La Argentina, un país sin crédito

La inflación, la crisis financiera global, pero sobre todo la desconfianza que se desató a partir del conflicto con el campo y la estatización de las AFJP llevaron a una virtual desaparición de los préstamos, una tendencia que el Estado dice querer revertir elevando la participación de la banca oficial
Imagine un velero que navega bajo un cielo soleado, impulsado por un generoso viento de cola que infla sus velas. Ahora imagine que un puñado de nubes comienza a oscurecer el horizonte, y traen el pánico de un mar azotado por una tormenta inédita. Un viento engañoso empieza a sacudir las velas. Surge una alternativa natural para capear el temporal: estimular el motor. Pero hay un problema: el motor está desafinado y pierde aceite.

El velero es la economía argentina; el motor es el sistema financiero, y el aceite, su liquidez.

La pérdida puede haberse morigerado tibiamente en los últimos días, pero igual bastó para que se disparen las tasas de interés y el Banco Central se viera forzado a ampliar el fondeo a los bancos. El financiamiento, limitado primero por la inflación, comenzó virtualmente a esfumarse de la mano de la crisis financiera y el resurgimiento de la desconfianza, el gran karma del sistema financiero local. El Estado espera revertir esa tendencia con un nuevo modelo crediticio.

No es sólo un mal argentino, se agudizó en la Argentina por cuestiones domésticas. La ruptura o la restricción del crédito (credit crunch) es un fenómeno global que despuntó a mediados del año anterior como consecuencia de la crisis hipotecaria en Estados Unidos. Transformó a lo que primero se pensaba que era una crisis del mercado hipotecario y después se supo que era una crisis financiera en una crisis económica.

La tormenta global congeló el acceso al financiamiento externo. La Argentina acarreaba ya una inflación en alza y un creciente temor por el futuro de la economía generado, entre otros factores, por la manipulación de las cifras oficiales de inflación del Indec. Se sumó el conflicto con el campo. Empresas de primera línea suspendieron la emisión de obligaciones negociables en dólares. Se cortaron líneas para prefinanciar exportaciones o importaciones. La sequía alcanzó también al Estado: la última colocación de bonos fuera del país fue a Venezuela, y convalidó una tasa cercana al 15%. Fue la despedida de los mercados internacionales.

"El mercado local más o menos andaba. Se cortaban líneas, pero más o menos los fideicomisos andaban y con lo nuestro funcionaba. Eso se corta con el anuncio de la nacionalización del sistema de pensiones", completa Miguel Kiguel, de Econviews. Las AFJP son el actor principal del mercado de capitales local. Ese papel ya comenzó a asumirlo el Gobierno, que prepara un nuevo esquema de financiamiento para una economía en la cual el Estado controlará la mayor porción de la liquidez local.

El temor recrudeció tras el anuncio de esa estatización y se materializó en dos efectos ya clásicos de las crisis de confianza del país: caída de depósitos y compra de dólares. Ya se vio en medio del conflicto con el campo, pero ahora las condiciones cambiaron. "El escenario externo es más complicado. Y lo único que tienen los bancos para defender su liquidez es subir las tasas. Los depósitos están más tranquilos, pero es una tensa calma porque con cualquier cosa que pase se vuelven a mover", agrega Kiguel.

Para detener el goteo, los bancos comenzaron a ofrecer rendimientos más jugosos a los ahorristas. Hoy, un pequeño ahorrista puede conseguir una tasa de hasta el 25% por un plazo fijo a treinta días. La tasa promedio oscila alrededor del 16% anual.

Los bancos también comenzaron a cobrar más caros sus préstamos, en parte para mantener su equilibrio patrimonial (si pagan más, deben cobrar más) y también como una defensa adicional de su liquidez en momentos en los que arrecia la incertidumbre. Bastan dos datos para comprobarlo: desde mediados del mes pasado, la tasa Badlar, aquella que se paga por los grandes depósitos y una de las referencia del mercado, se duplicó. Pero la tasa que pagan las empresas de primera línea para financiarse subió mucho más al saltar más de veinte puntos hasta el 37,7%, según los datos del Banco Central. Hasta septiembre de 2007, esa brecha era mínima.

El problema es que, cuando las tasas de interés suben, nunca vuelven al nivel anterior una vez que se calman las aguas, salvo que se aquieten demasiado.

El consumo, el único rincón de la economía que llegó a apalancarse al menos un poco en el crédito, evidencia desde hace meses el impacto.

