Atropellos mientras asoma un cambio - Por: Eduardo van der Kooy

La reforma política marcó en Diputados el desmembramiento de la alianza neokirchnerista. ¿Podrá rehacerse luego de diciembre? Los Kirchner siguen cooptando a dirigentes sin fijarse en los modos. Soñarían con compartir fórmula en el 2011. Nuevas presiones sobre la prensa.
Néstor Kirchner se meció toda la pasada semana entre el entusiasmo y la desazón. Lo hizo exhibir y desfilar por el poder al gobernador electo de Corrientes, Ricardo Colombi. El mandatario saltó sin escalas del antikirchnerismo militante de campaña al cobijo oficial. El ex mandatario se empeña en demostrar, de ese modo, que no se avecinaría ningún final de ciclo político como pronostica la oposición, ansiosa por tener un protagonismo diferente a partir de que en diciembre varíen las mayorías del Congreso.

Pero aquella alegría provocada por la conducta decrépita del gobernador radical no alcanzó para disimular otras penurias. ¿Cuáles? Sus llamados telefónicos desde Olivos no tuvieron esta vez el efecto disciplinador de las épocas buenas. Esas buenas épocas se estiraron, incluso, luego de la derrota electoral. Kirchner enfureció, golpeó el celular contra una mesa y tuvo cruces ásperos con el jefe del bloque de diputados, Agustín Rossi. La aprobación de la reforma política, con incontables modificaciones, le insumió un esfuerzo superior que no tuvo compensación en el número de votos cosechados. Fueron 136, bien distantes de las cifras reunidas para la estatización de los fondos de la ANSeS y Aerolíneas Argentinas o la sanción de la controvertida ley de medios.

El problema de fondo tampoco pareció ser, al final, el resultado. Con distintos guarismos el Gobierno sigue despachando leyes. El problema fue la insinuación quizás de un tiempo de cambio: los Kirchner no pudieron conservar el tramado neokirchnerista que habían enlizado desde junio. El centroizquierda ahora se apartó. Tres radicales K, entre ellos Silvia Vázquez, votaron en contra. Una diputada fueguina dio la espalda al Gobierno. Los socialistas resistieron todas las presiones, algunas indecorosas. Jorge Rivas, el ex subjefe de Gabinete, que dejó ese cargo después de una fatalidad personal y reasumió su banca, marcó el rumbo. El sindicalista Ariel Basteiro desoyó las duras advertencias de dos ministros.

Los Kirchner salieron del paso porque son tenaces y tienen recursos. Sedujeron a un puñado de socios ocasionales la mayoría de los cuales se irán del Congreso el mes que viene. Cooptaron, por ejemplo, a tres legisladores cordobeses que responden a José Manuel de la Sota. Hace rato que se rumorea el vínculo subterráneo entre el ex gobernador de Córdoba y el ex presidente. Ese rumor puede ser sucio: pero aquellos votos sorpresivos existieron.

El matrimonio presidencial pretende que la reforma electoral no quede a mitad del camino. Estaría dispuesto a tomar una decisión no prevista, de sabor amargo para su paladar: llamar a extraordinarias o prorrogar las sesiones ordinarias que concluyen el último día de noviembre. Sólo de esa manera el Senado contaría con el tiempo mínimo para convertirla en ley.

Aquel apuro desata, como siempre, un cúmulo de sospechas. ¿Tan trascendente es para los Kirchner la reforma electoral? ¿Qué podría ocultarse en las densidades de su texto? Sólo asoman dos certezas. Si la reforma quedara para el próximo período el Senado le introduciría cambios. Y el kirchnerismo ya carecería de número en Diputados para ratificarla. El hecho de haber fijado para agosto del 2011 la realización de las primarias le entregaría algunas seguridades políticas al matrimonio para lo que resta del complicado mandato. Hasta esa fecha Kirchner podrá ejercer la conducción del partido y menear su postulación presidencial. Esa posibilidad constituiría, además, un anclaje para el Gobierno de Cristina.

La ilusión de regresar no formaría parte de una simulación del ex presidente. Hubo una palabra que pasó inadvertida en estos días de fragor callejero, conflictos sociales, riñas sindicales e historias de espionaje. Jorge Capitanich empujó públicamente la reelección de Cristina. El gobernador del Chaco es uno de los pocos hombres confiables para el matrimonio. La ponderación pública de la Presidenta está cerca del piso, pero tanto ella como su marido suponen que el 2010 marcaría una recuperación. Subidos a esa ola imaginarían algo mejor que el regreso de Kirchner o la reelección de Cristina: una fórmula presidencial compartida, como Juan Perón hizo con Isabel.

Nadie conoce bien en qué consistiría la recuperación política en la que creen. Los problemas fiscales se agravan y el financimiento para la Argentina sigue siendo incierto. La producción mejorará pero el beneficio social sería intrascendente. No hay tampoco atisbos de cambio en un estilo político altanero, prepotente y provocador. ¿Cómo mejorar entonces un humor social encrespado con ellos? El matrimonio apuesta a que la ley de medios termine imponiendo la mirada oficial sobre el periodismo escrutador y crítico. Casi una obra de la magia.

