Un barbijo para la bandemia.

NEWELL'S 1 - RIVER 0: River desnudó una vez más su falta de actitud, juego y jerarquía en un partido clave. Un Newell's valiente le ganó con autoridad y lo dejó a 7 puntos de Vélez.
River está enfermo.Y todos los síntomas, futbolísticos y anímicos, indican que el final será fatal. Una vez más.

Este equipo es tan débil que hasta una cachetada puede matarlo. A Formica, por ejemplo, le alcanzó con un quiebre de cintura y un zurdazo del montón para liquidarlo. Aunque River ya estaba en terapia prácticamente desde el inicio del partido. Porque no tuvo personalidad para imponerse en el juego. Porque salió a la cancha a esperar que Buonanotte inventara alguna vacuna (jugada) salvadora con su cambio de ritmo o su atrevida pegada desde afuera del área. Porque no cuenta con la actitud ni la aptitud para aspirar al campeonato. Porque cada vez que debe ganar un partido clave, lo pierde.

Lo peor de todo es que el mal que afecta a River no tiene cura inmediata, no se puede solucionar en lo que resta del torneo. Es tan grave el diagnóstico que el equipo de Gorosito sólo llevó peligro en el primer tiempo con dos pelotas paradas (una terminó en el travesaño y la otra en las manos de Peratta) y durante la etapa final casi no pisó el área de Newell's. Así, es imposible que River pueda lograr una seguidilla de triunfos que le permita prenderse en la lucha por el título. Mucho menos si ante cada chance de acercarse a la punta que se le presenta, responde con una derrota.

El doctor Pipo ya experimentó bastante con el paciente. Cuando intentó con enganche clásico (Buonanotte o Gallardo) y dos volantes externos (Augusto y Abelairas), el medio era tan livianito que a la defensa le entraban por todos lados. Ahora, con Domingo y Ahumada como doble 5, no sólo las bandas son zonas liberadas sino que cada ataque se vuelve previsible. Salvo cuando el Enano desequilibra con su gambeta, la pelota pasea por todo el ancho de la cancha hasta terminar en centro para Falcao o Fabbiani, cada vez más desconectados entre ellos. No hay profundidad excepto que Gallardo, en apenas 30 minutos, pueda meter una asistencia como la que le dio al colombiano el domingo pasado. Y claro, si el único recurso es apuntarle al lomo de los dos 9 cuando tienen enfrente a los roperos Spolli, Schiavi e Insaurralde, el fracaso está asegurado. Lo mismo si Ahumada debe asumir la conducción, si Mauro Díaz trabaja más de carrilero que de creador, si los laterales se suman poco a los volantes, si las pelotas divididas quedan siempre en los pies rivales...

Esa falta de autoridad y de capacidad de River para lastimar cuando tuvo el control de la pelota en la mitad de la cancha, le permitió a Newell's acomodarse y adueñarse del juego. Fundamentalmente porque cada uno conoce su rol y lo aplicó con eficacia: los del fondo defendieron con furia, los carrileros (Pillud y Vangioni) fueron dos tractores, Bernardi tapó todos los huecos y Bernardello (el cerebro) distribuyó con claridad, inteligencia y profundidad. Con eso, un par de desbordes de Sperdutti y una inspiración de Formica, River sufrió otra recaída de un virus que lo afecta desde hace largo tiempo.

La enfermedad ya no es pasajera ni casual: es una pandemia de derrotas y de fracasos que se sigue expandiendo. En este caso, podría llamarse bandemia... Y más que un barbijo, River necesita de un milagro.

Comentá la nota