El mal argentino

Por Santiago Kovadloff

Hagamos un poco de filosofía. Enseña Anaxágoras, griego remoto y eminente volcado a la cosmología, que el Todo es más que la suma de las partes. Si es cierto que algo de la inteligencia de ese Todo palpita en cada una de ellas, ninguna de esas partes cuenta, sin embargo, con la riqueza incomparable del conjunto, que privilegia siempre la unidad sobre la fragmentación.

Inscribamos esta reflexión venerable en el prosaico medio político argentino. Bueno es recordar su enseñanza en horas como éstas. El país sigue empecinado en escindirse. Divide aguas, con incansable encono, entre quienes todo quieren verlo reducido al segmento del que son voceros y quienes se jactan de representar a la mayoría y no apenas a una fracción del conjunto.

Esta feroz atomización, esta guerra incansable de todos contra todos, encuentra las raíces de su invicta inoperancia en los dilemas más antiguos e irresueltos de nuestra historia. Ni la república ni el federalismo arraigaron en nuestro suelo. La Organización Nacional no terminó de disolver, mediante sus demandas e ideales, el espíritu beligerante y aislacionista que la precedió y que tanto contribuyó a que tuvieran que transcurrir casi cuatro décadas entre la independencia y el año 1854, para que las armas cedieran, en parte, su lugar a las palabras.

No cabe esperar nada de nadie que no se decida a dejar de confundir lo que representa con lo que la Argentina necesita. Una cosa es que su aporte pueda contribuir a lo indispensable. Otra cosa es que se crea que ese aporte pueda equivaler, aisladamente, a lo indispensable.

Si la palabra "sectorial" es legítima, lo es en la búsqueda de consensos que superen su propio valor relativo mediante la integración con otras voces que no son la suya. Tanto el oficialismo como la oposición adolecen de esta propensión crónica al reduccionismo, vieja y nefasta costumbre que viene echando a perder la posibilidad de que pasemos a ser una nación y dejemos de ser el pavoroso conglomerado en el que hoy nos debatimos.

Los requisitos exigidos por el arte del diálogo parecen superar ampliamente los recursos subjetivos de quienes se llenan la boca reivindicándolo. Es evidente que, si no se lo empieza a compaginar desde ya, en el Parlamento venidero no quedará armado el rompecabezas que debe vertebrar la oposición para convertirse en algo más que una jauría de disidentes.

Casi siempre es así: lo que mañana pueda suceder será consecuencia, en alta medida, de las cosas que ocurran hoy. Los detalles son impredecibles pero no, necesariamente, la marcha del proceso.

Néstor Kirchner no ha hecho más que capitalizar a su favor esta proclividad a las divisiones enconadas. Puede decirse con igual acierto que él las alienta tanto como que las ha encontrado constituidas y a su disposición cada vez que necesitó valerse de ellas. Su vigencia mucho debe a la egolatría, ampliamente arraigada en toda nuestra dirigencia. ¿De qué diálogo frustrado con el oficialismo hablan quienes entre sí andan a las dentelladas? Si nos atenemos a las evidencias arrojadas por la conducta de los líderes opositores, poco se ha ganado en clarificación y mucho, en cambio, en incertidumbre. Romper con esta propensión a la intolerancia recíproca es, posiblemente, el desafío más hondo que plantea la necesidad de que el Bicentenario nos encuentre consagrados a la reconstrucción del país. Y está más que visto que no puede esperarse que Néstor Kirchner trabaje por la unidad en la diversidad y la superación de las divisiones.

Lo suyo es la autocracia, una larga y oscura tradición entre nosotros. Néstor Kirchner vive de los réditos que le permite cosechar la desunión de los argentinos. Nadie como él, en los tiempos recientes, ha sabido aprovechar en beneficio propio este mal de los argentinos. La ineptitud política demostrada a lo largo de los últimos cinco lustros para dejar atrás el autoritarismo le han permitido avanzar hasta donde avanzó y seguir creyendo, pese a todos los tropiezos, que puede ir más lejos todavía.

Hagamos ahora un poco de psicopatología. La de Néstor Kirchner es una autocracia perfecta porque se funda en el ejercicio de la perversión. ¿Qué es un perverso? El perverso llega adonde el neurótico no se atreve a llegar. Ante la barrera que le impone la ley, el neurótico se detiene. No así el perverso. Este desconoce la legitimidad de todo intento de acotar su deseo. En él, osadía e impermeabilidad a la ley son sinónimos. El neurótico, en cambio, acata la norma, se subordina al límite. La ley en él puede más que su afán de desmesura.

Lo que al neurótico le impide burlar el mandato de la ley, transgredirlo, es, más allá de la convicción, la angustia. El perverso es insensible a la angustia. La siembra, pero no la padece. El goce que busca lo impulsa a violentarla. Y la violenta. De modo que la relación del perverso con la ley es, en términos psicoanalíticos, renegatoria.

Un ejemplo: si la opinión ciudadana, a través del pronunciamiento electoral, ordena al perverso que ejerce el poder que se detenga e introduzca un giro en sus políticas públicas, éste le dará la espalda a lo que se le exige y refrendará la vigencia de lo que el voto ha impugnado. Su goce no admite ninguna restricción.

Es lo que, una vez más, acaba de evidenciar Néstor Kirchner. Al preservar intacto lo que legítimamente ha sido desacreditado por el voto popular, consuma una auténtica restauración conservadora. Capitalizando en su provecho las desmesuras parlamentarias del pasado, se acantona en la transgresión vigente, acentuándola.

La iniciativa política está de su lado porque de su lado está la posibilidad de desoír la ley como un límite inviolable. Ese muro de contención a la perversión y al desenfreno que la mayoría de la sociedad se impacienta por ver erigido demanda a los líderes opositores que abandonen el culto narcisista del espíritu de secesión. Es ese culto intocado el que debilita su fuerza representativa y los estanca en el incumplimiento de lo que se les exige hacer. Si ellos no logran superar su actual segmentación será porque no han sido capaces de anteponer, a cualquier otro deseo, lo que la voluntad popular les reclama.

También aquí, en tal caso, estaría operando la perversión. Y si el proyecto que los opositores deberían constituir no termina de configurarse será porque la vieja política, en ellos, es un ideal tan poderoso como en Néstor Kirchner.

Por el momento, entonces, hay que decir que si Néstor Kirchner no registra el mensaje de las urnas, los vencedores del 28 de junio tampoco parecerían entenderlo.

Aquél, porque no acepta haber sido derrotado. Estos, porque no ofrecen pruebas cabales de haber comprendido para qué se les dio el triunfo parcial al que cada uno se hizo acreedor.

Es lenta la marcha por el camino constitucional. Pero es la única indispensable en la búsqueda de las soluciones necesarias para reconvertir el país en nación. Es razonable que la impaciencia social se manifieste como demanda de más y más apego a la ley. Pero ella misma debe ser siempre expresión inconfundible de ese apego.

Sólo dentro de la ley es posible sanear nuestra cultura cívica. Fuera de ella no hay posibilidad alguna de que el pasado se convierta en Historia. Néstor Kirchner ya ejerce su intendencia política de espaldas a la voluntad de la mayoría. Se ha dicho y se ha repetido con acierto que el otro no existe para él más que como apéndice de su voluntad. Los opositores no han dado pruebas todavía de que han sido capaces de apartarse de una buena vez de esa misma fascinación por el monólogo. La sociedad, en cambio, tiene claro lo que el país necesita. Entre el pasado y el futuro, ha optado por el porvenir.

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