Las compras en "12 cuotas sin interés", uno de los motores del crecimiento de las compras con tarjetas de crédito, comenzaron a limitarse a principios de 2006 con la reaparición de la inflación y desaparecieron de las principales casas de electrodomésticos a mediados de este año. Luego volvieron, aunque sólo para algunas promociones puntuales. Megatone, por ejemplo, ofrece 18 cuotas sin interés, pero sólo para la venta de aires acondicionado a clientes del Banco Ciudad. Justamente, la decisión del gobierno de la ciudad de extender el impuesto a los sellos a las tarjetas de crédito puede implicar un golpe adicional.

Extinción en marcha

"Creo que vamos a ver como muchas de estas líneas probablemente a partir de diciembre ya no estén más", anticipa Gabriel Caamaño, economista del estudio Joaquín Ledesma & Asociados. Evelin Dorsch, del mismo estudio, anticipa que habrá más concentración en el mercado de tarjetas de crédito y menos lanzamientos de los que se esperaban hacía unos meses. Los nuevos productos serán tarjetas de compra, sin pago mínimo, señaló. Ambos coincidieron en que habrá menos crédito, más caro y en plazos más cortos.

El crédito de largo plazo, de todos modos, nunca terminó de despegar luego del crac de la convertibilidad. Por la ausencia de confianza y de una moneda de largo plazo, la cauta recuperación del sistema nunca llegó allí.

Pero ahora, al miedo y a las dificultades de financiarse a largo plazo, se sumaron los problemas para hacerlo a corto plazo. Léase: se cortaron los adelantos de cuenta corriente, se cortó el crédito comercial y se frenó el financiamiento al consumo, que ahora crece al ritmo de la inflación real.

Pero las estadísticas brindan también cierto margen para contener el pesimismo: el freno en el financiamiento es claro si se mira el último mes, pero no tanto si se observa el último año. Fue el argumento que esgrimió Mario Vicens, presidente de la Asociación de Bancos de la Argentina (ABA). "No hay una clara evidencia de un cambio de tendencia. En la medida en que se consolide la tranquilidad de los últimos días, el crédito no va a ser una restricción para que aumente la producción. En el caso del consumo, su evolución depende más de lo que pase con el empleo, las expectativas de los consumidores y los salarios. Es un fenómeno más complejo. No depende sólo de que haya crédito." Ningún ejecutivo de Adeba, la asociación que agrupa a los bancos nacionales, estuvo disponible para responder la consulta de LA NACION.

Hernán del Villar, del estudio Alpha, agregó otro inconveniente: el sector externo, la principal fuente de liquidez de la economía durante los últimos años, proveerá menos fondos, lo que implicará una restricción adicional. "El sector público puede jugar a favor a través del manejo de los fondos previsionales, pero no alcanza a compensar para nada el resto de la situación. El neto implica menos financiamiento", concluyó.

Algunos sectores, como las pymes, han hecho de la frase "vivir con lo nuestro" un culto. Ya sea por las exigencias de los bancos, el costo de endeudarse o los temores de hacerlo, la gran mayoría financió su expansión con fondos propios. Los préstamos con tasas de interés subsidiada, el principal instrumento creado por el gobierno nacional para fomentar el crédito, sólo atrajo al 2% de estas empresas, según datos de la Fundación ObservatorioPyme.

Las pymes si acuden a los bancos o al mercado de capitales para obtener capital de trabajo a través de adelantos en cuenta corriente o descuento de cheques. Ambas alternativas se congelaron. Resultado: se extendieron los problemas en la cadena de pagos.

Un informe del ObservatorioPyme reitera que frente a "un sistema financiero subdesarrollado" la única alternativa de fondeo para las empresas es tener rentabilidades elevadas. El problema es que esa rentabilidad es insuficiente: mientras que en la Argentina la rentabilidad de las pymes sobre las ventas "es el doble que en Europa, el riesgo empresarial, medido como la participación del costo financiero de las empresas sobre sus ventas, es el triple". Y mientras la rentabilidad cae, el costo financiero sube.

Baja participación

La escasa penetración del crédito en la economía siempre fue vista como una de las debilidades de la Argentina, que no cuenta con ese "motor" que ayuda a capear tiempos difíciles, y que si bien tiene el poder de generar recesiones, también posee la capacidad de amortiguarlas.

El crédito bancario representa el 12% del producto bruto interno (PBI). Si los empresarios y los consumidores perdieran el miedo, no se preocuparan por el costo financiero, y los bancos no exigieran absolutamente nada para prestar todos los fondos disponibles por los depósitos privados minoristas a plazo, sería el 15% del producto, aun por debajo de la década de los 90 y de países vecinos, como Chile o Brasil.

Vicente Donato, director del ObservatorioPyme, puso sobre relieve días atrás una visión extendida entre los economistas: el problema central es la desconfianza, que lleva a los argentinos a ahorrar en ladrillos, soja, o a mantener en el exterior algo más de 150.000 millones de dólares (o de aceite, si se quiere).

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