La artesanal construcción de poder del puntero

Durante los períodos electorales se encargan de movilizar a sus seguidores y de controlar la votación. Pero cuando no hay comicios, los dirigentes se ocupan de atender a los votantes de su territorio para incrementar su poder de convocatoria y conseguir un cargo de su jefe político.
No es la camisa, de mangas cortas y con bolsillo al frente donde siempre sobresale una lapicera. Ni el pantalón: nunca vaquero, siempre "de vestir". Preferentemente azul, como la birome. Ni los mocasines (sin medias en verano), lustrados pero con algo de tierra encima. El signo distintivo del puntero político, tal como se lo conoce en Tucumán, es una carpeta tamaño oficio bajo el brazo.

Durante el período de elecciones, que es cuando se tornan particularmente "visibles" para el común de sus comprovincianos, en esa carpeta hay listados. Porque el puntero desempeña, generalmente, dos papeles. Uno es el de fiscal general en las escuelas donde se vota. Se ocupa de que no falten los votos de su lista en el cuarto oscuro y, si se descuidan, de que sí falten las boletas de los adversarios. Controla que lleguen la comida, la gaseosa y los cigarrillos a los fiscales de mesa. Se ocupa de pagarles y de llevar una planilla con los resultados del escrutinio provisorio.

Si no tiene asignada esa tarea, se ocupa de llevar a votar a sus seguidores. Se lo ve, entonces, sentado como acompañante del remisero que sigue sus instrucciones: en la carpeta hay una planilla con las direcciones de los militantes a los que hay que ir a buscar y la cantidad de miembros de 18 años o más que tiene la familia. Los busca, los lleva a las escuelas, espera que sufraguen, los devuelve a su casa y les entrega el bolsón previamente cargado en el baúl del vehículo.

Pero el puntero no sólo trabaja durante los comicios. Cuando no hay calendario electoral, la tarea del dirigente territorial es, acaso, menos intensa que durante la votación y los días previos, pero es igualmente incansable. Y la carpeta oficio cumple, también en esos casos, un papel preponderante.

Preparando el terreno

Durante los períodos ajenos a las urnas, el trabajo de los punteros consiste en sembrar adhesiones para, luego, cosechar voluntades. Es decir, prepara el terreno de su propio poder. Cuantos más militantes cuente en su carpeta, mayores serán las chances de que su jefe político le dé un buen cargo.

LA GACETA recogió testimonios sobre la tarea de estos dirigentes en las colas de beneficiarios del programa "Argentina Trabaja", en Lules, Tafí Viejo y Yerba Buena, para retirar las tarjetas de débito.

"Mi mamá tiene diabetes y mi papá tiene problemas de presión. A mí se me hace imposible poder comprárselos, así que por suerte de eso se encarga el puntero de mi barrio. Yo me encargo de conseguir la receta y él siempre me trae los genéricos. Inclusive, a veces él mismo pasa por mi casa y me dice que no me olvide de buscar la receta en el CAPS porque parece que tiene anotado cuándo se le acaban los medicamentos a mis padres", cuenta, aliviada, María del Carmen, vecina luleña.

Martita, como se identifica la mujer oriunda de Tafí Viejo, asegura que le debe al dirigente de su pueblo el haber resultado beneficiaria del programa Argentina Trabaja. "El fue personalmente a mi casa y me explicó que tenía la posibilidad de inscribirme como cooperativista. Me dijo que iba a tener capacitación y que después iba a tener que trabajar. Yo le dije que encantada de la vida, porque esa plata, para mi familia es una salvación. Y no me pidió ni un peso a cambio. Porque leímos lo de esa chica de La Costanera a la que le quitaron la tarjeta (de débito). Con nosotros no fue así", relata.

Precisamente, la denuncia de la bandeña Verónica Pedernera, acerca de que le habían quitado su tarjeta magnética, sacó a la luz que hubo casos de presuntas extorsiones por parte de punteros que les pidieron a los cooperativistas un porcentaje de sus remuneraciones. El caso derivó en la detención de los hermanos Manuel y Guillermo Quiroga, y de la puntera Amelia Herrera. Luego, otras dos mujeres denunciaron situaciones similares.

"Pero no todos los punteros son así. O sea, el mío, el de mi barrio, se porta muy bien", confiesa Ester, que vive en el oeste de la capital, y explica por qué no da su apellido. "Necesitaba mucho una de esas ’Soluciones Habitacionales’: en mi casa vivimos yo y mis cuatro hijos con la familia de cada uno. Entonces lo hablé y le pedí que me la consiguiera. Vinieron a verme del Gobierno y me dijeron que tenía que elegir entre un baño (núcleo húmedo) o una pieza (núcleo seco). Y yo le expliqué que necesitaba las dos. Y usted no va a creer, pero él me lo consiguió. Me dijo, eso sí, que los cuidara a los albañiles: los tuve a sidra, asado y pan dulce (durante) toda la obra. Al final, no entraban por las puertas (se ríe jocosamente). Y a él (por el puntero) le regalamos un lechón para las fiestas. Lo seguimos a muerte", juró.

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