Balance de un año que no será seguramente para recordar

Por: Marcelo A. Moreno

La cronología, el inexorable calendario nos acercan horas de inevitables balances. Y la verdad -¿para qué mentirnos?- es que como sociedad no nos fue muy bien en este 2009 en fuga.

Los principales problemas que nos afectan no sólo no han sido resueltos sino que parecen agravarse.

A la inseguridad, sobre todo en el conurbano, nadie la para y la cuestión crece sin que se aparezcan proyectos, ideas, acciones, políticas o personas que indiquen que pueda atenuarse su estela sangrienta.

La pobreza y la indigencia siguen siendo escándalos cotidianos -paradójico paisaje de un país lleno de recursos y potencialidades-, apenas mitigadas, cuando lo son, por direccionadas dádivas oficiales.

La desocupación y el empleo en negro continúan allí, castigando a tantos y como fantasma perpetuo, sobre todo para los más jóvenes. Ninguna iniciativa oficial -a pesar de la también habitual catarata de anuncios- da la impresión que vaya a cambiar este panorama de números menemistas en un gobierno que se jacta de distribuir la riqueza pero que no logra que esas rimbombancias se trasformen en cifras palpables, en realidades más benignas.

En cuanto salud y educación, nuestra vulnerabilidad no sólo se nota en los estragos que nos produce, por ejemplo, el dengue sino que ya no parece preocupar el notorio declive del nivel de la educación en la era del conocimiento sino simplemente que se cumplan los días de clase.

Que los conflictos tienden a eternizarse nos lo recuerdan día a día los piquetes que convierten las calles de Buenos Aires en algo semejante a los pasillos alucinados de Dante. Pero también la ira eterna que desde el Gobierno mantiene viva la batalla contra el campo -ahora culpándolo ¡hasta de las inundaciones en Areco!-. O el paso internacional con Uruguay, que sigue cortado como si tal cosa.

Es cierto: ha habido novedades. Con el empuje arrollador de Brasil y su presidente y la robustez institucional y económica exhibida por Chile, la Argentina tiende a esfumarse en el plano internacional. Y la inflación -que se encarniza en especial con los pobres- ha recobrado impulso entre nosotros.

También nos rige una insólita ley para el control de los medios audiovisuales, que es parte de la ofensiva del Gobierno contra la libertad de prensa y que, de aplicarse, no sólo vulnerará el federalismo sino que creará un berenjenal mediático en el que se tratará de imponer el discurso oficial.

Para muestra de ese discurso, nada mejor que atender en el que pronunció Néstor Kirchner hace unos días, en el que sostuvo, fervoroso, que el 28 de junio sus huestes no habían sufrido una derrota electoral. "Perdimos por muy poco en la Provincia", afirmó el victorioso. Y sostuvo que las genuinas derrotas se produjeron en 1955 y 1976. Con lo que se puede inferir claramente, por ejemplo, que Alfonsín nunca le ganó a Lúder y De la Rúa tampoco a Duhalde.

Este problema para aceptar la verdad no sólo decae, con brillo insano, en el discurso: la cuestión está en que con ese sentido de la realidad se nos gobierna.

Pero tuvimos otras novedades, también en el terreno de lo insólito: a las delicadezas de Maradona, que tiene ese qué se yo de argentino sutil, se le suman los de una nueva estrella mediática. Ricardo Fort llegó con sus millones y sus operaciones a la pantalla, con la promesa de quedarse. Esmerada urbanidad no nos obsequiará, seguramente.

Entonces, para no dramatizar, el 2009 no habrá sido un año perdido. Pero nada indica que ganado.

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