La Argentina ansiolítica

La Argentina ansiolítica
Las estadísticas revelan que en nuestro país el consumo de psicofármacos es uno de los más altos del mundo. Ansiolíticos, antidepresivos y sedantes son los más buscados. Para los investigadores, las crisis políticas y económicas están en el origen de esta tendencia nacional. Qué dicen las cifras y cómo explican el fenómeno sociólogos, psicoanalistas y psiquiatras
Se han vuelto un lugar común entre la vapuleada clase media argentina. Logros que la ciencia supo conseguir, los ansiolíticos y antidepresivos están presentes en charlas cotidianas de oficina y de café. Cuando el estrés aprieta y algo falla, se los nombra, bromeando: "Hoy no tomé la pastilla".

Lo dice la gente, lo corroboran las estadísticas: a comienzos de 2008, el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) reveló que los remedios de mayor facturación durante el último trimestre de 2007 habían sido los destinados al sistema nervioso central -principalmente ansiolíticos, antidepresivos, hipnóticos y sedantes-, en los que los argentinos gastaron 362 millones de pesos, más del doble que en 2003. Un año después de la gran crisis de 2001, ocurrió lo que en la industria farmacéutica llaman "viaje": el disparo repentino del consumo de ciertos medicamentos durante un período determinado. Hoy, los tranquilizantes que más se venden son el Rivotril y el Alplax, seguidos por Clonagil, Tranquinal y Lexotanil, todos nombres que resultan familiares entre los ejecutivos y profesionales que viven en las grandes ciudades del país. Humanos en apuros cotidianos que, muchas veces, echan mano de ese dispositivo plateado con pastillas de rápida acción -el blister- sin pasar por un consultorio para pedir una receta.

¿La culpa es de las crisis, como habitualmente se cree? Parece. Pero quizá la respuesta no sea tan simple. Si bien sobran razones para señalar que la angustia, la ansiedad y los ataques de pánico bien podrían ser provocados por los vaivenes de la política local, atribuirles el fenómeno sin pensar matices deja de lado otras cuestiones. Entre ellas, nuestras concepciones autóctonas sobre la enfermedad mental, la relación entre los psicotrópicos y la frondosa historia del psicoanálisis en la Argentina, la costumbre de la automedicación, y el uso local de estas drogas para sostener una cultura de rendimiento laboral sobreexigido, en un mercado de trabajo que ya mucho antes de la hecatombe financiera global de 2008 no aseguraba puestos estables.

Remedios para la crisis

Según los expertos, habría que empezar por 2001. Eso pensó el antropólogo norteamericano Andrew Lakoff, que vino al país luego de la caída del gobierno de Fernando De la Rúa. Profesor de la Universidad de California, y enfocado en investigaciones sobre la circulación global de medicamentos, le provocó curiosidad el modo en que estas drogas se recetaban y se consumían en este país donde la psicología y el psicoanálisis tenían una tradición de peso. Interesado en los actuales modelos biológicos sobre el comportamiento humano, vino aquí para ver qué ocurría con las medicaciones en un contexto de total incertidumbre.

En 2003, Lakoff publicó "Las ansiedades de la globalización: la venta de antidepresivos y la crisis económica argentina" (Cuadernos de Antropología Social, UBA) donde afirmaba que una de las particularidades del consumo local era la existencia de un marco epistemológico orientado hacia lo social y lo psíquico, mucho más que a los modelos de explicación neuronal sobre el origen de la ansiedad y la depresión que, desde los 90, ocupan la atención de la ciencia en el Primer Mundo.

"Lo que más me llamó la atención fue que las mismas drogas que en los Estados Unidos se asociaban con una intervención sobre las condiciones biológicas de la depresión, en la Argentina se prescribían en momentos de crisis como para tratar un estrés socialmente inducido", dice ahora Lakoff, desde su oficina en San Diego. En otras palabras: lo que a su criterio se medicaba era el estrés provocado por la crisis (e incluso la tristeza normal que siente cualquier mortal por la pérdida momentánea de sus esperanzas), mucho más que los estados de depresión o ansiedad diagnosticados a partir de criterios de manuales psiquiátricos, de estudios clínicos o de imágenes.

