¿Bala de plata contra el monstruo?.

Por: Maximiliano Montenegro.

Si transparenta el INDEC, Amado Boudou tiene chances de convertirse en ministro de Economía. Recién entonces podría recuperarse la confianza en la política económica. Por ahora está atado de manos, porque nadie le cree. ¿Cómo frenar una fuga de capitales que acumula u$s 44 mil millones en los últimos dos años?

Amado Boudou escuchaba atentamente, el martes último en su despacho, a Roberto Frenkel. Tras más de dos horas de charla, habían repasado casi toda la agenda de la macroeconomía: fuga de capitales, desconfianza generalizada en las políticas públicas, estrechez fiscal, tipo de cambio, las chances de conseguir financiamiento del FMI, los caminos para salir de la recesión. Y habían coincidido en que, si primero no se arreglaba el INDEC, cualquier política económica que se anunciara fracasaría. No sonaría creíble.

"Si recuperás el INDEC, ahí te convertís en ministro de Economía", le dijo –con su habitual sarcasmo– el economista del CEDES, principal referente de la escuela heterodoxa. "Necesito 90 días", retrucó el aspirante a ministro. "No tenés 90 días para recuperar la credibilidad", lo apuró uno de los creadores del Plan Austral durante el gobierno de Alfonsín en los ochenta y principal enemigo de la convertibilidad en los 90, un experto en crisis.

"Lousteau puede decir que no sabía en qué se metía. Pero con todo lo que vos ya sabés, ¿crees que lo podés hacer?", insistió entonces Frenkel. "Lo voy a intentar", respondió Boudou, lacónico.

FUGA DE BUENOS AIRES. Mientras el matrimonio presidencial imagina que los reclamos por desplazar a Moreno y trasparentar el INDEC son parte de un complot plutocrático urdido por el establishment "agro-mediáticofinanciero", el saneamiento de las estadísticas públicas se encuentra en el tope de las prioridades de la agenda de los economistas, incluso de aquellos cuyo único vínculo con el sistema financiero es un cajero automático. El diagnóstico es compartido por Boudou, aunque en privado también admita sus límites para avanzar sobre un tema en el que fallaron cuatro ministros antes que él.

¿Por qué tanta atención dirigida al INDEC? La respuesta está en la escasez de herramientas disponibles para la política económica. Veamos. El consenso de la profesión –a izquierda y derecha– coincide en que la economía se halla en el peor de los escenarios: estanflación; es decir, recesión con inflación. El tema es "jodidísimo" –como lo describió un académico– porque el Gobierno debe apuntar a dos objetivos usualmente contradictorios en los libros de texto. Se deben combinar políticas reactivantes –de estimulo de la demanda, consumo y/o inversión– con estabilidad precios. Para colmo, la inflación es, de por sí, un factor recesivo, porque carcome el poder adquisitivo salarial en una economía que hace un año destruye empleos, al tiempo que exacerba la conflictividad social.

Pero el principal factor recesivo desde 2008 es una monumental fuga de capitales, de alrededor de u$s 2.000 millones mensuales. Según el último informe de la consultora Ecolatina, la corrida al dólar suma u$s 25 mil en los últimos 12 meses, y acumula u$s 44 mil millones desde junio de 2007. Para tener una idea de la magnitud que esto significa, la huida anual al dólar equivale al 6,7% del PBI, algo superior incluso a la estampida que sepultó a la convertibilidad, allá por 2001.

A diferencia de la convertibilidad, en los últimos dos años la mayor parte de la corrida se financió con las divisas genuinas del superávit comercial (exportaciones menos importaciones), que ingresaban al país por una ventanilla y salían por la otra rumbo a cajas de seguridad, cuentas en el exterior o pagos de utilidades al extranjero. De ahí que se mantuviera durante este lapso, sin demasiados sobresaltos, la estabilidad cambiaria. Y que el Banco Central haya perdido "sólo" unos u$s 9.000 millones para evitar una devaluación brusca del peso.

Sin embargo, mientras las particulares con capacidad de ahorro, empresas y bancos dolaricen sus excedentes, escapando del riesgo de gastar, prestar o invertir en el país, la tendencia recesiva será muy difícil de revertir.

