El arte de llegar y quedarse según Sebastián Piñera

Por Gabriel Puricelli.

No hay líder que gane una elección y que no busque transformar en permanentes las condiciones que le permitieron hacerlo. Por eso puede resultar interesante interpretar algunos elementos de la trayectoria de Sebastián Piñera para imaginar qué tendrá en mente.

La señal de largada de su maratón hacia la presidencia habría que situarla en su opción por el "no" en el plebiscito de 1988 en el que fue derrotado Augusto Pinochet. En ese mismo acto se convirtió en la imagen especular de quien sería su Némesis en la derecha durante las próximas dos décadas, Joaquín Lavín, por entonces uno de los voceros de la plataforma del "sí".

Piñera advirtió muy tempranamente (y también lo hizo su partido, Renovación Nacional, el más tradicional de la derecha, descendiente del conservadurismo pre-Pinochet) que el 40% de apoyo que su sector tuvo desde el fin de la dictadura no alcanzaba para llegar a La Moneda. Al mismo tiempo, identificó en la ultrapinochetista Unión Demócrata Independiente (UDI) al partido de masas necesario para mantener movilizado a un electorado tan grande y al complemento ideal del "partido de notables" que era (y es) RN. La UDI tenía en el mismo Lavín a su único líder con atractivo electoral. Piñera se hizo entonces a la idea de que había que dejar que la UDI y su candidato se probaran incapaces de darle la victoria a la derecha y los acompañó en su derrota ante Ricardo Lagos. Cuando hubo que enfrentar a Michelle Bachelet, Piñera dio la puntada decisiva, de la que su victoria de ayer es el nudo de cierre: se negó a reconocerle al perdedor de la elección anterior la condición de candidato único y se dispuso a derrotarlo en primera vuelta, sin importar demasiado que la Concertación ganara de nuevo: ya caería de madura. Aun sin ganar el ballottage, Piñera quedó parado en 2005 como candidato unitario para 2009.

En el camino, fue espectador privilegiado de cómo la Concertación se astillaba, por derecha y por izquierda. Cosechó algunas de esas astillas, como el ex ministro de Salvador Allende y senador del Partido por la Democracia Fernando Flores. Se fue vistiendo así de liberal moderno, un perfil que no era ni el de la vieja derecha prepinochetista, ni el de la síntesis UDI de corporativismo y neoliberalismo hardcore.

En la elección que hizo presidente a Piñera, Lavín no pudo ni siquiera hacerse elegir al Senado. El terreno está despejado para que la estrategia de seducción se extienda ahora a otros Flores que pueda haber en una Concertación derrotada y para convencer a Chile de que la suya es una derecha herbívora que se merece una estadía en el poder más allá de los cortos cuatro años que se se acaba de ganar, para empezar.

*Co-coordinador, Programa de Política Internacional, Laboratorio de Políticas Públicas (Politicainternacional.net).

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