Los argentinos con llegada a Obama

Por Carlos Pagni

Un viejo axioma de las relaciones públicas promete que con sólo cinco intermediarios es posible contactar a cualquier otro habitante del planeta. Hay un grupo de argentinos, no muy numeroso, para el que esa superstición se cumple con Barack Obama. Algunos hasta podrían necesitar de menos pasos para alcanzar el objetivo.

En Buenos Aires trabajan tres abogados que compartieron con el nuevo presidente de los Estados Unidos las aulas de Harvard entre 1989 y 1991. Son Agustín Sbar, Sebastián Soler y César Zaurdo. La politóloga Ana Iparraguirre, en cambio, conoció a Obama hace poco, como integrante de la consultora de Mark Feierstein, que fue uno de los principales soportes técnicos de la campaña demócrata. Hay también un cineasta de Mendoza radicado en España, Alejandro Spinello, que trabajó entre los cientos de colaboradores que difundieron la imagen del candidato en Europa.

Con el cambio del poder suelen cambiar los amigos: renacen antiguos lobbistas con acceso a los Clinton y por un minuto levantan su cotización los políticos que conservan el número de un amigo que es amigo de un amigo del astro del día.

No es el caso de Sbar, quien recuerda las muchas horas que pasó con Obama, sobre todo asistiendo a los seminarios filosóficos de Martha Minow. "Eramos unos quince. Cada vez que hablaba Barack, con la elocuencia que hoy lo vuelve tan llamativo, decía algo importante. Los dos estuvimos muy unidos al profesor Mangabeira", contaba ayer. Roberto Mangabeira Unger fue el maestro de Obama. Es un original pensador de izquierda, no marxista, que colabora con otra estrella, Lula da Silva, como ministro de Asuntos Estratégicos.

El éxito suele mejorar la imagen de las personas. Pero no parece que sea por eso que sus compañeros de curso recuerdan hoy a Obama con tanta admiración. El nuevo presidente se destacó cuando lo eligieron director de la prestigiosa Harvard Law Review. El claustro de la Law School no contaba casi con mujeres, mucho menos negras. Existía un intenso debate en torno a esa falta y los argentinos que estudiaban allá recuerdan que Obama "tenía una gran inteligencia para reclamar los cambios no como consecuencia de una ruptura sino de una evolución". En eso sigue siendo el mismo.

El mendocino Spinello llegó al entorno de Obama por sus trabajos para la fundación de Al Gore, a cuyo apostolado ecológico sirvió como director de TV. Hoy aparece con gente también apegada a la tierra, pero en otro sentido: detrás de Spinello dan codazos varios peronistas mendocinos que quieren ingresar en alguna de las carpas donde, esta noche, festejarán los demócratas. Son el intendente de San Rafael, Omar Félix y, detrás de él, José Luis Manzano, siempre inquieto por llegar antes a donde se huele poder: sea el de Obama o el de Khadafy.

En cambio hay ex funcionarios más discretos con amigos muy bien integrados: Francisco Susmel, ex presidente de la Comisión Nacional de Valores, cultiva desde hace más de una década a Mary Schapiro, la nueva titular de la SEC. Y José Luis Machinea, Alfonso Prat-Gay y Nicolás Dujovne mantuvieron sus vínculos con Timothy Geithner y su equipo. Es el nuevo secretario del Tesoro, a quien Cristina Kirchner propinó en la Reserva Federal de Nueva York una exposición sobre inflación, acompañada por Martín Redrado, en 2007. Dicen que sus argumentos la convirtieron en inolvidable para Geithner.

La Presidenta festejaba ayer que Obama hubiera citado en el Lincoln Center la misma frase de Martin Luther King que ella transcribió en su dichosa carta de felicitaciones. Seguro que ya le ordenó a su fiel secretario Isidro exhumar viejas agendas. Ojalá Saúl Rothsztain no haya cambiado de número. Es uno de los argentinos con mejores contactos en Nueva York, a quien la señora de Kirchner recurrió en 2003 para que la recibiera Hillary Clinton. A Rothsztain le costó poco: llegó a través de Jack Rosen, del Congreso Judío Americano.

Otro que desempolva libretas es Daniel Scioli. Su puente con Washington es el senador John Kerry, ex candidato demócrata en 2006. Scioli no lo conoció ni en las aulas ni en el cine: se lo presentó Howard Glicken, un poderoso empresario de Florida, cultor de la motonáutica. Glicken, que acostumbraba a prestar su avión a Scioli para escapadas a Miami, intentó hacer negocios con varios financistas y constructores argentinos, sobre todo con los Werthein.

Acaso la oposición mantiene canales más adecuados con los demócratas que el alicaído kirchnerismo. Guillermo Yanko y Patricia Bullrich integran el Instituto Nacional Demócrata, vinculado a Madeleine Albright, la ex canciller de Clinton, quien cultiva en Buenos Aires a Emilio Cárdenas.

La retirada de Bush y el ascenso de Obama modificarán algunas cotizaciones. Sin desdeñar los servicios prestados por Susan Segal, del Council of the Americas, es posible que Cristina Kirchner intente recuperar el trato con la argentina Margarita Gutman, reina de la progresía chic de la New School University. Pero habrá que ver si a esta arquitecta le sigue resultando promisoria, como al comienzo, la peripecia populista de los Kirchner, tan amigos de Chávez, tan cercanos a Fidel.

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