De todos modos, para algunos especialistas, hay que agregar en la balanza un elemento que excede la coyuntura, y que puede resultar un ingrediente básico en la construcción de nuestra estrecha relación con el blister: la idea que circula en el imaginario colectivo sobre los argentinos y su inexorable devenir. Como dice el psiquiatra Juan Carlos Ferrali, subdirector del Instituto Superior de Formación de Posgrado de la Asociación de Psiquiatras Argentinos (APSA), "la idea de que los argentinos siempre hemos fracasado, o de que ese fracasar es nuestro destino, como si en algún libro sagrado estuviera escrito que a la Argentina siempre le irá mal".

El lugar del medicamento en el entramado social se hace gigante cuando lo que se pide es que la Ciencia dé respuestas a los males crónicos del país. Desde el psicoanálisis, Germán García, presidente de la Fundación Descartes y miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana (EOL) opina que "existe un trasfondo psicologista de la sociedad: el que nos hace creer que la solución a los problemas sociales es una modificación del sujeto, y no de la situación. Y nos dice que para eso están las medicaciones. Que las necesitamos porque no podemos hacer nada solos. Se nos hace creer, además, que los desocupados quieren que les inventemos grupos de autoayuda, cuando lo que en realidad necesitan es un trabajo."

Vivir en la incertidumbre

Desde fines de los 80, "eso que habitualmente llamamos seguridad se volvió un bien escaso -afirma el psiquiatra Guillermo Belaga, coordinador del área de Salud Mental del Hospital Central de San Isidro y también miembro de la EOL-. El ataque de pánico, que se convirtió en epidemia, aparece ligado a la caída del Estado de bienestar. "Es la época de la política del thatcherismo, que afecta a las organizaciones de fuertes identidades sociales, los mineros en Inglaterra, o los bancarios en la Argentina. Esos que trabajaban en puestos que se heredaban, como las familias de los empleados de Segba. Esa caída de identidades sociales hace que la persona tenga que hacerse a sí misma. El ataque de pánico comienza a ser común ante la pérdida de los trabajos estables, garantizados."

Las grandes ciudades, donde se combinan el jaqueo a esas garantías con un poder adquisitivo alto, son los lugares donde más psicotrópicos se consumen. El psiquiatra Eduardo Leiderman, profesor adjunto a cargo de Psiquiatría Biológica de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales en la Universidad de Palermo, estudió la prevalencia del consumo de psicofármacos en territorio porteño y en el Gran Buenos Aires. A fines de 2005, realizó encuestas en distintos barrios de la ciudad, y concluyó que el 15.5% de la población general consumía algún tipo de psicofármaco, y que el 29.4% lo había hecho alguna vez. Observó que el uso era mayor en las mujeres y en las personas mayores. Y que un cuarto de los que consumían lo hacían sin recomendación médica.

En el interior del país, otros trabajos demuestran que se trata de un fenómeno eminentemente urbano. Como ejemplo, un estudio titulado "Utilización de ansiolíticos benzodiacepínicos en barrios céntricos de la ciudad de Corrientes", publicado en 2004 por la Cátedra de Farmacología de la Universidad Nacional del Nordeste, se alarmó por "la sobreutilización de benzodiacepinas [N.de R.: las drogas más utilizadas contra la ansiedad] en barrios céntricos de la ciudad de Corrientes por parte de los consumidores", pero también por la sobreprescripción por parte de los médicos. El año último, la Encuesta Nacional sobre Prevalencias de Consumo de Sustancias Psicoactivas, del Indec, indicó que, además de la ciudad de Buenos Aires y el gran Buenos Aires, las zonas de Cuyo y la pampeana "presentan las prevalencias de vida de consumo de tranquilizantes más altas".

