Automotrices, petróleo y Plan Canje

Por: Orlando Vignatti

La reacción natural y primera del ser humano en tiempo de crisis o de dificultad es el lamento, efecto de la pena o de la alarma. En cuestión de liderazgo, si esta reacción natural no está raudamente acompañada por el deseo de superar el obstáculo y si la acción específica no va dirigida a tal fin, el líder fracasa y con él todos sus seguidores.

Cuando el líder tiene la responsabilidad, nada más y nada menos, que de regir los destinos de un país, su compromiso con el éxito, con el salvar el obstáculo, es mayor; puede decirse que determinante.

Esto viene a cuento porque en el mundo (y, la verdad que en menor medida, pero también en nuestro país) algunos sectores afrontan hoy una complicación financiera impensada hasta hace unos meses. Unos están más golpeados que otros y, en tal sentido, no puede descuidarse, a la hora de hacer un examen, la realidad en la industria automotriz que, como se sabe, es un puntal en la escena económica. Es una verdad de Perogrullo, pero hay que recordar aquello de que «caída la industria automotriz, se cae una parte importante de la economía de un país». En efecto, porque no sólo se desploman las estructuras directas, sino las indirectas, que son tan importantes como las primeras.

Barack Obama, un hombre que ha pasado su vida en el mismo corazón de la industria del automóvil, sabe esto y por ello no ha dudado en salir al rescate de algunas empresas que, como General Motors, pasan hoy por una situación complicada. Y vaya si es complicada, que en una región remota del planeta para algunos, como es la localidad de General Lagos, en la provincia de Santa Fe, una importante cantidad de trabajadores se debaten sobre si podrán seguir cobrando el mismo sueldo de hace tres meses o, incluso, si podrán seguir gozando de la dignidad y del beneficio del trabajo en virtud de la situación de la planta de General Motors.

La situación de la industria automotriz debe ser contemplada y no sólo para que se salve el capital central, sino para que se salven aquellos capitales periféricos que conforman las llamadas «autopartes». La industria automotriz debe ser protegida, sobre todo, para que se salve al trabajador y su familia y para que, en resumidas cuentas, se salve una gran parte de la sociedad.

La búsqueda de soluciones, en un caso de crisis, no puede olvidar un concepto: el de la solidaridad. En este marco, y para ser contundentes y evitar los ambages, vueltas y rodeos, hay que decir que aquellos que en los últimos años tuvieron ganancias descomunales deben participar con su aporte en el rescate de la industria automotriz. ¿Y quién ha tenido utilidades fabulosas y está íntimamente ligado al rodado por motor?: la producción e industria del petróleo. Nada más cierto que es el petróleo el que hace funcionar los motores y es el petrolero el que, gracias a ellos, recibe grandes dividendos. Por eso, los estados en donde la industria del automotor está en crisis deberían aplicar tributos a las petroleras de los que hoy están exentos. En muchas partes del mundo, por ejemplo, aquellas empresas cuyas actividades suponen o son un riesgo para la armonía ecológica y la preservación del medio ambiente están obligadas a pagos de impuestos o contribuciones. ¿Por qué la actividad petrolera, contaminante por lo demás y agotadora de recursos naturales, no debería aportar también o hacerlo de manera más significativa?

La participación justa y solidaria de los diversos actores económicos mediante la dirección del Estado es necesaria en época de crisis.

Las medidas de salvamento, ciertamente, deben ser pasajeras, pero habría que evaluar si los tributos a la industria del petróleo no deberían ser destinados luego a fondos de inversiones. A nadie debe extrañar que Obama apele a medidas de esta naturaleza. ¿Por qué no pensar para nuestro país una medida por el estilo?

Pero para el caso argentino, además, el Estado tiene un antecedente interesante: el Plan Canje. Una suerte de plan canje, o alguna medida que esté vinculada con la ayuda o ventajas concedidas por el Estado para al adquirente de un vehículo cero kilómetro sería de gran ayuda para preservar a la industria automotriz.

Por otra parte, una medida de tal naturaleza conllevaría el buen propósito de sacar de circulación vehículos obsoletos que, muchas veces, son herramienta eficaz para la producción de accidentes. ¿Los fondos? Pues una vez más se debe apelar al concepto de la solidaridad regulada, en este caso, por el Estado.

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