Más que una asunción, fue una refundación.

Por Mario Diament.

La trascendencia del acontecimiento no escapaba a nadie. Pero una vez decantada la emoción y el asombro de asistir a la asunción del primer presidente negro de la historia norteamericana, lo que prevaleció a lo largo del discurso inaugural de Barack Obama fue la gradual comprobación de que lo que estaba teniendo lugar sobre las escaleras del Capitolio era la refundación de Estados Unidos.

Nunca antes el discurso inaugural de un presidente desmanteló en 18 minutos y medio el edificio filosófico y político de su antecesor y lo hizo en presencia suya, con tanta elegancia y tanta elocuencia.

Uno a uno, todos los preceptos que durante ocho años sustentó George W. Bush, que le valieron a Estados Unidos un repudio casi universal, fueron revertidos y reemplazados por un concepto que el mundo esperaba escuchar de un mandatario norteamericano desde hace mucho tiempo: "El poder no nos da derecho a hacer lo que nos plazca". La frase es tan aplicable adentro como afuera. Se conjuga con esa otra decisión de rechazar "la falsa disyuntiva" entre seguridad e ideales, una definición que no sólo debe haber chirriado en los oídos de Bush y Dick Cheney, sino en los de todos los regímenes autocráticos.

Desde la economía hasta el medio ambiente, desde el rol de Estados Unidos en el mundo hasta la investigación científica, desde la guerra en Irak y Afganistán hasta la salud pública y la educación, Obama prometió hacer exactamente lo opuesto que su predecesor.

No fueron meramente palabras. Al día siguiente, su primera orden ejecutiva fue congelar el sistema legal establecido por la administración anterior para juzgar a los sospechosos de terrorismo islámico, seguida por el anuncio de la clausura de la cárcel de Guantánamo, la orden a la CIA de cerrar las cárceles clandestinas diseminadas por el mundo, la prohibición del uso de la tortura y la aplicación inmediata de la Convención de Ginebra a todos los presos en la guerra contra el terrorismo.

Otra serie de decretos congeló los salarios de los funcionarios de la Casa Blanca e impuso severas reglas éticas en la administración pública, al tiempo que promovió la transparencia sobre las acciones del gobierno.

Consciente de la urgencia que demanda la profunda crisis económica, Obama se reunió ayer con legisladores demócratas y republicanos para asegurarles que tomaría en consideración sus objeciones al paquete de estímulo elaborado por su equipo. Además, firmó la orden que revocaba la prohibición de destinar fondos federales para grupos internacionales que promueven o practican abortos, otro de los siniestros legados de la administración anterior.

También en franca disparidad con lo que fue la doctrina de Bush para Medio Oriente, que preconizaba la abstención de Washington de intervenir, se designó a dos veteranos negociadores como enviados especiales al conflicto palestino-israelí y a Afganistán y Paquistán.

En política, los gestos tiene tanta importancia como las acciones, y las primeras 72 horas que siguieron a la pompa del martes fueron una formidable combinación de símbolo y sustancia, destinada a señalar de manera indudable que el nuevo ocupante de la Casa Blanca se proponía, como él mismo lo planteó en su discurso, "comenzar nuevamente el trabajo de refundar Estados Unidos".

Desde Ottawa, una mujer llamada Sharon Griffin envió una carta al The New York Times que parecía resumir el sentimiento generalizado: "Señor editor: toda mi oficina acaba de presenciar la ceremonia inaugural, aquí en Ottawa, y había muy pocos ojos secos en la sala. Nuestras sinceras felicitaciones por la asunción de su nuevo presidente, Barack Obama. ¡Feliz retorno, queridos Estados Unidos! ¡Los habíamos echado de menos!"

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