El atajo ahora se convirtió en el plan principal

Por Hernán de Goñi

Cuando el Gobierno puso en marcha el denominado Fondo del Bicentenario, se suponía que estaba presentando un plan alternativo para darle certidumbre a la capacidad de pago de la Argentina.

El hecho de ser caracterizado en un primer momento como un fondo de garantía fue un factor que amortiguó el dramatismo de los principales objetores de conciencia al uso de las reservas. Hasta que Amado Boudou detalló el abanico de posibilidades que abría la medida, como ser la cancelación anticipada del pago de intereses, dejando en claro que las divisas se convertirían en un instrumento más del plan financiero del Gobierno.

La razón de estas medidas fue la resistencia oficial a darle curso a un acercamiento al FMI, factor que aparecía casi como condición para negociar con el Club de París y facilitar la salida al mercado. Como el riesgo país había llegado a un piso difícil de perforar, Economía armó este atajo, con la esperanza de que los inversores renovaran su apuesta por los activos argentinos. Pero el diseño subestimó algunos riesgos (empezando por la resistencia del propio Banco Central). El plan B comenzó como un salvavidas de las soluciones originales. Pero si no se lo endereza con medidas correctivas, el riesgo es que se transforme en un lastre.

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