Una apuesta a la reinserción social

Para la directora de Justicia Penal Juvenil, Silvia Crescente, la derivación de menores a instituciones cerradas debería ser la última opción. En la Casa del Adolescente hacen talleres de oficios, para que puedan trabajar o volver a estudiar.
La directora provincial de justicia penal juvenil Silvia Crescente sostiene que el encierro es perjudicial y dificulta la reinserción de los adolescentes en la sociedad. "Los resultados son altos grados de reincidencia con delitos cada vez más violentos. Debe ser considerada la última opción", afirma. Como contrapartida explicó en qué consisten los programas alternativos al Irar que están llevándose a cabo en la provincia de Santa Fe con el objetivo de que los jóvenes de entre 16 y 18 años que delinquen cumplan una pena que a la vez les permita aprender un oficio y encontrar un lugar fuera de las redes del delito. Rosario/12 dialogó con tres adolescentes cuya sanción consiste en realizar servicios a la comunidad. De los 10 que ya pasaron por este procedimiento, ocho retomaron sus estudios secundarios y aprendieron un oficio.

Franco tiene 17 años. Por orden judicial debe asistir todos los días a la Casa del Adolescente, ubicada en calle Arijón 651, donde aprende y realiza trabajos de zapatería, herrería y electricidad. Forma parte del Programa de Servicios a la Comunidad diseñado por la provincia. En ese marco, él junto a otros jóvenes ya entregaron 25 pares de pantuflas a los abuelos del geriátrico provincial y están realizando percheros para la Casa de la Niña y para otras instituciones. "Es una especie de probation. La idea es que el joven pague por lo que hizo pero realizando algo positivo para la sociedad, es una medida reparadora", explica Silvia Crescente. Así, instituciones públicas y privadas sin fines de lucro también se ven beneficiadas.

Franco ya estuvo en el Irar. "A todos lados me llevaban esposado y había que pelear para que no te roben las zapatillas", recuerda. Sin embargo la justicia ha decidido esta vez que cumpla la pena de otra forma. "Vivo en Barrio Ludueña y me levanto todos los días a las 8 para llegar. Hasta ahora no falté un solo día. Estoy aprendiendo electricidad y ya arreglamos el timbre que funcionaba mal", cuenta. Y agrega: "Lo que más me gusta es herrería, me gustaría trabajar haciendo eso", proyecta.

"Estamos trabajando para que vengan más chicos, para que los juzgados entiendan que es una experiencia de reconstrucción", afirma Jorge Arias, el director de la institución, mientras recorre los distintos talleres, incluido el de música y computación. De hecho, el viernes pasado la jueza de menores Gabriela Sansó visitó el lugar y a partir de esta semana recibirán a otros siete chicos.

Leandro tiene 16 años y desde hace un mes está particularmente abocado a la confección de nuevas pantuflas para el geriátrico. Es un chico cabizbajo de pocas palabras, que sostiene que le hizo bien entregarle los primeros pares a las abuelas. "Está bueno hacer cosas para otros", resume. Todos los días debe tomar dos colectivos para llegar a la institución. Las autoridades entienden que es una manera de que adquieran un sentido de responsabilidad por el hecho cometido. Ezequiel tiene su misma edad y es uno de los más entusiasmados, pese a que hace sólo tres días que llegó. "Me hace bien estar acá, quiero ser un buen soldador", asegura. Y cuenta que dejó la escuela secundaria el año pasado en primer año, pese a haberse ganado una beca. El también pasó el Irar: "Acá te tratan bien", diferencia. Ahora las autoridades gestionan su reescolarización.

"Es bueno mostrar otras facetas de los chicos ﷓explica Crescente﷓. Cuando se los encierra sienten la mirada de una sociedad que los ve como monstruos y enemigos. Y ellos se identifican con ese estigma, por eso hay que ayudarlos a reconstruir su identidad, convencerlos de que pueden realizar hechos positivos y sostener una vida emancipada del delito".

El programa comenzó en noviembre y entre los que ya cumplieron una pena allí, hay historias que patentan el resultado positivo de estas actividades. El director de la Casa del Adolescente cuenta el caso de Daniel, un chico que llegó como el resto cumpliendo una pena judicial y convencido de que no quería volver a la escuela. Tras cinco meses de servicio comunitario fue modificando su actitud y actualmente cursa sus estudios secundarios en el Normal 3. O el de Cristian, de 16 años que estuvo 15 días en la puerta sin querer entrar. "Son chicos que llegan con mucho sufrimiento", explica Arias. Finalmente se entusiasmó con el taller de zapatería y fue el que más pantuflas confeccionó. A los pocos meses fue papá, pero al menos había aprendido un oficio y otra forma de relacionarse.

Martín González trabaja desde hace años como acompañante juvenil y durante mucho tiempo estuvo en el Irar: "Acá me encontré con un trabajo diferente: el 80 % de los que estuvieron lograron reinsertarse en la sociedad, continuando sus estudios o empezando a trabajar", afirma.

En las paredes del taller de herrería hay una docena de nombres labrados en hierro: Daniel, Nico, Alberto, Lisandro, Brian, Cristian... y la lista sigue. Son todos los jóvenes que pasaron por allí y dejaron una huella, labrar su nombre es la primera lección. Pero cuando terminan la pena, perciben que la huella en ellos es mucho más profunda.

El programa de servicios a la comunidad es tan sólo uno de los tres diseñados por la dirección provincial de justicia penal juvenil que están funcionando en Rosario y también en la ciudad de Santa Fe.

En lo que va del año, un promedio de 44 jóvenes por mes han pasado por el programa de libertad asistida, que consiste en que el joven imputado de infringir la ley pueda seguir en libertad pero con la condición de que asista a la escuela y a una serie de talleres que se dictan en el edificio de la dirección de justicia penal juvenil, ubicada en Dorrego al 900. "Ahora estamos coordinando con los equipos interdisciplinarios que tiene la municipalidad en cada distrito para poder acompañar al joven en su propio territorio. De esa manera se podrá articular un sistema integral de protección de sus derechos como salud y educación", detalla Crescente.

El otro programa definido como Medidas Socioeducativas de Orientación, cuidado y formación, tiene el claro objetivo de disminuir los índices de reincidencia. Está destinada a desarrollar habilidades laborales como carpintería, mecánica de automóviles y reparación de PC. Actualmente hay unos 16 jóvenes en este programa, algunos de los cuales realizan pasantías en el Hipódromo de la ciudad y ya hubo reuniones con empresarios que mostraron interés en integrarlos a sus empresas como pasantes con el objetivo de que con el tiempo puedan obtener un trabajo genuino. Según explicó Crescente, "está destinado particularmente a aquellos adolescentes que tienen hijos y deben sostener a una familia".

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