El armado K de cara a 2011

El kirchnerismo enfrenta un gran desafío a su capacidad de inventiva e imaginación, que consiste en el diseño de una construcción política y la afirmación de su identidad con vistas al proyecto de construir mayorías hacia la renovación del 2011.

Por Ricardo Rouvier, analista político

El oficialismo lucha por convertirse en una tendencia profunda de la política nacional o; en su defecto, será sólo un acontecimiento coyuntural que repite ciclos como fue el menemismo.

El acceso de Kirchner en el 2003 surgió de una coyuntura cuasi azarosa que expresó la necesidad de continuidad y superación del gobierno de emergencia de Eduardo Duhalde, que a su vez, intentaba remontar la crisis del 2001 y la agonía del ciclo de los ´90. Sus ejes constitutivos tuvieron que ver con la restauración de la gobernabilidad, los derechos humanos, una política focalizada en la producción, el mercado interno y el empleo; y con la aspiración proclamada de disminuir significativamente la desigualdad. Esta fue, hasta el momento, una aspiración incumplida.

El proceso de acumulación política fue estimulado en paralelo con el crecimiento de la economía, el mejoramiento del comercio exterior, una reactivación de la demanda interna y la reversión de la crisis social. La metodología fue navegar con dos puntos de apoyo; uno, el puente que Kirchner propuso desde el peronismo hacia la centro izquierda; y otro, el no olvidar que fue uno de los tres candidatos del justicialismo.

El carácter pendular de ir desde la transversalidad, ideológicamente más amigable pero con pocos votos, hacia un origen peronista, mostró animadores y detractores, pero selló su derrotero. De aquí en más, el kirchnerismo debería transitar sobre estos dos soportes.

A mediados del 2007 el crecimiento económico y el acrecentamiento de poder alcanzaron su punto de inflexión. A partir de allí, la mesetización económica y social, coincidió con el inicio de un desplazamiento de los sectores medios, que, una vez recuperados en su status social, empezaron a mirar al gobierno de Néstor Kirchner con ojos críticos en lo procedimental.

En octubre del 2007 la derrota de Cristina Fernández de Kirchner en las principales ciudades del país, cuando en el resto ganaba por amplia diferencia, fue un mensaje que los estratos medios enviaron y que no fue atendido.

Hoy, después del 28, el kirchnerismo hace sus cuentas para saber qué posee para continuar y seguir siendo un actor principal del tablero político, o de lo contrario, languidecer dando razón a aquellos que creen que el kirchnerismo es un fenómeno coyuntural, que no es un movimiento peronista sino que ha usado al peronismo.

Ahora, y retrasadamente, los diversos sectores que confluyen en el kirchnerismo, se plantean la construcción orgánica, como una recuperación de lo que Néstor Kirchner como jefe debería haber emprendido en épocas de bonanza política.

Mientras tanto, el Gobierno de Cristina hace su gestión y recupera lo que nunca debería haber perdido, el centro del poder institucional. En un país dónde los partidos están prácticamente disueltos, el Gobierno es la única institución política que expresa al oficialismo, al que hay que sumar el inestimable apoyo de la CGT de Moyano. Si el centro de decisión está fuera del gobierno, no hay más a la vista que puro desierto.

La reforma política y el llamado al Consejo Económico y Social, parecen pasos dados a recuperar a los sectores medios y a ganar tiempo, aunque, por ahora, son medidas insuficientes para reconquistar confianza. Tampoco está claro si el Gobierno hace esto como gesto táctico, o hay un giro estratégico, un cambio de la modalidad política del kirchnerismo, dispuesto a librar la batalla democrática en internas abiertas dentro del P.J.

Esta tarea es de una gran complejidad, se trata de iniciar una etapa arquitectónica, con un P.J. que es hoy una federación de partidos provinciales, aunque mantiene un poder territorial de tal envergadura que se convierte en un garante de institucionalidad y

Es indudable que ocupar el Gobierno genera una ventaja para la estructuración de organizaciones políticas, pero entramos en una coyuntura de mayor presión financiera, de puja distributiva y de realineamientos de sectores sociales y políticos, principalmente de la oposición, dejando poco espacio para que el oficialismo pueda rearmar alianzas. Por el contrario, el kirchnerismo hace el esfuerzo de no perder más piezas de las que le descontaron las urnas.

Además, están los movimientos sociales y los grupos transversales. Los movimientos de base que se autodefinen como peronistas se declaran herederos de la tendencia revolucionaria de los 70 y, por lo tanto, desconfiada de la mayoría de los dirigentes sindicales y del armado pejotista. Estas afinidades del oficialismo han llevado a que el duhaldismo, el menemismo y otros sectores tradicionales del justicialismo, lo califiquen casi como una aberración del peronismo histórico.

Si Kirchner se quedara afuera del P.J.; su futuro político se vería comprometido, ya que con la otra pata no es suficiente, aunque por el momento no parece que vaya a ocurrir tal cosa. También, y desde una hipótesis más extrema, podría darse la situación al revés; Kirchner podría romper y quedarse con una porción del P.J. Pero eso también sería anticiparse a los tiempos por venir, porque todavía nadie sabe con cuántos soldados cuenta.

Se supone, entonces, que el proyecto kirchnerista será jugar en las posibles internas abiertas del P.J. (el modo preferido serían las primarias norteamericanas) que permitirá a muchos transversales votar y, además, contar con una porción del peronismo. Si de este modo no llegara a ser candidato, ser árbitro o elector del candidato.

Fuente: ricardorouvier.com

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