Argentina tuvo más dudas que juego y pasó a Perú con el corazón en la boca

Convirtió Higuaín, igualó Rengifo y Palermo marcó en tiempo de descuento. Romero fue la figura.
Se pareció a un tango triste. Primero hay que saber sufrir, después ganar, y recién después lucir. La noche del sábado tuvo su letra y su música. Y fue tanto el desconcierto de la Selección, fue tan grande el desencanto por la pálida imagen ofrecida ante Perú, el peor equipo de estas Eliminatorias, que el desahogo -lógico, inmenso- no alcanzó a tapar la sensación de vacío futbolero que dejó el equipo de Maradona.

Aquel comienzo eléctrico, a toda velocidad, con la sana intención de jugar por abajo pero con el pecado de hacerlo con toda la prisa y sin nada de pausa, no le sirvió a Argentina para pasar a ganar el partido. Perú, programado para defender, se plantó con dos líneas de cuatro, un hombre suelto (Ramírez) y un punta. Claro que de los cuatro del medio, Torres y Ballón siempre estuvieron metidos bien atrás para rellenar la resistencia, con Solano abierto a la derecha y con Vargas sobre la izquierda.

Argentina empezó a merodear los dominios de Butrón desde el primer minuto. Cuando sobre los 21 minutos el arquero visitante tapó con los pies un disparo de Higuaín (tras un centro de Di María) el campo ya estaba inclinado hacia el arco peruano. Pero no había caso. Aimar buscaba a Messi, Messi enganchaba de derecha al medio y buscaba a Aimar. Y a Higuaín. Pero a los 27 bajó, lapidario, ese grito de bronca y preocupación: "Pa-ler-mo, Pa-ler-mo". Aimar cruzó la pelota toda el área chica y nadie llegó para empujarla; Messi sacó otro remate que se perdió al lado del poste derecho. Los jugadores argentinos buscaban pero no encontraban. A medida que se consumía el primer tiempo quedaban más atrapados en su propia desorientación. Y encima, se resbalaban. Una hora y media antes del partido se empezó a regar el campo de juego y Argentina, se vio, andaba con el calzado equivocado.

La idea general de llegar en bloque con pelota al pie, con toque y con circulación, sin pelotazos, con criterio, era saludable. Pero claro, se trataba de un partido de necesidad y urgencia. Se trataba, al fin de cuentas, de una noche límite. Y como el gol no asomaba y los minutos pasaban, entonces los nervios fueron nublándole la vista a la Selección.

Y esta es una cuestión es central. Si el equipo no se serena es muy difícil que pueda hacer pie. Tuvo la gran oportunidad de hacerlo en el inicio del segundo tiempo cuando Gonzalo Higuaín estampó el 1-0. Ese fue el momento -ya con Palermo en la cancha en reemplazo de Enzo Pérez, que no había influido en el mediocampo- para emerger con autoridad ante un adversario que se sabe menor. Pero no. Argentina hizo todo al revés.

Entonces Perú, de la tibieza inicial pasó a ver qué sucedía en el campo local. Sin grandes argumentos, se entiende. Apenas con la búsqueda de larga distancia de Juan Manuel Vargas, el volante de la Fiorentina. Y con el ánimo en paz por no tener nada en juego. A los 14 minutos del segundo tiempo se largó el diluvio. Dos minutos antes el árbitro Ortubé no sancionó penal por la mano de Emiliano Insúa. Enseguida Sergio Romero le sacó el gol de la garganta por segunda vez a Vargas. Perú llegó poco, pero cuando lo hizo metió miedo. Y ahí estuvo Romero, al cabo la figura de la cancha.

Rengifo, que había entrado por Fano, le puso su nombre al empate cuando el partido ya se terminaba. Fue un golpe grande, demasiado grande, más grande que el desconcierto que transmitía hasta ese momento el seleccionado de Maradona.

Hacía rato que había ingresado Demichelis por Higuaín. Hacía rato que Argentina había perdido definitivamente la pelota. Transitaba sin ideas por la noche del Monumental ante un endeble Perú que se agrandó por méritos de su anfitrión. Ni más ni menos. Los resultados de los otros partidos llegaban junto con los relámpagos que cubrían este empate triste. ¿Y el Mundial? ¿Qué pasaba con el Mundial? ¿Tan lejos se había corrido del mapa Sudáfrica? La búsqueda desembocó en el gol postrero de Martín Palermo (en posición adelantada) y en el desahogo de 50 mil almas en pena. Lo que no pudo hacer el triunfo fue tapar el vacío futbolero que acababa de entregar el equipo nacional. Ahora se viene Uruguay. Puede ser pasaje directo, repechaje o nada. Sí, puede ser cualquier cosa.

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