Los psicofármacos se han convertido en drogas sociales, esas que los americanos incluyen en el grupo de las llamadas lifestyle drugs (drogas para el estilo de vida), consumidas sin control médico por sectores de poder adquisitivo medio y alto que las utilizan para sostener rutinas que exigen mantenerse al límite del rendimiento, sin angustia y sin claudicaciones. Se trata, de algún modo, de un consumo recreativo, automedicado. Y es por eso que el concepto de "medicalización de la vida cotidiana" circula aquí y en todo el mundo como un sello de época.

En 2004, por ejemplo, la BBC publicó un artículo en el que daba cuenta de que la agencia británica de Medio Ambiente advertía que el agua para consumo doméstico de Gran Bretaña contenía cantidades crecientes de Prozac, el antidepresivo que en los 90 fue bautizado como "la droga de la felicidad". Hace poco más de un mes, un artículo publicado por el diario El País , de España, hablaba de la "depresión por la depresión", como efecto de la crisis, y recordaba que la Organización Mundial de la Salud aconseja por estos días que "no convendría subestimar las consecuencias psicológicas de la crisis financiera".

Un círculo vicioso

Si bien las recomendaciones valen para todos, diez mil kilómetros al sur de Europa pasan cosas particulares. En una cultura más bien cortoplacista que adscribe a la idea de rendir al máximo y no declinar, es difícil entender qué está primero: el remedio o la enfermedad.

Para Belaga, puede que estemos atrapados en un círculo vicioso: "Es el de medicar para el "sea usted eficiente". Para ir, en cierto sentido, al mismo punto de partida que provocó el desbarajuste. Si el ataque de pánico llega cuando fracasa la estrategia de funcionar como una máquina de la eficiencia, ¿habrá que estar medicado eternamente para no fracasar jamás?", pregunta.

Ya en los 90, el médico y psicoanalista Emiliano Galende escribió, en su libro De un horizonte incierto. Psicoanálisis y Salud Mental en la sociedad actual (Paidós): "(...) lo nuevo es que millones de mujeres y hombres recurren a nuevas drogas (ahora los tranquilizantes, los ansiolíticos, los hipnóticos, etc.) para soportar ciertos malestares de la vida social que son sufridos en sus cuerpos y sus mentes, pero efectúan este consumo bajo la presión y el requerimiento imperioso de la integración social y el mantenimiento de las relaciones con sus jefes, compañeros, maridos, amantes, etc. Se trata de verdaderas drogas para la vida social, justamente en una sociedad cuya integración y mantenimiento de las relaciones se han vuelto altamente competitivos y amenazantes."

En gran parte de esos casos, la medicalización de la vida cotidiana es, prácticamente, sinónimo de la automedicación.

Como caramelos

Lo que nadie puede soslayar es que, bien recetados, estos medicamentos han cambiado la vida de miles de personas. En la década del 70, el universo médico cambió con la llegada masiva de los psicofármacos a los consultorios y las farmacias. Si bien en el antiguo Egipto ya se administraban sustancias para combatir males psiquiátricos o psicológicos, sólo en el siglo XX se produjo una verdadera revolución, con la aparición de moléculas que dejaron atrás metodologías más cruentas y menos efectivas contra trastornos como la ansiedad, o enfermedades graves como la depresión.

Pero lo cierto es que, cada vez más, la gente toma medicamentos recomendados por amigos, vecinos e incluso compañeros de asiento en los aviones, que proveen tranquilizantes a quienes tienen miedo de volar. Incluso, los médicos conviven con la presión de los pacientes que piden copias como caramelos, aduciendo que "me las receta mi psiquiatra, pero ahora está de vacaciones".

El doctor Pablo Dimitroff, director médico de los Centros Ambulatorios de Swiss Medical Group, dice que esto efectivamente ocurre, y que en la Argentina resulta difícil "desterrar la figura del médico "recetólogo". Los pacientes no siempre comprenden el grado de responsabilidad que tiene el médico cuando firma una receta".

La responsabilidad es de todos. La Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica (Anmat) prohíbe las muestras gratis de estos psicotrópicos. Sin embargo, ningún psiquiatra puede negar que recibió alguna. También está prohibido -y esto lo confirma la Confederación Farmacéutica Argentina (COFA)- que los farmacéuticos realicen el expendio sin una receta médica. En cambio, la gente insiste: ¿quién no ha pedido la pastillita azul en la farmacia del barrio, asegurando que, más tarde, volverá con la receta?

