Atrapados en Tegucigalpa

La residencia del embajador argentino en Honduras se convirtió en un bastión de la resistencia al golpe y refugio para los funcionarios que desconocieron el ultimátum del gobierno golpista de retirarse del país en 72 horas.
Cerraron las puertas, las ventanas y se prepararon para una larga espera. Alejandro Amura y Alejandra Eguino se atrincheraron ayer en la residencia del embajador argentino en la capital hondureña para evitar ser expulsados del país. Los golpistas les habían dado 72 horas a todos los funcionarios de la embajada argentina para dejar el país por las buenas. El plazo venció ayer y la invitación cordial y diplomática se convirtió en una abierta amenaza. Sin credenciales diplomáticas, los funcionarios argentinos serán considerados inmigrantes ilegales.

"Si no regularizan su status migratorio quedan sujetos a ser capturados por la Dirección de Migración y puestos en el exterior por vía de la deportación", advirtió el director de Migraciones hondureño, Nelson Mejía. A tres días de la llegada del canciller Jorge Taiana y la misión de la OEA, el enfrentamiento entre la dictadura hondureña y el gobierno argentino sigue escalando.

El barrio coqueto del centro de Tegucigalpa está acostumbrado a ver la residencia de la embajada argentina cerrada. Desde que el último embajador argentino terminó su misión, en abril de 2007, el gobierno de Cristina Fernández no volvió a nombrar a un jefe para la delegación diplomática. Desde entonces la embajada está a cargo de Alejandro Amura, el encargado de Negocios que ayer, siguiendo las órdenes del canciller Jorge Taiana, se encerró por tiempo indefinido.

Su compañera en esta aventura es una funcionaria relativamente nueva en la embajada, Alejandra Eguino. Hace poco más de un año que empezó a trabajar con Amura, pero sin embargo ayer no dudó en dejar su casa, traerse a su hija de nueve años y sumarse a su manera a la resistencia que cientos de miles de hondureños sostienen hace casi dos meses contra el gobierno de facto de Roberto Micheletti.

Ninguno de los dos quiso hablar con la prensa. Pero al parecer están bien, tranquilos. "No pueden salir, pero creen que no les va a pasar nada", le dijo a este diario una fuente vinculada con la delegación, que pidió no revelar su nombre. A pesar de las amenazas y la retórica propagandística de la dictadura, que llama a través de los medios a "deshacerse de las injerencias dañinas extranjeras", los diplomáticos argentinos aún tienen amigos en Tegucigalpa.

Ayer Manuel Melgar, dirigente de la Organización Nacional Indígena Lenca de Honduras (Onilh), adelantó que enviará a un grupo de militantes para hacer guardia frente a la residencia de la embajada argentina. El grupo es uno de los que organizan y lideran las masivas marchas que día tras día toman las calles de Tegucilgalpa y del resto de las ciudades del país para reclamar la vuelta del presidente depuesto Zelaya.

Hace casi un mes que un pequeño grupo de la Onilh hace guardia frente a la embajada venezolana en Tegucigalpa, la otra delegación diplomática que fue sancionada por la dictadura de Micheletti. Los golpistas expulsaron a los diplomáticos que responden a Hugo Chávez hace exactamente un mes. Les dieron 72 horas, pero como los argentinos ayer, los venezolanos se metieron dentro de la embajada, cerraron las puertas y se sentaron a esperar la presión internacional.

La dictadura intentó disuadirlos. Algunos días les cortan la luz, otros el agua. Los intimidan a través de los medios de comunicación, los acusan de violar los convenios internacionales y les recuerdan que no pueden poner ni un pie en la calle. "No están solos, ni los venezolanos ni los argentinos. Toda la resistencia está con ellos", aseguró una dirigente zelayista que mantiene una buena relación con la embajada argentina.

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