Atento a las encuestas, Kirchner se convierte en "Mi pobre angelito"

Por: Julio Blanck

Se alistó como candidato para pelear la batalla decisiva para su sobrevivencia política. Adelantó la elección para escaparle a los efectos anunciados de la crisis económica. Inventó las candidaturas testimoniales involucrando nada menos que al gobernador de Buenos Aires. Gritó y despotricó desde las tribunas contra los que lo quieren hundir en el último infierno y también contra los que apenas ejercen su derecho a opinar y cuestionan algunos de sus actos. Nada de eso le alcanzó hasta ahora a Néstor Kirchner para suponer que podrá dormir tranquilo después de la elección de junio. Las encuestas, y sobre todo las propias, las que esta vez no se difunden, le alientan cada día el sobresalto.

Los números en los que Kirchner cree le hablan de una estrecha diferencia final, de 5 ó 6 puntos, sobre Francisco de Narváez. Otras mediciones que le acercaron son más optimistas, pero Kirchner está entrenado en la aspereza y la sospecha: prefiere planificar qué hacer para que el escenario de derrota que le pinta un tercer grupo de sondeos nunca se pueda concretar.

Ante una realidad adversa, prestidigitador incansable, Kirchner inventó y puso en escena esta semana la última versión de sí mismo. Algo así como "Mi pobre angelito", un hombre que se pretende cálido y afable, que visita jardines de infantes en el Gran Buenos Aires, acaricia a niños, saluda a padres y maestras, y trata de convencer buenamente, con paciencia y esmero, que lo mejor es votarlo a él.

De algún modo es el regreso a una tesis que el propio Kirchner había desarrollado a comienzos de año, cuando le decía a sus numerosos visitantes en Olivos que pretendía un tiempo con "ondas de amor y paz" para transitar hacia la elección de medio término del segundo gobierno kirchnerista. Nadie hizo más que él para que ese pretensión quedara frustrada.

Es ese Kirchner que se esfuerza por aparecer manso y tranquilo el que ayer, en una muy distendida entrevista por televisión -otra pieza en el mecano de su lanzamiento como candidato- dijo de sí, aludiendo a su notoria condición de gobernante consorte: "Soy por primera vez un Primer Damo en la Argentina".

Un interlocutor habitual de Kirchner preguntaba anoche, y anticipaba: "¿Viste cómo hacemos todos los deberes? ... estamos muy prolijitos y vamos a seguir así". Le preocupaba resaltar el cambio de tono, la última reinvención de Kirchner candidato, después de comprobar que el chicote y la chequera sirven para disciplinar intendentes y gobernadores, pero que no pagan buen dividendo en la opinión pública. En el Gobierno admiten que algo más del 60% de los bonaerenses está dispuesto a votar contra Kirchner.

Tratándose de política y de campañas, todo es provisorio. Y este nuevo tono quizás se confirme o se modifique, según las próximas encuestas muestren que tuvo, o no, el efecto buscado. Pero el entorno del ex presidente, como todos los entornos de todos los políticos, suele entusiasmarse fácil con los cambios de rumbo que imprimen sus jefes, sean decisiones de alta estrategia o simples manotones en la oscuridad buscando la salida a una situación de encierro.

Una cuestión en extremo sensible para el desarrollo de la campaña y para el resultado de la elección, es la confirmación práctica de la lealtad que le juran a Kirchner los caudillos municipales, los legisladores y los funcionarios de la Provincia.

Cuando mañana cierren las listas se verá cuántos intendentes ponen el cuerpo y se anotan en las candidaturas testimoniales, para empujar sin dobleces el voto en sus municipios. Después del entusiasmo inicial, unos cuantos están pidiendo una dispensa para zafar del cepo en que los metió Kirchner. Rápido de reflejos, ayer Daniel Scioli empezó el rondín de arengas y conminación final a los recelosos jefes municipales.

Los caudillos del peronismo bonaerense van a terminar jugando fuerte para Kirchner, porque saben reconocer y respetar a quien tiene el poder. Pero es improbable que esa obediencia vuelva a tener alguna pincelada de compromiso más allá de la conveniencia. "Ojalá que gane, pero que gane por un voto", se escuchó mascullar a uno de los principales dirigentes de la Provincia, ligeramente fatigado ya de las peregrinaciones a Olivos para renovar la pleitesía. Y ansioso por ser parte de un nuevo tiempo peronista.

Hablaba de Kirchner como de alguien ajeno. A Kirchner eso le preocupa poco. Prefiere que le teman, no que lo quieran.

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