Ya arrancó el "operativo clamor" para que Cobos vuelva a la UCR

Por: Julio Blanck

Empezó el "operativo clamor" para apurar el regreso de Julio Cobos al radicalismo. De allí lo echó la conducción partidaria cuando, siendo gobernador de Mendoza, formalizó su alianza con los Kirchner.

Y allí, adonde siempre dijo que quería volver, lo esperan ahora con los brazos más o menos abiertos, según el sector interno de la UCR que se trate. Porque a nadie escapa que ante un kirchnerismo en declive pero todavía poderoso, y con ofertas robustas en otras esquinas de la oposición, el radicalismo necesita una figura con fuerte atracción pública para volver al juego mayor de la lucha por el poder.

El "operativo clamor" es empujado desde la dirigencia radical más cercana a Raúl Alfonsín, distanciada de la conducción partidaria de Gerardo Morales y refractaria, más allá de los buenos modales de circunstancia, al acercamiento que la UCR produjo con Elisa Carrió. Pero no se trata de un emprendimiento monocolor: desde el sector de Cobos también se trabaja para asegurar el regreso.

Primer dato: los "cobistas" no armarán un partido propio. Van a agruparse en un espacio -formato más gaseoso y flexible- bajo la sigla Consenso Federal (ConFe). Un modo de mostrar que su camino es el regreso a la UCR y no una alianza con el radicalismo desde una formación propia.

Segundo dato: uno de los operadores principales de Cobos, el ex intendente de Mar del Plata y actual diputado Daniel Katz, acaba de decir que "nuestro espacio natural es el radicalismo, el socialismo y, eventualmente, la Coalición Cívica".

El primer paso para el regreso de Cobos será normalizar los distritos radicales intervenidos por haberse aliado con el Gobierno, y el levantamiento de las sanciones a los dirigentes que acompañaron a Cobos en el radicalismo K. Después llegará el tiempo de anular la expulsión partidaria aplicada al vicepresidente. Puede sonar paradójico, pero ese paso será dado por las autoridades del radicalismo, encabezadas por Morales, que notoriamente prefieren la cercanía de Carrió a la de Cobos. Es la misma dirigencia que, con el fuerte acercamiento de la semana pasada con Carrió, hipotecó el posible acuerdo con el socialismo que antes había impulsado.

Pero la necesidad política a veces allana dificultades. En Mendoza, para ordenar la interna y asegurar, entre otras cuestiones, la reelección de Ernesto Sanz, el ascendente jefe del bloque radical en el Senado, la UCR local cerró un acuerdo con Cobos. Sanz trabaja codo a codo con Morales en la cúpula radical. "Si Cobos es radical para arreglar la interna en Mendoza, también es radical para levantarle la expulsión y reabrirle las puertas del partido", dicen, rápidos de reflejos, los promotores del "operativo clamor".

Este tipo de operativo, como bien se sabe, nunca es ajeno al aclamado. Aunque el aclamado, por ahora, se mantenga casi ajeno a tales movimientos. Cree que cuanto menos exponga su juego mejor podrá desplegarlo. En su círculo más cercano dicen: "Más que en la vuelta de Cobos al radicalismo, habría que pensar cómo se integra el radicalismo con Cobos." Es la postura de quien sabe que la caricia de la popularidad lo acompaña sin desmayo, desde aquel voto contra las retenciones al campo que lo convirtieron de golpe en una figura gravitante. La idea de Cobos, dicen sus allegados, es "tomarse todo el tiempo del mundo, escuchar, analizar, decidir qué hacer y hacerlo". Su gente se entusiasma: "Es un ingeniero y construye política como un ingeniero." Es la euforia de los buenos días, tan fugaces en la política.

Hay otro punto que une a la gente de Cobos con los radicales que hacen fuerza para su vuelta al partido: la resistencia a Carrió.

"Lo nuestro no es el show de la denuncia, no queremos hacer un frente en contra de nadie sino crear una alternativa con propuestas que superen la coyuntura", dicen muy cerca de Cobos, con lenguaje ceremonioso e institucional.

"Morales tiene buenas intenciones, pero lo que está haciendo es transformar al radicalismo en el aparato de fiscalizarle la elección presidencial a Carrió", disparan, más ácidos, los alfonsinistas duros.

La UCR ya hizo la experiencia de poner su aparato al servicio de un candidato ajeno: fue el año pasado, con Roberto Lavagna. No les salió del todo mal el ensayo, pero ahora sienten que tienen una figura propia en Cobos, que no reniega de la estructura radical aunque no comulgue demasiado con ella. Y al que están dispuestos a perdonarle el salto al kirchnerismo, como si fuese apenas una pesadilla lejana. Aunque en su momento hayan sumado sus voces a la condena que se aplicó a los radicales K. Ellos dicen que esto no es oportunismo, sino una lectura descarnada de la nueva realidad.

En el medio de este berenjenal de intereses, conveniencias, desmemorias y hasta alguna convicción extraviada, está la figura de Raúl Alfonsín.

En el ida y vuelta de sus cartas a propósito del acuerdo de Morales con Carrió, primero de censura y después de moderado acompañamiento, y más allá de las picardías poco sutiles de la interna, quedó claro que el viejo líder no quiere un acuerdo puramente electoral, sino programático. En esa línea, con cuidados lógicos hacia una criatura que está naciendo, ha dejado ver que el apuro por anunciar un entendimiento con Carrió para 2009 no es el rumbo que él prefiere para la UCR. Porque cambia lo que para Alfonsín es el orden natural de la construcción política. Porque parece hecho a la medida de las necesidades de Carrió, que precisa un exitoso 2009 para aspirar con firmeza al 2011. Y porque deja sin juego a los sectores dominantes del socialismo, encabezados por el gobernador Hermes Binner, poco afectos a reeditar la alianza con la jefa de la Coalición Cívica.

"No hay que desesperarse por el 2009", dicen hoy los amigos de Cobos. Es toda una definición acerca de sus tiempos. Y otra señal de que seguirá siendo vicepresidente de Cristina todo el tiempo que sea posible. Esa dualidad, que lo obliga a un equilibrio de explicación difícil y seguro desgaste, es lo que la conducción radical, Carrió y hasta los socialistas le objetan para sumarlo al espacio que, casi inesperadamente, sueña con disputar el poder.

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