Una ayuda inesperada para Macri en la crisis que no supo manejar

Por: Julio Blanck

Muy linda la foto de Macri con el rey de España. La habrán visto hace un par de días, en los diarios, en la tele y en Internet, Ahí estaban, Don Juan Carlos y Mauricio, emperifollados y tan educados, cara a cara en el Palacio. Linda foto, pero inútil.

Macri armó el viaje a Madrid para echarse encima algo de roce internacional, condimento apropiado para un señor que empieza a carretear antes de levantar vuelo hacia la candidatura presidencial. Se codeó, además, con la flor y nata del Partido Popular. Una exuberante demostración de su sintonía con la derecha española que, dicho sea de paso, carga con sus lindos entuertos por corrupción.

Pero aquí, en el fin del mundo, pasaban cosas feas mientras Macri se empalagaba con los elogios derechistas a su futuro.

La explosión del grosero escándalo de espionaje amenazó con hacer saltar por el aire a medio Gabinete porteño y dejó, archivadas en el cajón de lo que nunca sirvió, a las fotos sonrientes en Madrid.

Flaco favor le hace a un aspirante presidencial que la retaguardia se le desacomode de semejante manera, sin haber tomado medidas de control de daño cuando había tiempo para hacerlo.

Porque hubo tiempo: pasaron 45 días desde que se conocieron las escuchas ilegales contra un dirigente de la comunidad judía, Sergio Burstein, el más fervoroso opositor al nombramiento del comisario Jorge "El Fino" Palacios al frente de la Policía Metropolitana. Eso fue el 4 de octubre pasado. Un día después detenían a Ciro James, el agente de inteligencia encargado de esas pinchaduras, que revistaba como asesor en el Ministerio de Educación porteño.

¿Qué hizo el macrismo en 45 días? Poco y mal. Actuó como si el paso del tiempo fuese a arreglar todo, a tapar todo. Pero el tiempo sólo empeora las cosas y el escándalo siguió creciendo. Macri desoyó las voces de su núcleo político que le aconsejó cortar de cuajo a los funcionarios cuestionados. Y tardó demasiado en armar un libreto para explicar lo inexplicable.

Lo más grave es que la red ilegal de espionaje sin dudas tenía una guiño oficial del macrismo, al menos en su origen. De otra manera no podía siquiera haberse establecido. Otra cuestión es que los espías, como suelen hacer los espías, buscasen apartar una tajada propia en el negocio de reunir información.

Entre los espiados hubo dirigentes opositores, legisladores, funcionarios, empresarios, señoras en trámite de divorcio con ex esposos acaudalados, el cuñado de Macri que terminó atacado en un episodio todavía oscuro. Todo indica que los espías habían montado su propio quiosco para vender datos al mejor postor. Pero eso no le saca un gramo de responsabilidad política al Gobierno porteño.

Hubo, en el macrismo, quien advirtió sobre el desastre que se venía. Y que empezó cuando Palacios fue nombrado al frente de la Policía Metropolitana, a pesar de estar involucrado en el caso AMIA.

Ya lo dijo el ecuatoriano Jaime Durán Barba, gurú político de Macri: en el Gobierno porteño hay falta de pericia para manejar cuestiones complejas. En otras palabras, demasiado amateurismo para un equipo que quiere jugar en primera.

Los peronistas de Macri, más duchos en transitar las zonas turbias de la política que el "club de gerentes" (así lo llaman, sin piedad) que el propio Macri puso a gestionar la Ciudad, le habían reclamado al ministro Guillermo Montenegro que, en su condición de ex juez, recolectase algo de información acerca de lo que podía pasar con Palacios. Al principio, y por varias semanas, Montenegro decía no saber nada. Cuando supo, Palacios salió eyectado. Muy pocos días después lo procesaban por encubrimiento del atentado a la mutual judía.

