EL BÁRBARO ATREVIMIENTO

(Por Jorge Cagliani)

Antoine de Saint Exupery, pone en boca de uno de los personajes de su obra "El Principito", la definición de lo que es un rito, en el siguiente diálogo:

"- Qué es un rito? Preguntó El Principito

- Es también algo demasiado olvidado -dijo el zorro-. Es lo que hace que un día no se parezca a otro día y que una hora sea diferente a otra."

La importancia del rito – acto religioso o ceremonial repetido invariablemente, con arreglo a unas normas estrictas - tiene la preponderancia que los celebrantes le otorguen, ya que su celebración constituye un carácter meramente simbólico que reviste valor para las personas que adhieren a dicha cultura.

Visto desde este ángulo, podríamos decir que mirado de afuera y desde el desconocimiento, la jura a la bandera o la celebración de la Pachamama – por ejemplificar con dos aspectos culturares singulares – no revisten valor alguno para el observador no comprometido.

Las modernas y atinadas leyes de respecto por las creencias religiosas y otras, han, no solo jerarquizado estas celebraciones, sino puesto en relieve la fundamental importancia que para el hombre revisten como un canto a la libertad de pensamiento y culto.

El respeto por las creencias individuales, o de grupo, es uno de los fundamentales pilares de la declaración de los derechos humanos articulada en un 10 de diciembre de 1948. De ahí que dichos principios de respeto – ya esbozados en las constituciones de los países democráticos – son insoslayables.

Por ello la jura de los funcionarios públicos, en todo el espectro político de una Nación, resulta un acto solemne y necesario, como dijera el zorro, porque ello hace que dicho día no se parezca a otro, porque ello le da sentido y responsabilidad a la jura del mandato que la persona recibe.

Si luego el individuo contraviene el juramento con sus actitudes, es muy otra cosa y ya entraría dentro de la posibilidad de llevar a dicho funcionario ante los tribunales donde, precisamente, se le recordará el juramento contravenido.

NO SE OLVIDEN DE SAN PEDRO

El 25 de febrero de 1997 cuando es asesinado el reportero gráfico José Luís Cabezas, nació una especie de mito – justamente las celebraciones de los mitos no se puede entender separadas de los ritos necesarios para la recordación del hito que los convoca – que los periodistas de la República tomamos como bandera para exigir nuestro "Nunca Más".

Lamentablemente – y se hace menester que aquí hagamos una reflexión que siempre tenemos en cuenta – el ejemplo de unión celebrado en derredor del rito cada año, no siempre se cristalizó en las pequeñas cosas de nuestra vida cotidiana con respecto al respeto por la libertad de prensa o, mejor dicho, a la pretensión de recortarla.

En otras palabras: Que no sea menester que asesinen a un periodista conocido, para que cada uno de nosotros levante banderas de protesta.

El periodismo local, gestionó en su momento ante las autoridades municipales, la construcción de un monolito en memoria del Periodista caído y dicho sitial constituyó para el sector, el reencuentro cada 25 de enero a celebrar este rito necesario e incluso celebrar el consenso entre los profesionales de los medios.

En medio de las tareas de reconstrucción de la Plaza General San Martín, predio donde precisamente se encontraba el monolito, algún funcionario municipal tuvo la idea de destruir el mismo y amenazar con la construcción de superior tamaño y línea artística.

Pensar que la celebración de este acto solemne pueda tener mayor relevancia dada la dimensión y artisticidad del monumento, es como considerar que a nuestros hermanos originarios les iría mejor celebrar la Pachamama en medio de la Avenida Pellegrini, haciendo un hoyo en medio del pavimento con un martillo neumático.

Como si el lujo o el tamaño, que pueden ser importantes para otro tipo de actividades un tanto más profanas, pudiese jerarquizar una ceremonia.

La relevancia que esta gestión le otorga a los ceremoniales fue ya comprobada en la asunción de autoridades del Concejo Deliberante, el último 10 de diciembre-casualmente el día Internacional de los Derechos Humanos – cuando una turba de apátridas irrumpió en el recinto portando los trapos rojos del imperialismo de izquierda, expidiendo a diestra y siniestras insultos hacia las personas que – les gusten o no – fueron elegidas por el soberano pueblo que, resulta obvio, no los votó a ellos.

La determinación inconsulta del gobierno municipal – o de algún funcionario peregrino que pensó, como en el cambio del logo del partido de Bragado que a los periodistas nos iba a hacer mas felices un momento más grande – puede significar dos cosas, ninguna de ellas positivas para el mismo:

Que desconoce los necesarios mecanismos de la democracia y respeto por el consenso, o que, en su defecto, les importa un bledo.

Las asociaciones sanmartinianas deberán estar muy alertas ante la aparición de alguna nueva peregrina idea de esta gestión.

No sea cosa que nos levantemos mañana y aparezca un busto de Cristina, donde hoy señala la gloria la excelsa figura de nuestro libertador.

Porque la ignorancia, mis amigos, a veces es demasiado atrevida.

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