La arbitrariedad no es la norma

Por: Ricardo Kirschbaum

En todas las encuestas, los argentinos se declaran muy favorables a vivir en democracia. Tienen muchas quejas sobre los políticos y sobre el sistema de representación pero la mayoría sigue pensando que no hay un régimen mejor que el que se recuperó en diciembre de 1983

Esos datos positivos comienzan a dejar de serlo cuando observamos las conductas y prácticas en las que la ley y las reglas siempre se subordinan a las necesidades políticas. Es cada vez más alarmante la distancia entre las palabras y los hechos, entre la adhesión formal al sistema legal y las trampas que se arman para sortear lo que la propia ley dice.

Este acostumbramiento a la arbitrariedad, para citar palabras del politólogo Natalio Botana, es cada vez más peligroso porque los límites de estas conductas siempre son provisorios. Es decir que no son definitivos.

El fallo del juez Blanco avalando las candidaturas de Kirchner, Scioli y Massa, es otro ejemplo de esta cadena iniciada hace muchos años. Tiene razón Kirchner cuando cita ejemplos anteriores de estas conductas criticables -para justificarse hasta usó el ejemplo de Obama, como si éste formara parte del paisaje político local- pero la continuación del error no puede ser una excusa válida. Estas actitudes no son propiedad de ningún partido. Recientemente, Gabriela Michetti ha hecho lo que tanto criticó en su campaña anterior y abandonó un cargo para el que la habían votado los porteños. Lo hizo por una necesidad política de su partido, al igual que Scioli. La política se desarrolla en un sistema de leyes y normas que deben ser respetadas por todos. No deben ser subordinadas por la arbitrariedad, la manipulación o el desprecio a un régimen que todos dicen defender.

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