Un ataque contra todos los argentinos

Joaquín Morales Solá

Una vez, hace poco tiempo, un periodista le preguntó a Hugo Moyano si al sindicato de camioneros lo manejaba él o su hijo Pablo. "Yo", contestó. Y agregó enseguida: "No puedo ser injusto. El pibe hace lo que yo le digo".

Hace más tiempo, un ministro lo consultó a Néstor Kirchner sobre si debía aceptar un insistente pedido de Hugo Moyano para reunirse con él. "Con Hugo hay que hablar siempre. No importa si te gusta hacerlo o no. Tenés que hacerlo", le respondió, tajante. Hablemos, entonces, de Moyano y de Kirchner, eternos aliados en las cosas nobles e innobles de la vida.

Impedir la salida de diarios es como cortarle las dos piernas al periodismo. La prensa tiene sentido cuando su trabajo sale a la luz pública, cuando los lectores pueden acceder libremente a sus informaciones, a sus análisis y a sus opiniones. ¿De qué serviría el afán de los periodistas si un grupo de pendencieros solventados por un sindicato clausurara las puertas de la libertad? ¿En qué subsuelo de la calidad cívica habrá caído la Argentina si un grupo de adeptos oficialistas estuviera en impunes condiciones de clausurar la salida de los diarios? Moyano ha metido sus camiones en supermercados, en empresas de peajes y en otras compañías, a veces para dirimir viejas peleas entre los devaluados caudillos sindicales. Todos son hechos graves, sin duda, porque la violencia exenta de culpa es una perversión de cualquier sistema democrático.

Sin embargo, ninguno de aquellos atropellos tiene la importancia institucional que podría revestir la decisión de frenar la distribución de los diarios. Es difícil incorporar estos valores tanto en Moyano como en Kirchner, porque ambos tienen la convicción de que el periodismo que no es oficialista merece la extinción. En el pequeño y aldeano universo de sus ideas, el periodismo no oficialista es puro mercantilismo.

La embestida de Moyano contra los dos principales diarios argentinos no puede entenderse sólo como una disputa entre gremialistas. Hace unos diez días, Néstor Kirchner se refirió a los dos diarios peyorativamente, como suele hacerlo siempre, en una disparatada conferencia que dictó en Santiago de Chile. Fue Kirchner quien abrió el cauce de una acción más expeditiva por parte de su amigo sindical. Las palabras siempre preceden a los hechos y nunca hubo mejor ejemplo que el de Moyano llevando a la acción las palabras previas del ex presidente.

Funcionarios del gobierno nacional aseguran que hicieron todo lo posible por frenar el ímpetu moyanista. ¿Acaso la prensa debería ir ahora en peregrinación a Olivos para agradecer el gesto? Si fuera como ellos dicen, ¿no se limitaron a devolverle al periodismo la libertad que le corresponde por mandato constitucional? Quizá todo haya sido hecho con la factura de quien espera recibir un agradecimiento.

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A todo esto, ¿dónde están los fiscales y los jueces que deben garantizar el cumplimiento de las leyes y de la Constitución? La libertad de prensa no es una concesión de Kirchner ni de Moyano, sino un claro mandato de la Constitución. En todo caso, ambos están amenazando con violar las libertades constitucionales, uno por acción y el otro por omisión.

Ningún conflicto es un conflicto más cuando termina en el espacio público argentino. La policía está aquejada de parálisis ante los desmanes más flagrantes. Los fiscales dan órdenes que nadie cumple. Los jueces miran los delitos de orden público como espectadores privilegiados de un drama ajeno. La calle es tierra de nadie desde hace seis años, aunque por esas calles, como en el caso que afecta a los diarios, circulen las arterias de la libertad.

Moyano y Kirchner no están perpetrando un atentado que afectaría sólo a los diarios. Afectaría a todos los argentinos que podrían verse impedidos de acceder a la información que necesitan para ser ciudadanos plenos de una democracia plena y de un país normal. ¿O los dos prefieren una sociedad argentina sólo informada por los voceros del oficialismo?

Kirchner usa fuerzas de choque diversas para amedrentar a sus adversarios, reales o supuestos. Moyano es demasiado dependiente de Kirchner como para hacer lo que promete hacer sin haber contado, al menos, con la mirada cómplice del ex presidente. Kirchner es, a su vez, demasiado dependiente de Moyano como para negarle una grata autorización. La sociedad entre ellos parece indestructible. Cuando se habla de la prensa, además, sólo hay que remontarse a la crisis con el campo: fue Moyano el que comenzó con una ola de descalificaciones a la prensa que luego hizo suya el propio Kirchner.

Al ex presidente lo condenan el contexto y la historia. Un hombre fuerte en el poder, que se jacta de que en el país no se mueve una hoja sin su consentimiento, no podría pretextar ahora que su aliado anda haciendo correrías por su cuenta. En los últimos días, esa alianza ha sido más explícita, al punto de que a Kirchner no se lo ha visto de otra manera que no sea al lado del jefe de la CGT. En su última aparición junto a Moyano, Kirchner volvió a descalificar a medios periodísticos.

La descalificación del periodismo forma parte de la historia de Kirchner. Ningún otro presidente de la democracia argentina habló tanto de la prensa y de los periodistas para desacreditarlos, ningunearlos y difamarlos. Su derecho a la inocencia se encoge entonces dramáticamente. Ningún otro presidente le permitió al jefe de la CGT tantos atropellos, ninguno abandonó con tanta soltura la neutralidad ante los actores sociales y ninguno hizo tan poco para devolverle a la nación política una noción del orden público.

Los límites se están forzando. Algo definitivo se levanta delante de Kirchner y Moyano. Consiste en que podrían convertir la libertad en otra nostalgia argentina.

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