La autoconspiración de Lugo

Por: Ricardo Roa

Si todo lo que se dice de él es cierto, el presidente paraguayo Fernando Lugo se ha revelado como un súper amante y un obispo libertino. Y antes que eso, alguien que privilegió su carrera eclesiástica y política al más esencial de los deberes de un padre: reconocer a sus hijos.

Ayer, una tercera mujer, docente y militante de su grupo político, confesó tener un hijo de él y haberlo llamado Juan Pablo en honor al anterior Papa. Y aseguró que hay otras tres en idéntica situación. La cuenta de Lugo daría así seis chicos pero dicen que el número final es 16.

Ya es imposible sostener, como dijeron sus partidarios cuando reconoció al primero, que hacerlo fue un acto de valentía. Para empezar, no es valiente reconocer a un hijo cuando las circunstancias lo obligan, así hubiese sido el único.

Otra cosa es el celibato. Lugo tuvo los hijos que sean mientras era obispo. El celibato no es bíblico ni dictado por la fe. Es una tradición y una ley interna vaticana, sancionada según sus críticos por razones menos religiosas que económicas: para proteger los bienes de la Iglesia de eventuales reclamos sucesorios de esposas e hijos.

Lugo violó ese voto de castidad al que se había comprometido. Pero ¿qué pecado es más grave? ¿El de transgredir el celibato o el del ocultamiento y la mentira? Y si además tuvo una relación con una menor, todo sería mucho peor.

No es el primer sacerdote que afronta el conflicto de elegir entre el amor a Dios y el amor a una persona. Algunos lo resuelven renunciando a los hábitos. No ha sido el caso del Presidente. La Iglesia paraguaya prefiere mirar para otro lado: dice que no recibió ninguna denuncia escrita sobre las aventuras de Lugo. Hipocresía corporativa. Nadie puede alegar aquí conspiraciones. Y si hay una, es de Lugo contra sí mismo.

Comentá la nota