Automotrices de EE.UU. piden plata como los bancos

General Motors, Ford y Chrysler le solicitaron al Capitolio ser incluídas en los planes de "rescate" para amortiguar el bajón de ventas. Y dicen que pueden llegar a necesitar más.
A principios de octubre, el mundo entero fue testigo del mayor salvataje de la historia a entidades financieras en las que la gestión de George Bush y el parlamento aprobaron un plan para estatizar la deuda incobrable de los bancos quebrados. Ahora quienes esperan una medida similar es la industria automotriz, que está al borde de la bancarrota.

Los presidentes de las llamadas "tres grandes" compañías fabricantes de automóviles norteamericanas, que hoy pidieron formalmente al Capitolio 34.000 millones de dólares del erario público para lograr su supervivencia.

General Motors, Ford y Chrysler presentaron sus respectivos planes de viabilidad para lograr la aprobación de los miembros del Comité de Asuntos Bancarios del Senado, en una comparecencia que duró casi seis horas sin interrupciones.

En grandes números, General Motors pidió 18.000 millones, Ford 9.000 y Chrysler 7.000 millones. Los tres, sin embargo, aseguraron que esas cantidades, que se proporcionarían mediante préstamos, podrían no ser suficientes.

El economista jefe de la compañía de análisis finaciero Moody's, Mark Zandy, aseguró en la misma audiencia que la ayuda que el sector requiere gira en torno a los 75.000 y los 125.000 millones de dólares.

Los tres presentaron como imprescindible la ayuda para sobrevivir. La alternativa para la primera industria del país es una bancarrota que eliminaría miles de empleos y, según ellos, ahondaría la crisis en la que se encuentra el país.

Sus planes para convencer a los congresistas se basan en tres principios: modernizar sus modelos de negocios, reducir los costes laborales y acelerar el desarrollo de vehículos más eficientes y más atractivos para los consumidores.

Todo ello dentro de un mercado en caída libre: en noviembre las ventas cayeron un 36,7 por ciento respecto al año anterior. Las ventas totales están en su punto más bajo en los últimos 25 años.

Si finalmente se decide someter el plan de rescate automotriz a votación, esta no se producirá hasta la próxima semana. Los senadores, sin embargo, ya mostraron hoy sus posturas: los demócratas, en la línea del presidente electo, Barack Obama, apoyan el plan, mientras que los republicanos son los más reticentes.

El demócrata Christopher Dodd, presidente del Comité, aseguró que no ayudar al sector sería como jugar "a la ruleta rusa". "La gente está enfadada por el plan de rescate, sospecho que estaría más enfadada por la caída de la industria automotriz", aseguró, lo que ocasionaría la pérdida de "cientos de miles" de empleos.

Richard Shelby, el republicano de mayor rango en el comité, considera sin embargo el plan de rescate otro aporte más a un pozo sin fondo. "Los problemas estructurales del automóvil llevan años en marcha. Ya quemaron miles de millones de su propio dinero, y no veo ningún plan a la vista según el cual vayan a ganar dinero. Espero equivocarme, pero creo que tengo razón", afirmó en una entrevista con la cadena de televisión CNBC.

Por lo escuchado en el Comité, la división es importante, y es improbable que los demócratas quieran aprobar sin respaldo republicano una medida tan controvertida. De hecho, prácticamente la única coincidencia hoy entre los senadores de ambos partidos fueron las críticas a la administración del presidente George W. Bush por no tomar cartas en el asunto.

Una de las posibilidades para el consenso fue la fusión entre General Motors y Chrysler, que el consejo de administración de la primera rechazó hace sólo unas semanas. Ambos presidentes, sin embargo, se mostraron dispuestos a reintentarlo si esa es una de las condiciones para que el Congreso apruebe el plan de ayuda.

A la espera del dinero no sólo están las "Tres grandes", sino otros muchos grupos que comparecieron hoy en el Congreso a favor del plan de rescate, como los sindicatos, los suministradores de piezas y los concesionarios de venta.

Su mensaje fue común y claro: permitir que las compañías entren en bancarrota supondría el fin de la industria automotriz al cien por ciento estadounidense. "La gente no comprará coches de una industria en bancarrota", aseguró James Fleming, presidente de la Asociación de Concesionarios de Connecticut.

Comentá la nota