En el PJ ya se aprontan para suceder a Kirchner.

Por: Joaquín Morales Solá.

Quería huir del empate bonaerense que le vaticinaban. Entonces, Néstor Kirchner giró hacia las candidaturas testimoniales, que incluyen a Daniel Scioli, a intendentes y a ministros.

Pero terminó aterrizando de nuevo en el empate. El actual empate con sus opositores en Buenos Aires es virtual, según prestigiosas encuestas, porque el oficialismo cuenta con una ventaja de un puñado de puntos demasiado módico. La diferencia está inscripta, incluso, en el margen de error de cualquier medición de opinión pública.

Con todo, el dato más alarmante para el kirchnerismo es el amplio rechazo de la sociedad bonaerense (un 70 por ciento) a las candidaturas testimoniales. No le gustan los candidatos que han confesado de antemano que nunca ocuparán los cargos por los que competirán. Tales mediciones están haciendo trastabillar el inicial acuerdo de algunos intendentes para sumar sus candidaturas testimoniales. Los municipios bonaerenses están renovando el 50 por ciento de los Concejos Deliberantes, cuerpos que son luego los dueños de la estabilidad de los intendentes.

El caso del intendente de Esteban Echeverría, Fernando Grey, es emblemático de lo que les sucede a gran parte de los barones del conurbano. La gestión de Grey tiene un 70 por ciento de aceptación social, pero la imagen positiva de Néstor Kirchner es en ese distrito de sólo el 22 por ciento; la de Cristina apenas roza el 20 por ciento. Una probable candidatura testimonial de Grey cosecharía el voto de sólo el 30 por ciento del electorado, según las mediciones en manos del propio jefe comunal.

Grey no está solo; muchos intendentes podrían sufrir el mismo desgaste si siguieran la estrategia de Kirchner. No son los intendentes los que hacen populares a los Kirchner; es el matrimonio presidencial el que hace impopulares a los intendentes. La contradicción que atenaza a éstos consiste en que los recursos los da o los quita Kirchner de acuerdo con las lealtades, verdaderas o fingidas. Por mucho menos, Kirchner lo llamó mafioso a Duhalde , ironiza un conocido kirchnerista.

Carlos Reutemann ha hecho popular la advertencia de que luego del 28 de junio habrá una mesa peronista para debatir la futura conducción del partido gobernante y la candidatura presidencial del justicialismo. Reutemann ha deslumbrado a los peronistas con su última jugada política: se definió como un hombre de centroizquierda después de un entrevero verbal con Pro. Fue una hábil maniobra electoral, porque en Santa Fe debe sacarle votos a la clientela socialista. Los peronistas pronostican la condición inevitable de la candidatura presidencial de Reutemann si ganara su provincia por una amplia diferencia.

Reutemann es un hombre de pasiones definitivas; nada hay que lo crispe más que el uso indebido de su nombre en las parrandas de la política. Kirchner cometió el error de nombrarlo en vano cuando a principios de año deslizó que el actual senador podría ser su candidato presidencial en 2011. Hasta hizo trascender que podría haber un acuerdo entre ellos para financiar la campaña presidencial de Reutemann. Se trató sólo de un manotazo de ahogado del ex presidente. Reutemann había deslizado públicamente su proyecto presidencial y Kirchner se abrazó a él para no aparecer ausente del futuro.

Reutemann nunca se lo perdonó. Kirchner tiene el 80 por ciento de rechazo en Santa Fe. Esa operación intentó fulminarme , denunció Reutemann. Nunca haré acuerdos con Kirchner , repitió ayer.

La mesa peronista es la del día después. Después de las elecciones. Kirchner podrá ganar un tercio aquí o allá, si es que gana, pero todos los líderes peronistas son conscientes de que se avecina el final irremediable de un ciclo político. Kirchner nos está dejando una derrota , explica un gobernador. Desesperado, el Gobierno pensó hasta en la candidatura de Alberto Fernández en la Capital, que éste rechazó, buscando una derrota menos catastrófica. Pensó en él por el solo hecho de que es un crítico moderado del Gobierno. Hay que ser crítico del Gobierno para tener alguna oportunidad en la Capital.

