La Argentina está pagando un altísimo costo por haber maltratado a sus acreedores

Por Miguel Kiguel, economista de Econviews

La solución pasa entonces por dar señales de largo plazo y por la adopción de políticas económicas que logren restablecer la confianza que hoy se ha perdido

El mundo está enfrentando la peor crisis financiera internacional desde los años treinta, que llevó a la desaparición de los bancos de inversión como instituciones independientes y a fuertes caídas en los precios de las acciones y de otros activos financieros. El mayor damnificado ha sido el mercado de crédito, donde tanto los préstamos a empresas como los créditos al consumo para comprar autos o electrodomésticos se han vuelto escasos y caros.

Los bonos corporativos tienen hoy sobretasas muy altas que en algunos casos los transforman en alternativas interesantes de inversión, aunque no en cualquier empresa y sólo para los inversores más avezados.

El gran temor es que, como resultado de esta crisis crediticia sin precedentes, se prolongue y se agudice la recesión mundial más allá de lo que la mayor parte de los analistas espera, que es hacia mediados del año que viene.

Los bancos centrales del mundo han entendido que tiempos excepcionales requieren de medidas excepcionales y por ende están haciendo lo imposible para mitigar los efectos crediticios de la crisis. Así han otorgado líneas de liquidez contra hipotecas y otros activos de menor calidad que en otras circunstancias jamás hubieran sido elegibles y le han dado garantías a empresas como GE que, sin el apoyo de la FED, no podrían estar colocando papeles comerciales, que son la base del financiamiento a corto plazo. La asistencia de la FED ya excede los 2 billones de dólares, equivalente a casi el 15% del PBI de EE.UU.

El activismo de los bancos centrales, sumado a las políticas fiscales expansivas que se manifiestan a través de aumentos del gasto público y de los subsidios y de rebajas de impuestos, abren la esperanza de que finalmente esta crisis financiera no termine en una gran depresión. Mucho se ha aprendido desde los años treinta y los gobiernos a lo largo y ancho del mundo hacen esfuerzos por reactivar las economías y evitar los errores del pasado.

La posibilidad de llevar adelante estas políticas keynesianas contracíclicas a través de déficits fiscales sólo la tienen aquellos países con capacidad de endeudarse y de bajar las tasas de interés sin que eso implique una fuga de capitales.

La crisis financiera internacional tiene un impacto particularmente fuerte en la Argentina. Los precios de los bonos se han desplomado y tienen rendimientos absurdamente altos, equivalente sólo a empresas o países que están al borde de la quiebra. El castigo financiero para nuestro país no es casual, sino que, en momentos como el actual en el que cunde el pánico financiero, los inversores se alejan de aquellos países o empresas que se perciben cómo más riesgosos.

La Argentina hoy está pagando un altísimo costo por haber ‘maltratado’ a sus acreedores con la manipulación de los índices de precios, por ignorar a los holdouts y al Club de París durante tantos años y por priorizar políticas de corto plazo de tinte local en lugar de favorecer señales de largo plazo que favorezcan la inversión privada y el financiamiento a largo plazo.

Uno de esos costos es la dificultad de hacer políticas keynesianas ya que, sin acceso a financiamiento, no se puede hacer política fiscal expansiva, mientras que la desconfianza financiera que ha llevado a una salida de depósitos y a una fuerte suba en las tasas de interés hace que la política monetaria la esté haciendo el mercado en lugar del Banco Central.

La solución pasa entonces por dar señales de largo plazo y por la adopción de políticas económicas que logren restablecer la confianza que hoy se ha perdido. Si bien la situación económica es difícil debido a la crisis financiera externa y a la recesión que se vive en el mundo, los fundamentos macroeconómicos todavía hoy dan oxígeno como para poder sobrellevar esta coyuntura sin que entremos a una crisis similar a la del 2001.

Otros países de la región que también están sufriendo la crisis internacional pueden superarla tal vez doblándose pero sin quebrarse. No hay soluciones fáciles a la coyuntura actual, y seguramente todos los caminos implican costos económicos y políticos. Pero algunos caminos tienen más posibilidad de éxito que otros.

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