"La mayoría no considera riesgoso automedicarse, y gran parte de los pacientes utilizan por su cuenta una droga con la que ya habían sido medicados anteriormente", afirma el doctor Jorge Franco, a cargo del servicio de Salud Mental del Hospital de Clínicas. Ya en 2002, un trabajo publicado por esa división del hospital-escuela indicó que el 60% de los pacientes consumía medicamentos sin prescripción médica:, el 27.5% lo hacía con drogas de venta libre y 31.9%, se automedicaba. Los fármacos más utilizados en este último grupo fueron los psicofármacos: 59.8%. De este grupo, el 88.8% eran ansiolíticos.

El poder del marketing

Lakoff afirma que otra de las cuestiones que llamaron su atención fue el vínculo de los médicos con la industria farmacéutica, y el efectivo marketing que, como en muchas otras partes del mundo, se realiza con estos medicamentos.

"Un punto de especial atención es el de los líderes de opinión. Psiquiatras, psicólogos u otros especialistas que dictan conferencias o exponen en los medios masivos de comunicación sus mensajes, ponderando la eficacia de ciertas moléculas psicofarmacéuticas. Si un líder de opinión recibe beneficios significativos -dinero, viajes, prestigio- por promover determinado producto, ahí estamos frente a un conflicto de ideales. La autonomía y la independencia profesional que conforman la base de la actividad de un médico se desdibujan".

La compleja relación de los médicos con la industria farmacéutica fue objeto de estudio de un grupo de investigadores norteamericanos que publicó sus resultados en la prestigiosa The New England Journal of Medicine . Después de consultar a más de 3000 profesionales de la salud encontraron que el 94% reconocía tener algún tipo de relación cercana con la industria farmacéutica, y que ese vínculo se plasmaba, básicamente, en que recibían muestras gratis y regalos en su lugar de trabajo. Más de un tercio de los encuestados reconoció recibir algún tipo de compensación por sus recetas, como invitaciones a congresos o cursos de perfeccionamiento. Conducido por Eric G. Campbell y colaboradores, se llamó National Survey of Physician-Industry Relationships, y sus resultados se conocieron en 2007.

Un directivo de una compañía farmacéutica que fabrica ansiolíticos se sincera en off the record . Mientras dice que el marketing no lo es todo resume que las pastillas son un logro científico y un éxito comercial: "Si en este mismo momento alguien se dispusiera a abrir carteras y portafolios de la clase media argentina, seguramente encontraría muchos más ansiolíticos y antidepresivos de los que podría imaginar. La venta de psicotrópicos es fuerte aquí, igual que en otros países que el Banco Mundial clasifica como de "ingresos medios" -asegura-. En Burundi, esto no pasa".

Agrega que, por más que estemos dispuestos a enaltecerlas al máximo, su poder nunca será celestial: "Si el techo de una casa está roto y hay goteras, la gente pone un balde. Arreglar el techo es posible, aunque mucho más complejo. Los ansiolíticos funcionan como baldes. Constituyen una solución pasajera. Eso es lo que nosotros vendemos. Y acá nos va muy bien".

Lejos del ámbito psi, pero con el termómetro de la calle, el actor y escritor Enrique Pinti, dispara con humor en el mismo sentido: "A mí no me jodan. Acá las crisis siempre son bravas, pero no vivimos en Beirut. Hay que preguntar en Irak si toman pastillas. Seguro que no. ¿Por qué pensamos como si fuéramos Hiroshima o Nagasaki? En la Argentina pasan cosas inexplicables y terribles, pero no tanto como para justificar que tengamos que enchufarnos todo el tiempo una pastilla porque somos los más castigados del mundo. Dejamos que las cosas pasen, las permitimos y después no lo asumimos. ¿Sabés por qué? Si algo se asume, genera angustia. Acá, la gente se derrumba y se empastilla en lugar de decir: "A estos hijos de p... ya no les creo". Usamos más el medicamento que la cabeza".

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