Bachelet se despide en lo más alto

La primera presidenta de la historia de Chile concluye su gobierno con una popularidad del 80%
SANTIAGO, Chile.- Michelle Bachelet y su madre, Angela Jeria, llegaron ayer caminando, antes de las 10 de la mañana, al colegio del Verbo Divino, en la acomodada comuna de Las Condes, para votar.

Apenas la mandataria hizo su ingreso al recinto, hubo una explosión de aplausos del público, especialmente mujeres, que había en el lugar. Entonces, comenzó una loca carrera por saludarla. Bachelet no se resistió, sino que, por el contrario, se dio tiempo para besar a cada uno de sus fieles adherentes, quienes dejaron en evidencia el 80% de popularidad que registra la pediatra en las encuestas.

Bachelet representa el cierre de muchas cosas, entre ellas, el círculo de la delicada historia de los derechos humanos en la reciente historia de Chile. La anécdota, relatada por ella misma, cuenta que un buen día se encontró con uno de sus torturadores en un ascensor del edificio en que ambos vivían y, calmadamente, le dijo que de él no se había olvidado. El gesto, tremendamente revelador del carisma de Bachelet, da cuenta de que, sin echar tierra sobre el pasado, la mandataria ha sido capaz de perdonar y volver a unir a todo el pueblo chileno. En ese ámbito se encontró de entrada, a pocos meses de iniciado su gobierno, con la revelación de errores en la identificación de cuerpos de personas asesinadas durante la dictadura y enterradas en fosas comunes. Ahora se despide del gobierno con la confirmación del envenenamiento por parte de la policía secreta de Pinochet del ex presidente Eduardo Frei Montalva, revelada el lunes pasado.

El camino de su presidencia comenzó cuesta arriba. En mayo de 2006, casi un millón de estudiantes marchó por Santiago demandando reformas educativas, lo que sería mundialmente conocido como la "revolución pingüina". Bachelet debió ceder a las presiones.

Las encuestas comenzaron a castigarla severamente; su aprobación cayó bajo el 50%, y la presidenta se vio obligada a cambiar el gabinete.

Ese año tampoco terminó bien. La muerte de Pinochet alimentó los odios del pasado. La negativa de la mandataria a realizarle funerales de Estado tensó su relación con la oposición.

El año siguiente, 2007, fue clave en el zigzagueante recorrido de Bachelet. La puesta en marcha del Transantiago, un complejo sistema de transporte público ideado en el gobierno de Ricardo Lagos, hizo colapsar la ciudad.

La aprobación de la presidenta se fue al piso y no parecía haber escape alguno a tamaño descalabro. La reactivación del conflicto mapuche a fines de ese mismo año y el desmembramiento de la Concertación, con la salida de numerosos diputados y senadores que terminaron por darle mayoría a la oposición, obligaron a una arriesgada apuesta que daría sus frutos.

Las políticas sociales

Un nuevo descabezamiento ministerial coincidió con el término de la primera mitad del gobierno de Bachelet. Junto con el lanzamiento de la reforma previsional, y utilizando una curiosa analogía futbolística, el gobierno comenzó a hablar del "segundo tiempo", ahora centrado en las políticas sociales que darían el sello que distinguiría a Bachelet; las mismas que, sumadas a su irrepochable manejo económico durante la crisis económica, elevarían su popularidad a niveles insospechados.

Su rol de estadista adquirió nuevos bríos a nivel internacional, con su consolidación como líder regional, reconocida por Estados Unidos y ratificada con su presidencia pro témpore de la Unasur y su rol clave en la crisis boliviana.

Pese a las siempre tensas relaciones con la Argentina por el gas, consiguió retomar la unión entre ambos países al nivel más alto de los últimos años. Tuvo con la presidenta Cristina Kirchner una sólida complicidad, ratificada por la firma del Tratado de Paz y Amistad.

La tensión, sin embargo, llegaría desde Perú, con la demanda marítima que ha hecho el gobierno de Alan García ante el Tribunal de La Haya. Los vínculos también se vieron salpicados por denuncias de espionaje militar hechas desde Lima.

Bachelet deja el poder con una aprobación histórica, la certeza de que la paridad de género en cargos ejecutivos fue algo más que una promesa, grandes obras públicas, además de un imponente sello de protección social, aplaudido e imitado hasta por la oposición.

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