Armar un gabinete exige sentido común

Por: Henry Kissinger

EX SECRETARIO DE ESTADO DE LOS EE.UU.

Obama nombró a grandes figuras para la seguridad y la política exterior, pero es improbable que conformen un equipo.

El presidente electo de Estados Unidos, Barack Obama, ha designado a un equipo extraordinario para la política de seguridad nacional. Pero, a primera vista, viola ciertas máximas del sentido común: la primera, que nombrar en el gabinete a individuos con electorados autónomos y que, por ende, resultan difíciles de despedir, circunscribe el control presidencial; la segunda, que designar como asesor en seguridad, secretario de Estado y secretario de defensa a individuos con visiones establecidas en materia política puede absorber las energías del presidente en zanjar disputas entre asesores con voluntades fuertes.

Tanto el presidente electo como la secretaria de Estado designada, la senadora Hillary Clinton, llegaron seguramente a la conclusión de que el país y el compromiso con la función pública requieren su cooperación. Quienes toman la expresión "equipo de rivales" literalmente no entienden la esencia de la relación entre el presidente y el secretario de Estado. No conozco ninguna excepción al principio de que los secretarios de Estado son influyentes si y sólo si son vistos como prolongaciones del presidente. Cualquier otra línea de acción debilita al presidente y margina al secretario de Estado.

El aparato de filtración de información e insinuaciones de Washington tratará implacablemente de ahondar cualquier división apenas se haga visible. Los gobiernos extranjeros aprovecharán la fisura para llevar adelante diplomacias alternativas a la Casa Blanca-Departamento de Estado. Una política exterior efectiva requiere que el presidente y su secretario de Estado compartan una visión común del orden internacional, de la estrategia global y de las medidas tácticas.

Los inevitables desacuerdos deben arreglarse en privado; de hecho, la capacidad del secretario para advertir o cuestionar es directamente proporcional a la discreción con la cual se exprese.Como ha señalado el presidente electo, ninguno de los protagonistas involucrados podría estar emprendiendo su nueva relación si no hubiera llegado a conclusiones similares.

En su actividad cotidiana, el Departamento de Estado es una gran terminal de cables que responde a miles de informes entrantes desde puestos en todo el mundo. En la gran mayoría de los casos, éstos se refieren a lo inmediato; no existe un filtro institucional para lo que es de largo alcance. Procesados a través de los distintos secretarios adjuntos encargados de la acción formal, sólo un pequeño porcentaje de estos cables llega alguna vez al secretario y un número aún menor a la Casa Blanca. Abandonado a sí mismo, el sistema involucra así una serie de vistos buenos laterales obtenidos mediante el equilibrio recíproco de preocupaciones especiales. Las consideraciones geopolíticas y estratégicas no tienen ningún electorado orgánico.

Si bien existe un Consejo de Planificación de Políticas, sus actividades quedan relegadas a presentaciones secundarias, o, como suele suceder, a discursos escritos. A nadie se le ocurre poner en duda el potencial liderazgo de la secretaria designada para desbaratar esquemas incrustados o su formidable presencia en una negociación. Sus retos más inmediatos son brindar una orientación estratégica y reorganizar el departamento para que su capacidad de implementación sea equiparable a su extraordinaria habilidad para informar.

Inevitablemente, una secretaria fuerte ajustará los procedimientos del Departamento de Estado a su estilo. Pero le convendrá asimismo tomar en cuenta las experiencias de la diplomacia, que enfatizan la acumulación de matices y la necesidad de generar confianza entre los jugadores que deberá encontrar una y otra vez.

El rol del secretario es sumamente importante porque, a nivel organizativo, el Departamento de Estado está más enfocado en el secretario que en la Casa Blanca. La cooperación Casa Blanca-Departamento de Estado es la mejor garantía de la definición y ejecución claras de una política exterior de largo alcance.

El custodio del proceso es el asesor en seguridad nacional, institucionalmente indispensable pese a ser tratado con reservas por los departamentos tradicionales. La visión común de que el asesor en seguridad no debe interferir entre el presidente y los integrantes de su gabinete es válida en lo que se refiere al acceso personal al presidente.

Nunca se había nombrado como asesor en seguridad nacional a alguien como el general James Jones -con su experiencia como ex jefe del Marine Corps y Comandante de la OTAN. Idealmente, la tarea del asesor en seguridad es ver que ninguna política fracase por razones que podrían haber sido previstas pero no lo fueron o que se pierda una oportunidad por falta de previsión.

El asesor en seguridad inevitablemente tiene la ventaja de la proximidad. Su despacho está, sobre el mismo pasillo, a 15 metros del despacho del presidente. El secretario de Estado está a 10 minutos. Esa diferencia aparentemente menor bastaría para asegurar al asesor en seguridad un acceso especial. Por lo tanto, institucionalmente, el asesor en seguridad trabaja casi exclusivamente en problemas que preocupan al presidente. El secretario de Estado tiene muchos clientes en el mundo entero que requieren atención, a veces no de gran interés presidencial. La continuación en el cargo de Robert Gates como secretario de defensa constituye un importante elemento de equilibrio en ese proceso. Único entre los jugadores clave, se encuentra al final, no al comienzo, de su función política. Habiendo aceptado quedarse en un rol de transición, no puede interesarse en los inevitables movimientos de maniobra que acompañan a todas las nuevas administraciones. Es un garante de la continuidad pero al mismo tiempo, el guía de la necesaria innovación.

De todas maneras, aun con estas salvedades, el nuevo equipo de seguridad nacional alienta la esperanza en que Estados Unidos está intentando dejar atrás sus divisiones por sus oportunidades.

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