Por qué el Banco Central debe ser independiente

Por: Rodolfo Terragno

Fuente: Escritor y político

La independencia del Banco Central no es un reclamo oportunista.

El tema fue -15 años atrás¿ motivo de una ácida polémica, originada en un debate que mantuve por TV con el entonces ministro de Economía, Domingo Cavallo. Para evitar una hecatombe, y salir del 1 a 1, "de manera gradual y ordenada", propuse crear "un banco central absolutamente autónomo, a la manera del Bundesbank alemán".

La convertibilidad era un "respirador artificial". Hacía falta una "estabilidad permanente", y cabía imitar a Alemania, que -habiendo padecido la inflación más grave de la Historia- se había hecho harto estable merced a su política monetaria, manejada por un banco central todopoderoso.

Mi idea fue rechazada por el Ministro y, luego, atacada por los economistas del establishment, que defendían con uñas y dientes la convertibilidad.

Desde Estados Unidos, el "gurú" neoliberal Rudiger Dornbusch (Massachusetts Institute of Technology) repudió mi iniciativa ("Convertibilidad o terragnismo", Clarín, 4.2.1996). En declaraciones a otros medios me trató de "idiota" y propuso encerrarme "en un zoológico".

Desafió, además: "Que consulte al Bundesbank. Le dirá: No se vuelvan locos; sigan como están".

Poco después, en Francfort, consulté al titular de ese banco, Hans Tietmeyer.

Al principio, oculté mi tesis. Le pregunté si la convertibilidad, con tasa de cambio fija, era duradera. Su respuesta: "No. Sé que el peso estaba muy desacreditado y hacía falta un remedio heroico; pero el cambio fijo no puede durar. El mundo no está aferrado a un patrón monetario y, por lo tanto, tarde o temprano la rigidez cambiaria pondrá a la Argentina frente a un problema muy grave".

Sólo entonces le revelé que yo pugnaba por confiar la política monetaria al banco central, otorgándole total autonomía. Le pareció bien, pero me advirtió que la independencia legal no sería suficiente; haría faltas "una supremacía de hecho".

¿Cómo lograrla? Tietmeyer respondió: "Es muy fácil: el banco debe tener un gran pleito con el gobierno ... y ganarlo".

En 1956 Konrad Adenauer fracasó en su intento de impedir que el Bundesbank subiera las tasas de interés. "Cuando el presidente del banco, Wilhelm Vocke, le torció el brazo a Adenauer", me dijo Tietmeyer, "quedó en claro que la política monetaria de largo plazo era competencia del Bundesbank, no del gobierno".

En la Argentina de los 90, los neoliberales querían que el Banco Central siguiera siendo una "caja de conversión", y que la política monetaria la fijara el mercado.

A la vez, muchos políticos (que creían oponerse al neoliberalismo) se rehusaban a la supremacía de una "tecnocracia". En el país del 1 a 1, donde la "patria financiera" hacía negocios inauditos, y nadie sabía quién movía los hilos, esos dirigentes estaban en contra de una política monetaria racional y un banco central autónomo, sometido a control del Congreso.

En vez de entorpecer la política económica, la independencia del banco central -dicen los socialistas alemanes¿ concede más instrumentos. Aún un gobierno de izquierda necesita una institución autónoma, responsable de la estabilidad. La Argentina tuvo ministros de Economía que, dedicados a sostener los precios, no pudieron multiplicar la producción y el comercio.

También, ministros que combatieron la inflación con precios máximos, subsidios o dólar barato (el caso del 1 a 1), todo lo cual condujo a desastres.

En Alemania, el Bundesbank fue la "gerencia financiera", que dio tranquilidad y libertad a las "gerencias" de producción y comercialización.

La idea de un Bundesbank argentino fue incorporada, en 1998, a la plataforma que elaboró el Instituto Programático de la Alianza.

Para desdicha de la Alianza (y del país), el gobierno inaugurado el 10 de diciembre de 1999 se apartó de aquella plataforma y continuó con el fatídico 1 a 1; para solaz de establishment, que no paró de festejar hasta que la economía estalló en mil pedazos.

El 22 de agosto de 2001, en un debate que mantuvimos en "A Dos Voces", Mario Blejer -entonces vicepresidente del Banco Central y, hoy, favorito del Ejecutivo para ocupar la silla de Redrado¿ aseguró que no habría problemas con el servicio de la deuda y predijo que la ayuda del FMI haría al 1 a 1 "sostenible en el tiempo".

Dornbusch, en cambio, ya no podía fingir. En un artículo titulado "The last tango" advirtió: "La Argentina está quebrada; darle más crédito, le hará peor. Los dineros del FMI y los canjes de deuda no han resuelto el problema". El ex propagandista de la convertibilidad llegó a sugerir que la política financiera del país fuese confiada a un "grupo de sabios" internacionales.

La salida de la convertibilidad no fue, finalmente, ni "gradual" ni "ordenada". La "caja de conversión" no fue sustituida, tampoco, por un ente similar al Bundesbank.

Con todo, la suspensión del pago de la deuda y la devaluación permitieron salir del pozo.

La cirugía monetaria provocó, claro está, heridas y temores. Para dar seguridad a los actores económicos, alguien tomó en 2003 la idea que tanto desprecio había provocado en 1995. Un artículo de la ley 25.780, calcado de la norma alemana que rige al Bundesbank, estableció que, "en la formulación y ejecución de la política monetaria y financiera [el Banco Central] no está sujeto a órdenes, indicaciones o instrucciones del Poder Ejecutivo Nacional".

Recordé, entonces, la advertencia de Tietmeyer: el texto de la ley no era suficiente; hacía falta establecer la supremacía de hecho.

Muchos políticos seguían objetando tal supremacía.

Estados Unidos, Inglaterra, la Unión Europea, Japón, Australia y Nueva Zelanda tienen bancos centrales independientes, que suelen discrepar con el gobierno e imponer sus criterios. América latina y África, tienen bancos centrales dependientes del poder político. ¿Por qué imitar fracasos en vez de imitar éxitos?

Acaso la historia cambie si, ahora, se da la fórmula de Tietmeyer y el Banco Central gana su "gran pleito con el gobierno".

Comentá la nota