Guillermo Moreno no es un mago pero sigue metiendo mano para intervenir la empresa productora de papel de diarios, Papel Prensa. El secretario de Comercio está formando un tandem temible junto a Amado Boudou. El ministro de Economía se rindió a sus pies y tiene premio: coloca hombres de su confianza en las vacantes del Estado que provoca Moreno.

El secretario despidió al titular de la Sigen, Carlos Pacios. Fue como si hubiera despedido a un fiscal de la Nación. La Sigen tiene la misión de controlar la administración pública y auditar las cuentas nacionales. También echó a dos síndicos de la papelera. Todos se negaban a observar los balances de la empresa, como pretenden los Kirchner. "No hay nada que observar", desafió Pacios antes de partir.

Aquella reforma electoral en ciernes le permitiría a Kirchner otras cosas. Se las permitiría también, tal vez, al dirigente radical que tenga el manejo o la influencia en el partido. La norma tiende a fortalecer a los grandes conglomerados existentes en detrimento de nuevas formaciones. Concedería a sus jefes importantes herramientas de poder.

Una de ellas será el manejo de las juntas electorales en las primarias. A esas juntas podrían incorporarse apenas un delegado de cada desafiante. Ese cuerpo establecerá los requisitos y los plazos para la competencia. Demasiadas ventajas. Excesiva influencia de la maquinaria partidaria. El Ministerio del Interior tallaría en el proceso más que la propia Justicia Electoral.

Se añadirían además los límites rígidos establecidos para la desafiliación. Si alguien quisiera dejar un partido porque sí o para sumarse a otro, debería atravesar una burocracia insufrible. Los peronistas y los radicales son , por lejos, los partidos con mayor cantidad de afiliados. Después viene el Frente Grande, que es ahora un núcleo vaporoso e impreciso.

Hasta allí las ventajas hipotéticas para Kirchner. El terreno de la incertidumbre empezaría, en cambio, al indagarse cuál sería la conducta del ciudadano independiente llamado a participar en una elección primaria. ¿Optaría por votar al candidato preferido de algún partido o buscaría sobre todo condenar al ex presidente?

Las dudas tendrían otras ramificaciones. Kirchner parece resguardar todavía su reserva electoral en Buenos Aires. El principal distrito del país deberá hacer su propia primaria para elegir candidatos a gobernador y autoridades provinciales. ¿Será allí Daniel Scioli el delfín de Kirchner? ¿Podría asegurarle la victoria en la interna del PJ bonaerense?

La situación de Buenos Aires es muy crítica en el plano económico-social. La inseguridad lastima como un rebenque. ¿Qué sucedería si Francisco De Narváez compitiera adentro del PJ y resultara ganador? ¿Kirchner se postularía a la Presidencia con el dirigente disidente triunfante en Buenos Aires? La reforma electoral podría ir metiendo a los Kirchner, a la vez, en un laberinto y una trampa.

Allí parece ahora encerrado Mauricio Macri. Hasta ahí llegó empujado por su impericia para ordenar el armado de la nueva Policía porteña. Creyó, erróneamente, que se trataba de un jardín de infantes. De pronto aparece atrapado en una red de espías y espionaje cuya dimensión aún se desconoce. Está la Policía Federal, la SIDE y servicios privados de inteligencia. Hay quienes aseguran que ese armazón tendría otra pata: los Servicios de Inteligencia Naval (SIN) que estarían colaborando con la anuencia de un ministro porteño.

Desde que Macri se empecinó con la creación de su propia Policía Kirchner lo apuntó. La Policía Federal no quiere otro cuerpo armado en el distrito. Esa Policía depende de Aníbal Fernández, el contendor directo del ingeniero. El ministro de Justicia y Seguridad, Julio Alak, es un espectador. El jefe de Gabinete tiene incontinencia con las palabras y las desmesuras. Comparar este escandalete con el Watergate y a Macri con Richard Nixon pareciera una mofa a la historia. También insiste con su manía de decir cosas que no son, como ocurrió con la visita ahora probada de Guido Antonini Wilson a la Casa Rosada. Su actuación se complementa bien con la del juez Norberto Oyarbide, quien olvidó las causas de corrupción que tramita de la administración kirchnerista para dedicarse al espionaje de Macri.

La defensa del jefe porteño también resulta débil. Nunca pudo explicar la presencia de Ciro James ni su vínculo con el comisario Jorge Palacios. Responsabiliza de todas sus desgracias a los Kirchner. Cristina lo acusó de no hacerse cargo del escándalo y de apelar a la devoción argentina por la culpa ajena.

Idéntica devoción que cada día muestran la Presidenta y Kirchner cuando encienden una radio, la televisión o leen un diario.

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