El audaz ascenso del niño de nombre gracioso

WASHINGTON.- Quince minutos y veinte segundos. Es lo que le tomó a Barack Obama pasar de la liga de Illinois a la nacional. Fue en 2004, cuando George W. Bush y John Kerry protagonizaron una de las campañas presidenciales más divisivas de la historia reciente de Estados Unidos y él, un senador estatal de 42 años, irrumpió en los televisores de todo el país una peculiar noche de verano, desde la convención demócrata
Claro está, llevaba toda su vida -¡y qué vida!- preparándose para atrapar la chance con ambas manos.

"En ningún otro país en la Tierra mi historia personal sería siquiera posible: un chico flacuchón con un nombre gracioso que cree que Estados Unidos tiene un lugar para él también", clamó, a la hora de pedir a su audiencia que votara por Kerry. El estaba encargado de atraer al electorado negro, pero sorprendió a todos con su virtuosa retórica y su apelación a la unidad, al "sueño americano" versión 2.0.

¿Por qué 2.0? Porque Obama no sigue el molde estadounidense tradicional.

Nació en Hawai del efímero casamiento entre un universitario keniata y musulmán y una adolescente blanca y protestante que después de que su marido se marchó, armó las valijas y se fue con su hijo Barack -"Bendito", en swahili- a Indonesia.

El muchachito, flaco como espiga, retornó a Hawai a los 10 años, donde vivió con sus abuelos maternos hasta completar el secundario. "Barry", para sus amigos, se radicó por primera vez en el territorio continental de los Estados Unidos a los 18 años. Primero en Los Angeles, luego en Nueva York, para estudiar en la Universidad de Columbia.

Para cuando llegó a Manhattan, había fumado marihuana, inhalado cocaína y demostrado su pasión por el básquetbol callejero. También, una inteligencia superior a la promedio y un deseo de sentirse parte de una comunidad que lo trascendiera. Por eso, al graduarse se ofreció como trabajador comunitario en los suburbios pesados de Chicago, donde terminó por echar sus raíces.

El puente

Antes de radicarse de manera definitiva en Illinois, viajó a Boston para estudiar derecho en la Universidad de Harvard. A los 30 se convirtió en el primer negro en presidir la Harvard Law Review . Lo logró tras servir de puente entre dos bandos antagónicos.

"La elección terminó siendo entre Barack y un tipo llamado David Goldberg", recordó un compañero de ambos, Michael Froman.

"La mayoría de la clase era progresista, pero había una presencia conservadora creciente [...] y verdaderas peleas entre la derecha y la izquierda. Barack ganó la elección porque los conservadores pensaron que él tomaría sus argumentos en cuenta", relató. Y así fue, a tal punto que la revista mantuvo su línea progresista, pero también difundió la mayor cantidad de artículos conservadores de su historia.

Obama pudo, entonces, dedicarse a ganar montañas de dinero, pero volvió a Chicago e ingresó en un estudio jurídico centrado en la defensa de los derechos civiles, donde conoció a su esposa, Michelle. Abogada también, ella era su instructora en la firma y ambos eran los únicos negros trabajando allí.

De allí en más creció y creció, aunque también tropezó. En 1995 escribió su primer libro, best seller , Sueños de mi padre , cuya versión oral fue premiada con un Grammy. Relata con candor los desafíos de crecer como mulato y su aprendizaje del mundo de los blancos, quienes se sorprendían de encontrarse con "un joven negro bien educado que no parecía enojado todo el tiempo".

Carrera política

Comenzó a dar clases de derecho constitucional en la Universidad de Chicago -de allí su apego a las disquisiciones en sus discursos-, pero también a recorrer el espinel político. En 1996 fue elegido senador estatal en Illinois; en 2000 sufrió su única derrota, para ser representante en el Capitolio -su "mejor aprendizaje", dijo, que lo llevó a replantear el armado estratégico de sus equipos y a mejorar su capacidad retórica, esa que hoy lo distingue-; en 2002 ganó sin siquiera contendientes su reelección en el Senado estatal.

Obama comenzó a ser conocido en los círculos políticos por su carisma y su capacidad para negociar. ¿Cómo? Jugando al póker. Sí, al póker. Un juego que, según admisión propia, no tenía idea de cómo jugar hasta que vislumbró que las largas tertulias semanales entre barajas con colegas de la Legislatura -republicanos incluidos- le permitirían alcanzar consensos y tejer alianzas que de otro modo resultarían imposibles.

De allí a que el propio Kerry le ofreciera dar un discurso durante la convención de 2004 pasó poco tiempo. No desperdició el convite. Se ganó su arribo a Washington como senador y, muy pronto, como "presidenciable".

El resto es historia reciente: desafío a la maquinaria "clintonita", victoria en las primarias, desarrollo de una campaña histórica por dinero (US$ 1000 millones), voluntarios (1 millón) y votos (52,9 a 45,6 por ciento), transición prolija y sueño cumplido: él, justo él, aquel "chico flacuchón con un nombre gracioso", asume hoy la presidencia de Estados Unidos. Honró, en suma, la prédica de su segundo libro: La audacia de la esperanza . Su título lo dice todo.

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