Avalanchas

Por J. M. Pasquini Durán.

Sólo el tiempo dirá, a plazo fijo, si la estrategia oficial de lanzar avalanchas de anuncios continuados sobre la sociedad le dará la mayoría de votos a la hora de renovar la presidencia.

Por el momento, queda por saber si existe la capacidad administrativa del Estado y la competencia de un número adecuado de funcionarios para llevar adelante las diferentes tareas y responsabilidades derivadas de cada iniciativa. La aplicación práctica de la ley de comunicación audiovisual es un desafío enorme para cualquier gestión gubernamental y si no se ven pronto resultados aumentará la frustración de muchos que la apoyaron o simpatizaron con ella. Pese a tales evidencias, sin esperar que se aplaquen los ruidos que produjo semejante movida, la avalancha trajo la ley de reforma política, la reapertura del canje de bonos de la deuda externa, los arrimes al Fondo Monetario Internacional, el presupuesto del próximo año y, sin agotar la enumeración, avanzó la asignación universal de 180 pesos por hijo para las familias que no reciban salario familiar, es decir, los más desguarnecidos. ¿Cuándo duerme la presidenta Cristina? A lo mejor, entre propuestas, en los aviones que la llevan y la traen por el país y el mundo. Ahora mismo está en Chile atornillando acuerdos con Bachelet, incluido un viaje conjunto al Vaticano –las dos en el mismo auto en Roma, con una bandera a cada lado–, antes que en el Palacio de la Moneda las inminentes elecciones reemplacen a la Concertación, después de más de dos décadas de labor ininterrumpida, por el candidato de los conservadores. Siempre es desgraciado, para las izquierdas, el triunfo de las derechas, aunque hayan tenido muchas discrepancias con el gobierno que se pierde.

Hay otro tono en el corazón y en la inteligencia cuando se asiste a una victoria electoral como la de Pepe Mujica del Frente Amplio, en primera vuelta, en todo Uruguay, hasta en distritos rurales que nunca antes habían votado con esa inclinación. Fue puro jolgorio y, además, merecido. En Honduras los más entusiastas podrían celebrar el "acuerdo de reconciliación" que pactaron los golpistas y el presidente constitucional Zelaya, aunque la celebración sería más apropiada en Washington, ya que fue la presión Obama la que determinó el resultado.

¿Argentina no está necesitando de alguna fiesta que levante los ánimos? No se puede vivir con la bronca alzada siempre, porque entonces todo se desmerece. Como el Gobierno peleó con los principales dueños de las noticias, el jueves en lugar de celebrar la asignación universal para cinco millones de chicos (hasta los 18 años), lo único que retumbaba en las pantallas, además de los crímenes de cada día, era el paro parcial de subterráneos y el corte de la Panamericana por un puñadito de veteranos de Malvinas. Lo mismo sucede para contrarrestar a cada iniciativa oficial, lo que de paso aumenta las dudas sobre el impacto real de sus beneficios en la población. Si alguien quiere seguir la vida de este país a través de la información de algunos importantes medios, electrónicos y gráficos, tendrá la imagen de un pueblo sufrido, avasallado, sin ninguna ventaja, al que sus enemigos le hicieron mal de ojo. La yeta es tal que, encima, tiene que soportar a un gobierno populista que no cree en ciertas reglas establecidas por la tradición liberal, pero a veces exagera con visiones paradisíacas.

Como es un país en libertad, importa también la oposición, porque puede ser la alternativa de relevo en 2011 pero, por lo que se ve, la dirigen media docena de caudillos partidarios que están muy lejos de las tallas de Perón, Balbín o Palacios, y las expectativas que había en el cuarto oscuro están cayendo más rápido de lo que algunos pensaron al momento de votar. Tanto es así que algunos críticos absolutos de Kirchner, como Marcos Aguinis, confiesan que la oposición ya perdió la oportunidad de ponerse al frente de la voluntad social y que es el Gobierno, presunto derrotado, el que recuperó el centro del ring.

Los datos más espectaculares de los opositores en las últimas semanas no tienen nada que ver con los temas de los que se ocupa el Gobierno. Uno fue el escrache que sufrió en su provincia el senador jujeño Gerardo Morales, punto alto de la UCR, que derivó en una presunta red de abusadores del presupuesto nacional a las órdenes del matrimonio Kirchner, trámite que ya está en la Justicia. El otro ocurrió en el feudo de Mauricio Macri, que bajo el rótulo de Policía Metropolitana estaría organizando una SIDE paralela, según la versión de Aníbal Fernández. Los macristas sostienen que se trata de una conspiración de la Casa Rosada, mezclada con una interna en la Policía Federal, que inventaron un "topo" para sabotear la aparición de la Metropolitana. A eso hay que agregarle que el presupuesto del año próximo en la ciudad rebaja el gasto en educación pública, de acuerdo con el análisis de legisladores y sindicatos. Más policía, menos maestros, no puede ser una ecuación que satisfaga las ambiciones de los porteños, incluso los que votaron en avalancha al empresario. En descargo del Gobierno de la Ciudad, habría que decir que sus inspiraciones van a reconocerse en el pensamiento conspirativo de la derecha. Por el método del absurdo pueden llegar a pensar que entre los que piden justicia para los autores del atentado a la AMIA existen células de alborotadores, de manera que hay que espiarlos para salir de dudas. Esta visión represiva de la diversidad social, ¿será la base para la seguridad que quieren los porteños?

La verdad es que el movimiento social también pasa por dificultades serias, porque sus identidades se mezclaron y confundieron en los últimos años. Por un lado se dividieron en la relación, a favor y en contra, del Gobierno, y por otro la "politización" desdibujó sus propósitos originales, que era el rescate de los sumergidos a través del trabajo, sin tácticas ni estrategias acomodadas a intereses electorales o de grupo. En la confusión algunos terminaron al lado de la Sociedad Rural y "la mesa de enlace" confundiendo un lockout patronal con la sublevación agraria y el inminente "argentinazo". Sus enemigos de siempre aprovecharon la confusión para desprestigiarlos ante los ojos del resto de la sociedad, haciendo del perturbador callejero sinónimo de piquetero. No es casual que el procesamiento de Luis D’Elía salga varios años después del hecho juzgado, cuando el gobierno Kirchner, su opción política, está acosado desde distintos núcleos de poder y, de paso, descalifican la eventual protección que ofrece un líder a sus seguidores. Criminalizar y judicializar la protesta social es una campaña conservadora que está ganando adeptos en las clases medias, sin que el propio movimiento logre imaginar una contracampaña que restablezca su dignidad como ciudadanos.

Si los líderes más notorios se desmoronan o descascaran, ¿habrá llegado la hora de "que se vayan todos"? Es difícil pronosticar a la veleidosa opinión pública, sobre todo porque es uno de los momentos de mayor debilidad de la democracia nacional, ya que no hay un liderazgo claro ni mucho menos uno de alternativa. Todo el mundo busca el pelo en la leche, pero muy pocos tienen la actitud propositiva, donde se pueda encontrar un proyecto de futuro. Algunos, como Eduardo Duhalde, aprovechan para colarse al escenario principal y nadie le puede decir nada porque en el remolino todo se revuelve y confunde. De tal manera que el Congreso aprueba leyes que bien aplicadas podrían cambiar la calidad de vida en la Argentina y mejorar mucho los sistemas de representación, pero pasan a la condición de noticias viejas apenas haya un escándalo que las sustituya en la atención pública.

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