La ausencia de Obama en Berlín, señal de un creciente distanciamiento con Europa

PARIS.? La ausencia de Barack Obama en la ceremonia del 20º aniversario de la caída del Muro de Berlín pareció confirmar las sospechas de los grandes líderes europeos sobre las reservas que tiene el presidente norteamericano con el Viejo Continente.
"Es una lástima. Nos hubiese gustado que viniera", se lamentó la canciller alemana, Angela Merkel, con un marcado tono de reproche.

En momentos en que casi todos los dirigentes de los países protagonistas de la partición de Berlín durante la Guerra Fría respondieron "presente", el presidente de Estados Unidos prefirió quedarse en Washington para preparar un viaje por Asia y hacerse representar por su secretaria de Estado, Hillary Clinton.

Ese gesto fue considerado la confirmación de la creciente indiferencia que muestra Obama hacia Europa o, más precisamente, hacia sus homólogos europeos.

"Quienes especulan sobre una supuesta frialdad entre la canciller alemana y el presidente de Estados Unidos probablemente tengan razón", escribió el diario Le Monde.

En junio, ya había provocado sorpresa la brevísima escala realizada por Obama en Alemania. Muchos justificaron ese distanciamiento como consecuencia de la actitud adoptada por Merkel, en julio de 2008, de impedir que el entonces candidato pronunciara un discurso ante la Puerta de Brandeburgo. La canciller consideraba que ese sitio, símbolo de la historia alemana, no debía ser usado con fines electorales.

La relación entre Obama y Merkel había vuelto a tambalear la semana pasada. En plena visita oficial de la canciller a Washington, la fábrica de automóviles General Motors (GM) infligió a Merkel una severa humillación al anunciar su decisión de conservar la marca Opel en su jirón. Durante su reciente campaña electoral, Merkel se había comprometido personalmente en favor de la compra de Opel por parte de la empresa canadiense Magna. Según su vocero, la canciller pidió explicaciones a Obama, que se limitó a comentar que no había sido informado de la decisión de GM.

Pero Merkel no es al parecer el único blanco de las reservas del presidente norteamericano. En septiembre, los periódicos británicos se preguntaron al unísono si, acaso, no había terminado la relación privilegiada que siempre existió entre Estados Unidos y Gran Bretaña. Había razones para formular esa pregunta: la Casa Blanca acababa de rechazar cinco pedidos de entrevista formulados por Gordon Brown durante la Asamblea General de las Naciones Unidas. Por el contrario, Obama mantuvo reuniones tête-à-tête con los líderes de Japón, China y Rusia.

Una causa posible de ese distanciamiento habría sido la liberación del libio Abdelbaset Ali Mohammed Al-Megrahi, autor del atentado de Lockerbie en diciembre de 1988, que provocó 270 muertos. Obama había calificado esa decisión de "error".

En un intento de negar el desdén de la Casa Blanca, un vocero de Downing Street afirmó que ambos dirigentes habían mantenido una "conversación sobre numerosos temas después de una cena consagrada al cambio climático" realizada en Nueva York al margen de la Asamblea General. Los analistas de la BBC no tardaron en señalar que "sólo se trató de una conversación de escasos minutos" en un marco deshonroso: una de las cocinas de las Naciones Unidas.

El desamor entre Barack Obama y el presidente francés, Nicolas Sarkozy, es mucho más antiguo y profundo.

Apenas una semana después de la elección en Estados Unidos, Sarkozy recibió en París el premio al coraje político por su acción en la guerra entre Rusia y Georgia.

Feliz, improvisó un discurso donde acusó a Bush de no haberlo apoyado durante el conflicto: "En vísperas de partir a Moscú, [Bush] me llamó y me dijo: «No vayas [los rusos] quieren llegar a Tiflis. Están a sólo 40 kilómetros»". El matiz es que Bush había dicho todo lo contrario. La mentira de Sarkozy quedó como una desafortunada carta de presentación ante la nueva administración.

Desde entonces, los desencuentros entre ambos hombres se han multiplicado. Todo los separa: la personalidad, el carácter, los centros de interés y, sobre todo, la visión política.

Obama, el progresista, y Sarkozy, el liberal, difieren sobre la entrada de Turquía en Europa, la forma de resolver el conflicto en Afganistán, la desnuclearización del planeta, la reactivación de la economía mundial y hasta sobre el velo islámico.

Pero los gobiernos de ambas orillas del Atlántico no dejan de dormir cuando piensan en esa situación porque saben que ?aun distantes? Europa y Estados Unidos están condenados a cooperar en los grandes temas.

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