Avisar

Por Rodrigo Fresán

UNO

Mientras en Francia ya se ha anunciado que se dejará de emitir publicidad en horario nocturno, la televisión española no deja de aumentar la cantidad de avisos en sus canales abiertos. Cada vez más. Fuera de toda ley y límite.

El gobierno central en Bruselas ya se ha cansado de emitir recomendaciones y ultimátums al respecto. Pero no hay caso. No pasa nada. España sigue siendo el país que más avisos lanza al contaminado aire europeo y es así como –por poner un ejemplo– una breve película de Woody Allen acaba adquiriendo la longitud panorámica de Los nibelungos de Fritz Lang. Así, uno se pone a ver una película en cualquiera de los canales de aire y antes se despide de sus familiares y amigos, porque no sabe muy bien cuándo volverá a verlos o volverá a estudios.

DOS

Lo que, por estos días, no deja de tener su gracia y consuelo. Porque así las demasiadas publicidades –en una suerte de realidad alternativa– acaban proporcionalmente convertidas en la programación. Y uno puede darse el alucinado lujo de pensar que todo lo demás –la realidad– no es otra cosa que propagandas ideadas por gente muy creativa. Propagandas muy graciosas porque, se sabe, de un tiempo a esta parte el producto no importa. Lo que importa es la gracia que –en mayor o menor grado– envuelve a ese producto. Gracia en la que el usuario, por lo general, aparece como un payaso satisfecho de serlo o como un ser con su coeficiente intelectual erosionado por los vientos de largas tandas publicitarias. Lo que importa es el chiste. Ser chistoso. El chiste y su relación con el inconsciente sentado frente a la pantalla.

TRES

La ventaja de todo esto –las virtudes de sucumbir a este tipo de idiotez catódica– es que, con algo de esfuerzo, nos permitirá pensar que todo el folletín Aznar/Zapatero sobre los aterrizajes no autorizados en España de aviones rumbo a las playas de Guantánamo es parte de un avance de 24, los zapatos que esquiva Bush anuncian una de Jim Carrey a las 21, las postales de la crisis (con españoles volviendo a trabajar después de años en la cosecha de aceituna mientras los subsaharianos vagan por ahí con cara de “¿y ahora que hacemos nosotros?”) son parte de una miniserie catástrofe y las noticias económicas son anticipo de un documental de esos que nadie ve aunque estén tan bien hechos. Apuntes breves, bosquejos, visiones con cuentagotas antes de entregarnos a lo que realmente importa: el torrente ciclos eternos, loops infinitos, secuencias zombis de avisos estacionarios de juguetes encandilantes, perfumes seductores, el depresivo y eterno “vuelve a casa, vuelve” de todos los años, la intriga develada de la campaña anual de Freixenet (que ha vuelto a sus clásicas burbujas femeninas y doradas luego del millonario fiasco à la Hitchcock que les entregó Martin Scorsese el año pasado), anticipos de rebajas rebajadas, y cómprenme algo, por el amor de Dios. Ráfagas de una vida lujosa inalcanzable (hoy se miran los avisos como se miraban esas lujosas producciones de Hollywood en los depresivos años ’20) o que comienza a bajar sus kilates. Porque –leo– los ricos también lloran. Y se devalúan: aquellos a los que no agarró Madoff deciden bajar su tren de alta velocidad de vida a humilde locomotora a carbón. Se llevan las joyas menos lujosas a los estrenos, se pone cara de circunstancia, se busca la foto junto a Al Gore o Bono, se alquila en plan Cenicienta la ropa y los collares y se devuelven con las campanadas de la medianoche o del mediodía siguiente, se deja el Maserati en el garage, la reina de Inglaterra comunica a sus nietos que se acabaron las farras en exclusivos clubes nocturnos y este año el consumo de luxe ha subido apenas un 3 por ciento en comparación al 9 del año pasado. Otros, en cambio, han optado por el desenfreno histérico: en Munich, una reciente feria de productos para millonarios –yates, aviones, paseos espaciales, abogados de divorcios– superó todas las cifras de ventas hasta la fecha. Y es que muchos magnates decepcionados por las torpezas de sus asesores financieros han decidido gastar todo lo que puedan antes de que su dinero desaparezca en un agujero negro bursátil. A comprar que se acaba el mundo y el modisto Tom Ford ya ha certificado la legitimidad de este Apocalipsis: “Aquí, en Occidente, estamos acabados. Nuestro momento llegó y pasó... Ahora nos acercamos al resurgir de culturas que siempre adoraron el lujo y que no han podido mantenerlo por mucho tiempo”. Y todos caen de rodillas mirando a un Lejano Oriente cada vez más cercano. Aquí viene.

CUATRO

Pero han sido dos los avisos que más han llamado mi atención en estas cada vez más frías noches. Los dos firmados por el gobierno español. El primero de ellos advierte del “apagón analógico” que llegará en dos años y de la necesidad de pasarse lo antes posible a la televisión digital terrestre. Y alguien tuvo la idea –ya clásica por estas latitudes– de poner a un exagerado y desagradable argentino diciendo cosas como “que no te pishe el toro” para convencer a los ibéricos de las bondades del cambio. Muy fea. Y la verdad que no se entiende. Disfrutarla en http://www.que notepilleeltoro.es/ e insisto: alguna vez alguien publicará un ya imprescindible estudio sobre la influencia del ser argentino en la mentalidad del ciudadano español a través de los comerciales y afines. La otra –luego de que las encuestas revelaran record europeo de embarazos no deseados y aumento de abortos en España– muestran a una parejita adolescente justo antes de hacerlo y conversando con ritmo hip-hop: ella dice que “Tronco, yo no corono rollos con bombos / O condón, o yo pongo stop. / Como fosos, como pozos, / Somos dos. / O con condón, o yo sobro”, a lo que él le responde “Bombón, / yo propongo, Condón, como modo / Lo cojo, lo toco, lo pongo / Con condón, yo floto pronto” para que ella cierre con un “Sólo con condón” y él con resignado “Sólo con koko”. Verla en http://www.yo pongocondon.com/ y los jóvenes consultados acerca de su efectividad sonríen con esa mezcla de desprecio y desconcierto y piedad que manifiestan cada vez que los adultos intentan hablarles, en vano, con lo que piensan es su mismo idioma pero no. Mientras la veía, yo pensé que tal vez gran parte de ellos se embaracen durante las largas tandas publicitarias.

Después, enseguida, interrumpieron la programación de avisos y volvieron –por unos pocos minutos que se me hicieron eternos– con el Lawrence de Arabia ése.

Seguía cruzando el desierto.

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