Armados

No hay más que desolación. En los últimos días hubo dos episodios similares, que mostraron menores armados, alumnos de escuelas tradicionales de la ciudad. Los peligros crecen día a día, y los otros padres temen por sus hijos escolarizados. ¿Son las consecuencias de tres generaciones sin trabajo?
"Esto es casi una locura" dijo en la entrevista que concedió a la 99.9 Osvaldo Abbadie, director de la Escuela de Educación Técnica nº 3, el mítico Industrial de Gascón y 14 de Julio. Su afirmación viene a cuento de este intento desesperado de comprender las razones por las cuales los hechos de violencia crecen entre los adolescentes, como si sirviera de algo saber por qué pelean.

"Se trata de cuestiones ridículas, como escuchar distintos tipos de música", afirma, señalando que no hay excusas de importancia entre las razones que alimentan las rencillas en la que dos grupos de alumnos se enfrentan. Recuerda con candidez que en su juventud los chicos, después de un domingo agitado de actividad deportiva, se involucraban en alguna gresca por defender los colores de la institución. Pero alguien no se está escuchando. No es posible establecer un parámetro de análisis lógico comparando amenazas de armas de fuego con las rencillas entre chicos de diferentes colegios, que forman parte de las tradiciones escolares menos deseadas: distintas generaciones alguna vez se han enfrentado a sopapos por cuestiones de amores o de equipos de fútbol. Hoy se habla de armas. No es lo mismo.

No sirve tratar de entender por qué un grupo se enfrenta con otro: estas peleas apuntan a la muerte, no a delinear territorios juveniles ni a ajustar fuerzas entre tribus urbanas. Enfrentamientos a muerte con armas de fuego. Éste es otro idioma.

Los hechos fueron significativos. Sucedió uno de ellos en las vías del ferrocarril, cuando ciertamente un grupo se enfrentaba con otro por las razones que fuera. Unos vieron que había un adolescente de 14 años armado y llamaron al 911. El menor se fugó por los rieles entre las calles Rawson y Castelli. En su huida arrojó el arma. Cuando llegó la policía, su novia de la misma edad -también alumna de la escuela- se enfrentó con las fuerzas de seguridad para evitar que aprehendieran a su novio armado: se encontró una pistola 22 con 9 proyectiles intactos en su interior.

Mientras tanto, el director dice que se trata de cuestiones exógenas a la escuela, es decir que la raíz del problema está afuera. Y es obvio: la cuestión más exógena que enfrenta es el arma, un elemento criminal que ingresó seguramente al establecimiento desde afuera.

Dos días antes, el mismo estupor había llegado a las paredes de otra escuela tradicional: la de Mitre y Alberti, el ex Colegio Nacional. Allí funciona ahora la EGB nº 54, donde los mismos compañeros denunciaron a un menor de 14 años que había acudido a la escuela armado con una pistola 9 milímetros. Según indican, no era la primera vez. Sus padres colaboraron con las autoridades en la tarea; aseguraron no ser los dueños del arma y desconocer su origen. El chico dijo que la necesitaba para defenderse de una agresión. ¿Qué códigos de agresión sufre un chico de 14 que necesita un arma de fuego para defenderse solo? ¿Qué sucede con los códigos mafiosos si alguien denuncia que está siendo extorsionado o agredido?

Escuelas

El director Abbadie afirma que la escuela del Estado no filtra los problemas sociales, porque ingresa todo el mundo. Aquí los problemas se ven en bloque, ya que se trata de 2.400 alumnos que minutos antes formaban parte de toda la ciudad: "los problemas se compactan cuando toca el timbre". Es decir, se ven todos juntos. Tampoco es excusa, porque no hay problemas, hay armas.

