Se avecina una crisis larga

Por M. Olivera.

A tres días de la asunción de Barack Obama, crece la polémica sobre cómo salir de la crisis. La cuestión no se agota en salvar bancos a cualquier costo.

Usualmente, los Kirchner recurren a la crisis internacional en sus discursos. Esas caracterizaciones son un buen punto de partida para reflexionar sobre el futuro de la economía global. Néstor Kirchner definió a la crisis como un “tsunami” y la Presidenta como una “estafa”. Ambas definiciones son precisas en tanto son consistentes con la noción de que la crisis global va a ser profunda y larga.

Empecemos por el “tsunami”. Por lo que se sabe, es la peor crisis de la posguerra. Y esto se ve en la magnitud y naturaleza de las medidas de política para remediarla. Pero, antes, ¿cómo se llegó hasta acá? Para que haya una debacle financiera tiene que haber un exceso previo: mucha liquidez y mucho crédito. No puedo reventar una burbuja si no se infló antes.

Bernanke, presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos, identificó cuatro causas del boom de crédito y, por lo tanto, de la crisis. Son, textualmente, “las disminuciones generalizadas en los estándares para tomar riesgo crediticio, la ruptura en la supervisión a los préstamos por los inversores y las agencias de calificación, la penetración cada vez mayor de instrumentos de crédito complejos y opacos que probaron ser frágiles bajo presión y una compensación del riesgo inusualmente baja”.

Nadie puede negar que los economistas sean creativos para escribir. En castellano liso y llano, Bernanke culpa a los banqueros que prestaron sin mirar cuánto y a quién, a los reguladores que hicieron la vista gorda. También a los financistas que armaron productos poco transparentes y a las tasas de interés muy bajas. Esto y decir “el que vino antes que yo tiene casi toda la culpa” (Greenspan) es lo mismo, filtrado por el protocolo.

La respuesta de política económica es impresionante. En casi tres meses, la Reserva Federal inyectó 700 mil millones de dólares, más que duplicando la cantidad de dinero. No hay registro en la historia económica de una expansión monetaria de esta magnitud en tan poco tiempo. Y no fueron las únicas políticas expansivas.

Los bancos centrales en el mundo siguen reduciendo las tasas en forma agresiva. El banco de Inglaterra ya bajó de 5,50% a 2% anual y la Reserva Federal, de 4,25% a una banda de entre 0,25 y 0 por ciento. En un mundo de tasas bajas es plata casi gratis. Además, por primera vez el FMI implementó una línea de crédito que prácticamente no tiene condicionamientos de política económica (y de la cual Argentina fue excluida explícitamente por no haber cumplido el requisito, casi una formalidad, del artículo 4º).

En una reivindicación de política económica que convirtió a un economista, Keynes, en el hombre del año a 63 años de su muerte, la mayoría de los países se embarcaron en políticas fiscales expansivas.

Hay formas diferentes de hacer política expansiva: bajar impuestos, prestar fondos a tasas y plazos subsidiados (“créditos blandos”), nacionalizar una empresa en problemas o, directamente, aumentar el gasto en infraestructura, educación, salud o lo que fuese. Y no tienen el mismo efecto.

Un buen ejemplo de intenciones y resultados es la experiencia de Bush con los “reembolsos fiscales”. En febrero de 2008 el Congreso de los Estados Unidos aprobó un plan de estímulo fiscal de 168 mil millones de dólares. Entre otras medidas, incluía el envío de cheques a las familias para que pudieran gastar. Se enviaron cheques a más de 100 millones de personas. En total, se emitieron 80 mil millones de dólares en bonos del Tesoro para financiar este aumento en el ingreso de muchos estadounidenses.

Antes de su implementación, la Brookings Institution especulaba que por cada dólar enviado, la economía iba a crecer en términos reales más de un dólar siempre que las personas gastaran por lo menos la mitad del dólar recibido. ¿Qué ocurrió? Quienes recibieron el estímulo gastaron sólo entre 10% y 20% del monto del cheque, así que el consumo aumentó menos de 20 mil millones de dólares.

Hay un acuerdo amplio entre los economistas de los EE.UU., desde el ortodoxo Feldstein hasta el intervencionista Summers (hoy parte del equipo de Obama), en que el estímulo fiscal tiene que ser oportuno, transitorio y dirigido.

A tiempo porque las recesiones tienen mecanismos de retroalimentación y llegar tarde hace más costosa la intervención y más profunda la caída. Transitorio porque son políticas costosas en términos fiscales y deteriorar la solvencia pública puede tiene consecuencias negativas y, en algunos casos, el remedio puede ser peor que la enfermedad. Y dirigido a aquellos que más lo necesitan. Por ejemplo, un economista progresista como Joseph Stiglitz (citado por los funcionarios K hasta que se le ocurrió oponerse a la nacionalización de las AFJP) se opone al salvataje a las automotrices en EE.UU. porque lo considera un salvataje a los accionistas y a los tenedores de bonos antes que a los trabajadores y consumidores.

En Estados Unidos, como se dijo, el recorte impositivo es una de las formas elegidas porque vuelve más sencillo el acuerdo con los republicanos. Sin embargo, hay economistas como Roubini, Stiglitz o Krugman, más lejos del pensamiento convencional, que creen que la forma actual de la intervención está equivocada. Por ejemplo, ¿por qué salvar bancos en lugar de nacionalizarlos? O ¿por qué comprarle a los bancos sus activos de mala calidad en lugar de reducirles la deuda a los deudores hipotecarios con vivienda única que se ven amenazados? Por eso, los críticos más duros de los cheques fiscales proponían medidas alternativas como las “estampillas de comida”, ya clásicas en intervenciones pasadas en EE.UU.

Queda la pregunta de cuánto va a durar. Cristina Kirchner enfatizó la “estafa” que está detrás del “tsunami”, tal vez por su formación de abogada. La intuición es correcta y sugiere que la crisis va a ser larga. Para los inversores, que hoy se sientan sobre efectivo y huyen de los activos de riesgo, una cosa es perder plata por decisiones equivocadas. Otra, diferente, que quienes tienen a su cargo la administración del dinero mientan sobre las inversiones que realizan.

En un caso se trata de decisiones equivocadas. Hay toda una historia de burbujas que se revierten. Sin embargo, cuando el problema es la estafa y no sólo la decisión de inversión, la precaución ya no se revierte hasta que no cambian las condiciones que permiten situaciones como Enron, Worldcom o Maddof. ¿Cómo puede restablecerse la confianza en un sistema que permite la ocurrencia de fraudes de esta magnitud con tanta frecuencia?

La “estafa” detrás del crack es la otra característica que sugiere que la crisis internacional sea profunda y larga. La política económica no se agota en inyectar la liquidez necesaria para satisfacer el miedo de los inversores o salvar a cuanto banco se ahogue en pérdidas. El incentivo a tomar riesgo a través del mercado de capitales, componente esencial de la economía de los EE.UU., exige un marco institucional que provea ciertas garantías de transparencia y legalidad que parece tambalearse en los últimos años. Y que plantea a Obama una agenda de la que todavía no parece haber tomado nota.

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