Un arriesgado golpe contra el chavismo

Por Miguel Angel Bastenier

El País

MADRID.- El domingo pasado estaba convocado un golpe de Estado en Tegucigalpa. En un país como Honduras, de densidad democrática débil y legalidad de celofán, los poderes transitan sobre el alambre, en riesgo permanente de desplomarse unos contra otros

El presidente hondureño, Manuel Zelaya, del Partido Liberal, es el último en la ya larga nómina de jefes de Estado latinoamericanos que consideran que un solo mandato priva injustamente al pueblo de la repetición de gobernante.

La limitación a un solo período presidencial tiene gran pedigrí en América latina. Porfirio Díaz se hizo elegir siete veces presidente de México y gobernó durante más de tres décadas, hasta 1910, y, como él, otros muchos en el continente convirtieron sus mandatos en tiranías corruptas y oligárquicas.

Más o menos asegurada la democracia en los últimos 20 años, los presidentes latinoamericanos parecían sentirse de nuevo legitimados para pedir cancha. En 1993, el peruano Alberto Fujimori remendó la Constitución para desempeñar un segundo mandato; al año siguiente, el argentino Carlos Menem hizo lo mismo. Lo siguió el brasileño Fernando Henrique Cardoso en 1997, y en esta última década el colombiano Alvaro Uribe, la tripleta chavista formada por Hugo Chávez en Venezuela, Rafael Correa en Ecuador y Evo Morales en Bolivia, y hoy andan dándole vueltas al asunto el nicaragüense Daniel Ortega y el paraguayo Fernando Lugo, ambos en la órbita de Caracas.

Y no es la ideología, sino la excelente opinión que los interesados tienen de sí mismos, lo que hace que tanto derechas como izquierdas sueñen con no abandonar la presidencia.

Zelaya experimentó una conversión de instantaneidad paulina: a medio mandato decidió pasarse al "socialismo del siglo XXI" y el 25 de agosto pasado firmaba el ingreso de su país en el ALBA. Sin que eso tenga que desmentir la preocupación social del presidente, únicamente un viraje de este calibre podía facilitarle un nuevo libreto que interpretar; como si fuera un personaje en busca de un autor, que sólo podía ser Chávez.

Sin esperar a las elecciones presidenciales del 28 de noviembre de este año, el líder hondureño tenía que tratar de poner a sus adversarios ante una evidencia insuperable: un referéndum, anunciado para el pasado domingo, en el que la opinión allanara el camino a una futura reelección, que es la que permitiría avanzar con ese nuevo libreto.

El Congreso, en vez de iniciar entonces algún tipo de juicio político contra el presidente, que se demoraría ad calendas , prohibía el día 23 el referéndum, ante lo que Zelaya destituía de inmediato al jefe de las fuerzas armadas, Romeo Vásquez, por no secundar materialmente la votación, y el ejército, finalmente, cometía el gravísimo delito y terrible error de sacar los tanques, secuestrar al presidente y llevarlo a San José de Costa Rica.

Así es como el domingo estaba convocado un triple golpe: del presidente por querer que hubiera consulta; del ejército, por derrocar al jefe del Estado, y del Congreso, por elegir a su presidente, Roberto Micheletti, como sucesor de Zelaya.

Pero el combate de fondo se libra entre chavistas y no chavistas. La OEA, la UE, el Parlamento centroamericano, Estados Unidos y ¿quién no? condenaron el golpe y tendrán ahora que poner en cuarentena al nuevo régimen.

Hace muy poco no habría costado adivinar la mano de Washington en la asonada, e incluso hoy parece inverosímil que unos militares formados en la Escuela de las Américas actuaran sin conocimiento de la base norteamericana de Soto Cano en Honduras. Pero ni Estados Unidos ni Brasil ni media OEA pueden ver con entusiasmo la extensión del chavismo. ¿Les ha tendido Zelaya una trampa a sus adversarios? El nuevo régimen hondureño, que sólo aspira a llegar a la cita electoral de noviembre, la tiene muy difícil. El golpe contra Chávez puede describir una trayectoria de boomerang.

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