Argentinos llenos de fe en Maradona, Grassi, Kirchner y en la oposición, también.

Por: Marcelo A. Moreno.

El arcano número uno del Tarot -juego de cartas de carácter esotérico que se utiliza para prácticas presuntamente adivinatorias- se llama "El Mago".

En su versión de Marsella, muestra a un joven ataviado con ropas del Renacimiento, con un sombrero que simula el símbolo del infinito. La figura tiene una varita (el basto) en la mano y está frente a una mesa de tres patas--la cuarta, se conjetura, pertenece al universo que no percibimos-. Sobre ella están dispuestos unas copas, un cuchillo (las espadas) y unas monedas (el oro).

La tradición indica que con esos elementos -que son los que en una época se creía, componían el cosmos- este muchacho intrépido y lúcido terminará construyendo el arcano número XXI del Tarot, el Mundo, que es el último. Sin duda, El Mago tiene la potencia y el conocimiento semejantes al de un dios para componer tamaña proeza.

Para creer que este proceso sea posible, como para creer que en las cartas esté dibujado nuestro destino, sólo es necesaria la fe. Y para ese desmesurado fin, la razón, la sensatez y el más común de los sentidos resultan molestos estorbos a la vez que impedimentos severos.

Por estos días nuestra sociedad parece atravesada por la fe. Por ejemplo, la del juez Luis Andueza, presidente del tribunal que condenó a 15 años de prisión al cura Grassi, al dar por probado que abusó y corrompió a un chico de 13 años bajo su custodia y, sin embargo, lo dejó en libertad y hasta con permiso para visitar la Fundación en la que delinquió.

El magistrado seguramente no ignora que los pedófilos, como los violadores, suelen ser invariablemente reincidentes. Pero, igual, le tiene fe: "Todavía no sabemos si Grassi es reincidente", declaró. Para agregar que el cura: "venía cumpliendo con las reglas y no tenemos motivo para cambiarlas".

No hay duda que el sacerdote católico tenía plena conciencia que quebrantaba numerosas reglas y elementales principios cuando se aprovechó del niño. Pero el juez le dispensa confianza. Y va probar, a ver qué pasa. Al fin y al cabo, en una de ésas...

Pero, claro, ¿hay cosas más importantes que el fútbol en la Argentina? ¿Y más cruciales que la Selección, hoy en manos de quien muchos imaginan como a un dios? Diego Maradona tiene un currículum mínimo y fracasado como DT: codirigió dos equipos, hace muchos años, a los que les fue de mal a horrible. No obstante, solitarias fueron las voces que se alzaron cuando se lo designó para dirigir al equipo mayor.

La primera medida que tomó fue la de maltratar, a través de los medios, al jugador que pivoteaba las formaciones que dirigieron, con distinta fortuna, Pekerman y Basile: Riquelme debió renunciar. Las otras fueron reunir a casi los mismos jugadores de antes e incentivarlos con banderas argentinas en el vestuario y carteles que les recordaban la importancia de vestir los colores patrios.

Hoy hay cierto consenso en que esta versión de la Selección no juega a nada. Pero, además, por los magros resultados -entre ellos una humillante goleada ante Bolivia-, ya está en peligro una clasificación al Mundial de Sudáfrica, que aquí se daba por descontada.

Pero Maradona se tiene fe. "Estamos para clasificar viendo lo que vimos acá", se alegró luego la derrota 2-0 ante Ecuador. También está contento porque dice que los jugadores se juramentaron para vencer a Brasil. Brasil va primero en la tabla y viene de ganar. Argentina está cuarta y viene de perder.

Una fe parecida mostraron los hinchas ante la designación del DT. "¿Quién va a saber más de fútbol que Diego?", fue uno de los argumentos más atendidos. Picasso, ¿qué duda cabe?, fue un genio de la pintura. No por eso, el más indicado para enseñar o elaborar una historia del arte.

Ni Menotti, ni Bilardo fueron grandes jugadores de fútbol, pero brillaron como técnicos. Hoy lo hace Bielsa -por segunda vez, DT exitoso de una selección- que jugó escasos partidos en primera y sin embargo está a punto de colocar al sorpresivo Chile en Sudáfrica. De lo contrario, Alonso y Bochini deberían haber sido grandes entrenadores. Y ni hablar de Pelé. Da la impresión de que eso viene a ser la excepción, como fue el caso de Cruyf.

Y también la próxima elección se parece -según la definen la mayoría de los candidatos- a una cuestión de fe.

Una simple votación para renovar parte de los legisladores ha sido transformada por el oficialismo en casi un plesbicito. O se vota por el "modelo" -cualquier cosa que signifique esa entelequia- o se está contra él. Si es así, nos espera un paraíso K. en el que redistribución de la riqueza no ceda en la eliminación de la miseria y cundan las estatizaciones, todo amparado bajo los soñados números del INDEC.

Del otro lado, se trata de derrotar al proyecto de poder K. Si eso ocurriera amanecerá una sociedad educada, civilizada, equilibrada, en la cual prevalezcan los buenos modales y se acentúen los consensos.

El paisaje de crisis que colorean los números reales de la economía -con salida de capitales, desocupación creciente, caída de las exportaciones, la actividad industrial y agropecuaria- muestra tonos más grises. Los de esa cosa tan tangible -y a menudo irreparable- llamada realidad.

Pero, se sabe, la fe obra milagros. Sobre todo si se opta por creer en la magia.

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