Balestrini, caballero de La Matanza, y el dinosaurio dormido

Julio Blanck.

Alberto Balestrini, argentino, abogado, 60 años, vicegobernador de Buenos Aires y presidente inminente del peronismo provincial, es un bicho raro en la política.

Por ahí, el mote le cabe simplemente por cultivar un perfil propio y más bien bajo, por ser un tanto independiente en sus iniciativas y por cierto desapego, muy bien trabajado, respecto de los lugares de poder a los que, sin embargo, fue accediendo de modo discreto pero implacable.

"No soy la Virgen María" gusta aclarar, como si fuese necesario, cuando habla de sus andanzas políticas. Pero paladea sin disimulo sus diferencias con el corte clásico del dirigente del Gran Buenos Aires.

Militante peronista desde sus años estudiantiles allá por los 70, se graduó en la Universidad del Salvador y ese tutelaje de los jesuitas le dejó adosados, con cierta ligereza, los calificativos de católico y conservador, que él rechaza pero de los que no reniega del todo.

Fue legislador provincial y nacional, presidió la Cámara de Diputados y fue intendente de La Matanza, distrito donde es dueño y señor del peronismo desde que hace una década destronó a Alberto Pierri de su largo dominio. En La Matanza viven y votan más de un millón de compatriotas. Un padrón igual al que llegan, sumadas, las provincias de Santa Cruz, La Rioja, Catamarca, La Pampa y Tierra del Fuego.

No hace tanto tiempo, en una discusión telefónica destemplada a propósito del armado de listas para la última elección, le refregó esa diferencia de volumen territorial a Cristina Kirchner, que ya venía encaminada a ser Presidenta. Uno de los hombres que estaba en ese momento con Balestrini, hoy alto funcionario del Gobierno nacional, puede dar testimonio del asombro por la situación.

Balestrini suele explicar ese trato de confianza desusada recordando que fue convencional para la Reforma de la Constitución en 1994. Allí conoció a Cristina y a Néstor, que gobernaba Santa Cruz. Ella trabajaba duro y parejo en las comisiones, él aparecía solamente en las sesiones, como los otros gobernadores y jefes políticos. Balestrini no era jefe, así que le tocaba trabajar también. Y tanto él como Cristina estaban en el grupo de convencionales peronistas que trataban de marcar diferencias con el menemismo rampante de aquella época, aunque sin sacar los pies del plato.

La relación entablada entonces con los Kirchner no siempre le dio ventajas al matancero. Para convencerlo de que agarrara la candidatura a vicegobernador, dejando la presidencia de Diputados, Néstor y Cristina lo amansaron durante dos viajes al exterior. La primera vez en Paraguay, la segunda en México. Cuando lo llamaron para desayunar con ellos en la habitación presidencial supo que no tenía escapatoria, les contó después Balestrini a sus amigos.

No tuvo más remedio que aceptar ese cargo que no buscaba, pero le advirtió a Kirchner: "Si querés alguien que lo vigile a Scioli y le controle el gobierno, conmigo no cuentes". Kirchner le dijo que ni soñando, que Scioli iba a tener total libertad para armar su gabinete y manejar la gestión, y todas esas cosas que siempre se dicen. Lo concreto es que Balestrini tiene poco y nada que ver con el día a día de la gobernación. Mantiene con Scioli una relación cordial, tanto que hasta se abstiene de opinar sobre la marcha de la gestión.

Aunque fue intendente ganándole la elección en La Matanza a Pinky y a la Alianza en 1999, y ahora es vicegobernador, le seduce más el trabajo legislativo y mucho más el armado político. Las tensiones y la mezcla brusca y enrevesada de logros y frustraciones, propios del cargo ejecutivo, no le alegran la vida como a otros. Alguna vez Duhalde le dijo "el poder no es para sufrirlo, es para gozarlo". Pero a él, eso no le salía fácil.

Su relación con Duhalde tiene tonos ambiguos. Por cierto, fue un puntal de la resistencia tardía contra el menemismo. Pero nunca llegó a integrar la tropa duhaldista, con la que se enfrentó feo en cuanto Kirchner llegó al poder. Fueron Balestrini y Julio Alak, entonces intendentes de La Matanza y La Plata, los que encabezaron el apoyo al gobernador Felipe Solá, cuando éste se decidió a darle guerra al duhaldismo. Plantaron entonces una cabecera de playa que le permitió a Kirchner desembarcar en la Provincia. El resto es historia conocida y no todos los protagonistas de entonces están en el mismo bando ahora.

En una semana lo van a consagrar presidente del Partido Justicialista bonaerense. Dice que tiene algunas ideas, pocas y fuertes, para despertar a ese dinosaurio dormido desde hace años. Otros ya lo intentaron, sin suerte. Porque hace años que varios apellidos poderosos vienen asegurándose que el dinosaurio siga durmiendo en paz.

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