de ese tipo.

Como si todo esto fuera poco, los inspectores de tránsito no superan los veinte, lo cual es un número ridículo para un ejido tan grande como el de Bariloche. A eso, hay que sumarle que cuando el ciclo lectivo está vigente, numerosas escuelas requieren de un inspector en la esquina, para que los alumnos crucen adecuadamente y esto genera una baja casi total de los inspectores que deben controlar el tránsito en el mismo momento.

También hay que considerar que de esos veinte empleados, la mitad trabaja en un turno y la otra en otro turno, lo cual es aún más alarmante.

Cabe mencionar, que el parque automotor de la ciudad supera ampliamente los 30 mil autos y ese número se incrementa con los turistas que vienen en sus vehículos, lo cual ha colapsado el tránsito vehícular, pero por ahora, no aparecen las posibles soluciones, o por lo menos, medidas que ayuden a descongestionar el tránsito y a que empiece a haber un orden en las calles de la ciudad.

Es cierto que los conductores tampoco respetan muchas de las señales mencionadas, pero el municipio no hace respetar las ordenanzas y eso tal vez es más grave. Y ya es hora de que alguien haga algo.

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