KEYNES POBRE. La retórica del matrimonio presidencial exalta las virtudes de las supuestas "políticas keynesianas" que aplicaría el Gobierno para salir de la recesión. Es decir, estimular a través del gasto público –en obras, salarios, jubilaciones, etc.– en tiempos de malaria. Pero hasta ahora nadie descubrió la manera de aplicar política keynesiana con un Estado raquítico de fondos propios y sin financiamiento. En Estados Unidos, el mayor gasto público se solventa a través del financiamiento casi ilimitado del que goza el fisco norteamericano, ya sea a través de la emisión de dólares o de títulos del Tesoro aceptados en todo el mundo. La receta de Obama fue entonces un mayor déficit fiscal (la sociedad recibe a través del gasto público más de lo que se le quita vía recaudación), típica política expansiva en un contexto recesivo.

En la Argentina, en cambio, Keynes se quedó con la billetera vacía y sin prestamistas a la vista. El Gobierno todavía preserva el superávit fiscal (la recaudación es mayor al gasto) porque debe afrontar vencimientos importantes de deuda. Y si bien ese superávit se redujo (del 3% al 1% del PBI este año) como consecuencia del bajón en la recaudación, el Estado es demasiado débil para arrastrar a la economía fuera del pozo. De hecho, si el superávit fiscal desapareciera, la incertidumbre sobre la capacidad de pago de los vencimientos de deuda se elevaría, alentando la fuga de capitales ante el mayor riesgo de default o devaluación.

Para implementar una política keynesiana en serio, el Gobierno requeriría financiamiento, al menos para evitar cancelar vencimientos de capital de la deuda con recursos propios en plena recesión, como hasta ahora. "¿Por qué no exploran reabrir una puerta con el FMI, a través de las líneas de crédito flexibles sin condicionalidades?, preguntó Frenkel en la reunión con Boudou. "Sólo piden una revisión anual de la economía, el llamado artículo IV", agregó. "Estoy de acuerdo", sorprendió el ministro de Economía. Sin embargo, a sus colaboradores les dice que, por ahora, en Olivos clausuraron todos los caminos para volver al Fondo. Es un costo político que Néstor Kirchner tratará de eludir hasta el último minuto.

¿BALA DE PLATA? En este contexto se entiende por qué reconstruir el INDEC ocupa un lugar tan relevante en la agenda. Sería el primer paso –repiten los colegas a los que Boudou consultó en las últimas semanas– para empezar a disipar dudas y ahuyentar fantasmas: un Gobierno que falsifica sin vergüenza las estadísticas, a los ojos de los agentes económicos, también puede engañar con una devaluación u ocultar los verdaderos números fiscales.

Desde esta lógica, depurar el INDEC sería algo así como una bala de plata contra el monstruo de la desconfianza. Recién logrado ese objetivo se podría, sí, anunciar los lineamientos de una política antiinflacionaria, fiscal o cambiaria hasta 2011, desconocidos hasta por el flamante ministro de Economía. Y apostar a que parte de los ahorros que se fugan al dólar regresen el circuito, se gasten o se inviertan en el país. Si la mitad de ese dinero (tres o cuatro puntos del PBI) se reciclara en la economía, como ocurrió entre 2003 y mediados de 2007, el despegue estaría garantizado. "La discusión es cómo movilizar los ahorros que hay en cajas de seguridad, cuentas en el exterior, en depósitos en dólares en el sistema hacia actividades productivas, construcción, o gastos de consumo", dicen en el equipo económico. "Incluso parte de esos recursos podría destinarse a comprar títulos públicos, financiando la política fiscal", se entusiasman en Hacienda.

Boudou dice que, con la mejora del escenario internacional en los próximos meses, el empujón para la Argentina llegará, tarde o temprano, de la mano de un repunte en los precios y la demanda por exportaciones. Sólo sería cuestión de aprovecharlo, enviando señales claras de los próximos pasos a seguir. Y dejando de mentir todos los meses con el INDEC.

Pero las cosas no son tan sencillas. En 2007 y parte de 2008, cuando el escenario internacional era todavía muy favorable para el país, la fuga al dólar ya estaba lanzada. Entonces la economía crecía, el Gobierno detentaba un enorme capital político y la chequera del Estado desbordaba de fondos para disciplinar a gobernadores, costear obra pública y derrochar subsidios. En menos de dos años, la administración K dilapidó gran parte de su poder. Moreno es un Highlander multifunción del gabinete. E, increíblemente, después de un año, todavía no logró desactivar el conflicto del campo que, más allá de unos puntos más o menos de retenciones y del ánimo confrontativo de cierta dirigencia rural, desnuda una impericia política pocas veces vista. Sin mencionar que, desde noviembre último, la suba anualizada del dólar fue del 29% contra el 12% que rinden los plazos fijos en pesos. Demasiada incertidumbre para confiar en un país con la historia de la Argentina.

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