El juzgado que tiene el tema del espionaje está a cargo de Norberto Oyarbide. Pero Oyarbide allí es subrogante: el juez titular, hasta que juró como ministro de Macri, era Montenegro. El equipo del juzgado es el mismo, pero el gobierno de Macri no logra tener la mínima información sobre los pasos que dará Oyarbide, y a quién va a involucrar mañana en su hiperactivad mediática e investigativa. También esa ceguera de datos, que obliga al macrismo a andar a los tumbos y recibiendo golpes cada día, le refriegan a Montenegro como déficit político en todo este episodio.

Desde ya, no se transita un terreno perfecto y asfaltado. Por debajo del escándalo de espionaje hay una vieja guerra sorda entre "pesados" de la inteligencia. De un lado "El Fino" Palacios, que supo ser jefe de la unidad antiterrorista de la Policía Federal, y del otro lado Jaime Stiuso, histórico hombre fuerte de la SIDE, que hoy opera a tiempo completo para el kirchnerismo.

Según fuentes políticas, Stiuso está convencido de que Palacios le llenó la cabeza a Gustavo Beliz cuando el entonces ministro de Kirchner mostró en televisión la foto del hombre de la SIDE, acusándolo poco menos que de todos los males del país. Mostrar a un espía por televisión es casi lo peor que se le puede hacer a un espía.

Beliz dejó el gobierno kirchnerista, Palacios siguió con sus éxitos en el sector privado y Stiuso, con la sangre en el ojo, le habría jurado venganza eterna. Sacar a la luz las actividades de la red ilegal en el Gobierno porteño, integrada por hombres que reportaban a Palacios, sería el capítulo más reciente de ese juramento.

Para Macri fue todo pérdida. Palacios, primer jefe de una Policía Metropolitana que por ahora sólo tiene existencia virtual, está procesado y preso. Osvaldo Chamorro, su sucesor y socio en el negocio de la seguridad privada, fue despedido cuando su vinculación con el caso de espionaje se hizo insostenible. El ministro Montenegro sufre un desgaste fenomenal y sigue en el cargo porque Macri se resiste a descabezarlo dándole el gusto a sus opositores.

Con todo, anoche en la cima del Gobierno porteño había un inesperado aire de alivio y satisfacción.

Macri, recién vuelto de Madrid, había convocado a la conferencia de prensa del mediodía en el peor de los escenarios. ¿Qué pasó entonces? Un hombre clave en el manejo de este tramo de la crisis lo explicó así: "Era horrible. Ibamos a tener que defendernos y dar explicaciones. Pero Aníbal Fernández nos hizo un gran favor y nos permitió el contraataque".

Aníbal Fernández había dicho, por la mañana, que por mucho menos que este espionaje había renunciado Richard Nixon a la presidencia de los EE.UU. Aníbal es un peleador formidable y eficaz, pero esta vez pisó tierra resbaladiza: el caso Watergate, que provocó la caída de Nixon en 1974, parece haber sido ligeramente más trascendente que este triste circo criollo.

Macri aprovechó la hendija y sacó la cabeza para respirar un poco. Denunció una supuesta desestabilización de parte del kirchnerismo. Y la vistió de palabras grandilocuentes: "Vienen por todo", dijo.

El hombre clave macrista completó la explicación: "Nos dieron la oportunidad de pelearnos con Kirchner; y en esta ciudad eso siempre paga buenos dividendos".

Macri puede sentir que lo peor del escándalo ya pasó. Pero quizás debería tener en cuenta un par de cosas.

Una, que su imagen quedó dañada en un lugar sensible. No supo resolver a tiempo una situación de crisis que le terminó explotando en las manos. Y eso, para quien pretende ser visto como presidenciable, es un punto débil que alguien sabrá facturarle tarde o temprano.

Otra, que la dirección y la intensidad del caso siguen en manos de Oyarbide. Macri puede quedar sometido a una erosión prolongada, por goteo noticioso. Sobre todo si es cierto, como aseguran fuentes de los Tribunales, que el kirchnerismo ya encontró la manera de que Oyarbide preste cuidadosa atención a sus necesidades.

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