Las armas estuvieron presentes cuando sucedió la enorme locura de la Feria Comunitaria el mes pasado, cuando un menor de 16 años ingresó para ajustar una cuenta pendiente con otro, y disparó a mansalva hiriéndolo mortalmente. Las balas afectaron también a una bebé de 21 meses, que aún está en estado desesperante por la pérdida de masa encefálica. Un adolescente de 16 años fue apuñalado por otro de 15 a la salida de una escuela en la localidad bonaerense de Benavidez. La víctima había intervenido para separar una pelea de quienes se habían trenzado a golpes, cuando otro menor de 14 años alcanzó una cuchilla de 20 centímetros para darle más entusiasmo a la gresca. Quien intentaba tranquilizar los ánimos, terminó muerto.

El pasado 31 de agosto, el diario El Altlántico de esta ciudad publicó un informe que encaraba la problemática de los menores armados de forma valiente y madura. Según indican sus documentos, los menores en conflicto con la ley penal rondan entre los 600 y 700. De ellos, los que tienen tendencia a cometer delitos graves, como homicidios o robos calificados, no superarían los 100. Suficientes: "Mas de 34.000 chicos viven en Mar del Plata en la pobreza, o con severas dificultades sociales, pero menos del 2% están inmersos en el sistema penal". Según su evaluación, la tendencia es a empeorar.

El director de la Niñez y la Adolescencia de la comuna, Adrián Lofiego, indica a ese medio: "En los últimos 6 ó 7 años, la situación ha empeorado de forma aceleradísima en Mar del Plata", y se sugiere que es consecuencia de los altísimos índices de desocupación que afectaron a esta comunidad en los noventa: estos chicos nacieron entonces, se criaron desnutridos, en familias disfuncionales, y afectados por la miseria.

Pero simultáneamente, no podemos decir que el delito sea respuesta a esa pobreza, a juzgar por los índices estadísticos. La mayoría de los consultados por aquel medio afirmó que el conflicto social en la ciudad es mucho más grave que el penal. Pero una muerte, una sola, es el ciento por ciento del problema. Los números no ayudan a paliar la tristeza.

Génesis

La mayoría de los chicos involucrados en problemas con la ley tiene adicción a sustancias. "La droga está naturalizada", aportó Lofiego. Y la venta de un celular robado genera los $30 necesarios para una pequeña dosis de cocaína.

La mayoría de los hechos de violencia que involucran a menores muestra una violencia inusitada y un total desprecio por la vida humana, según afirmó ante aquel medio el jefe de la policía departamental, Osvaldo Castelli. La síntesis general muestra que hay una falta del sólido referente familiar que oriente y asista a estos chicos en su proceso de crecimiento. Si se les ofrece trabajo lo realizan con energía, pero si se los invita a participar de un hecho delictivo, también lo hacen.

La cuestión es que, si bien hoy el menor que comete un delito grave queda detenido, no existen políticas troncales y organizadas que impidan llegar a esa instancia. El Estado no está preparado para aplicar castigos a los que cometen hurtos u otros delitos menores. No hay procesos serios de seguimiento ni de contención.

De todas maneras, hoy el conflicto involucra como nunca al gremio docente: cientos de profesores preparados para enseñar disciplinas específicas se encuentran de pronto ejerciendo en algunas zonas de la ciudad una especie de servicio penitenciario juvenil de hecho, ya que es más lo que hacen para evitar sucesos violentos que los involucren a ellos mismos o a los alumnos, que para acercar a los alumnos conocimientos que parecen a estas alturas elementos propios de la ciencia ficción.

No hay espacio para el saber en un aula con armas. Y nadie ha preparado a los docentes para evitar la presencia de un arma allí, ni para hacer de mediadores cuando un alumno apunta con un cuchillo al cuello de otro en plena clase. Esa tarea no se asume con un simple curso de mediación escolar que se dirige a separar niños que discuten por payanas o bolitas.

Están armados. Están en instituciones de la ciudad y algunos tienen 14, 15 ó, cuanto mucho, 16 años. Son hijos de la indignación social, de la desocupación congénita, y viven en medios donde los conflictos sólo se resuelven a los tiros para ganar espacio. En medio de ellos, los funcionarios planean cómo hacer para que salgan con vida de allí todos los posibles. Los profesores solamente rezan.

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