Ayudar y morir en el conurbano

Por: Ricardo Roa

Sin despegarse un momento del cajón, uno de los ex lumnos de Sandra Almirón dijo ayer que ella era un ángel. "Por eso Dios se la llevó. No pertenecía a esta Tierra". Y otro presuntamente fue quien la mató. Los dos tienen menos de 18 años y hasta pudieron haber compartido el aula. Es un contraste dramático y una imagen feroz del quiebre social.

Diez días antes del asesinato de la maestra de Derqui, mataron en Wilde a una arquitecta y catequista. No sólo eran dos mujeres pacíficas y trabajadoras, con vidas semejantes. También tenían compromiso social y daban servicios a chicos. Otro contraste dramático: ayudaban a chicos y fueron muertas por chicos.

¿Alguien puede minimizar el significado que esto tiene? ¿O decir alegremente que son cosas magnificadas por la prensa? ¿O que la inseguridad es más una sensación que una realidad cotidiana y que la gente sale a reclamar a las calles porque la televisión la convence de algo que en verdad no sucede? Es subestimar demasiado.

La inseguridad está al tope de las preocupaciones en cualquier encuesta del país. Una de la Universidad Di Tella dice que en casi 4 de cada 10 hogares un miembro de la familia fue víctima de algún delito en el último año. Que en 2 de ellos hubo un robo con violencia. Y que en octubre los delitos subieron un 19% respecto de 2008.

Si esto no es una muestra suficiente, están las cifras oficiales de la justicia bonaerense. Se registran por día 76 delitos cometidos por menores. Y un promedio de 23 crímenes por mes, también cometidos por chicos de menos de 18 años.

Es un cuadro bien complejo. Y nadie le puede pedir a los funcionarios que lo resuelvan de un día para otro. Pero lo que está claro es que negar la realidad es la peor de las políticas.

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