Ahora bien, si el problema es el Gobierno, ¿por qué el kirchnerismo no cambia el Gobierno en lugar de elegir críticos moderados o digeribles?

No sólo Reutemann ha reservado lugar en esa mesa. También lo están haciendo el chubutense Mario Das Neves; el cordobés Juan Schiaretti, si es que logra una elección digna en su provincia; el salteño Juan Manuel Urtubey, escondido del kirchnerismo testimonial; el sanjuanino José Luis Gioja, que tiene un proyecto presidencial propio, y hasta el entrerriano Jorge Busti, que se bajó de cualquier candidatura en junio y dejó al kirchnerismo desnudo en un distrito importante. El propio Macri aspira a recibir una tarjeta de invitación para integrarse a esa larga mesa. La tendrá, pero sólo si hubiera un desplome generalizado del resto de los líderes peronistas.

¿Y Daniel Scioli? La candidatura testimonial de Scioli, que no ha sido bien recibida por la sociedad según aquellas encuestas, tiene dos propósitos: frenar el drenaje de votos oficialistas en la provincia y tener un lugar el día después en la mesa de los peronistas. Scioli viene reiterando la necesidad de la gobernabilidad. Se refiere tanto a la mayoría parlamentaria que necesita en la provincia como a la exigencia que se ha impuesto de no desafiar a Kirchner.

El ex presidente tiene en sus bolsillos los recursos del Estado. La provincia de Buenos Aires no está bien con sus cuentas fiscales. Pero Scioli ha jurado que jamás volverán los patacones, la cuasi moneda bonaerense de la gran crisis, mientras él sea gobernador. Los patacones serían su sepultura política. Córdoba, que no está mejor que Buenos Aires, podría recurrir otra vez a los bonos. Scioli suele escudarse en ese ejemplo para explicar por qué no sirve enojarse con Kirchner.

¿Lo perjudica Kirchner en las listas bonaerenses? Quizá. Pero Scioli no necesitaba sólo de una renuncia voluntaria del ex presidente; tenía que empujarlo él de la candidatura para ganar simpatías sociales y políticas. También en la provincia de Buenos Aires hay que ser antikirchnerista para crecer en vastos sectores. Aparece un problema: Scioli no ha nacido para eso.

La mesa peronista del día después podría encogerse a sólo dos dirigentes: Reutemann y Scioli, si éste ganara por un fino haz de luz el más importante distrito electoral del país. Scioli podría negociar muchas cosas o ninguna allí, pero no quiere quedarse sin una silla. No le hará las cosas fáciles a Reutemann: pedirá unas elecciones internas para definir el candidato presidencial del peronismo, sabiendo que él representa a Buenos Aires, más grande que Santa Fe. Los antecedentes no son buenos: Menem le ganó la interna a Cafiero por la candidatura presidencial cuando éste lideraba Buenos Aires.

¿Por qué una interna? ¿Por qué no un sistema de evaluación de encuestas? El peronismo deberá tener un candidato legitimado y único, porque no estamos en 2003 como para llevar varios candidatos y librar una interna ante todos los argentinos. Ahora habrá sólidos candidatos no peronistas, como Carrió y Cobos, en condiciones de ganarle al peronismo , responden los que escuchan a Scioli. Cobos y Carrió han dejado de ser expresiones electorales su-bestimadas por el peronismo; cierto respeto se advierte ahora cuando sus dirigentes hablan de aquellas figuras no peronistas.

Algunos rostros del oficialismo han quedado en el camino. Graciela Ocaña podría sentirse ofendida si la reemplazaran en las listas de diputados nacionales bonaerenses por Nacha Guevara. Guevara es una buena artista, pero nada le dice su nombre a la gente común de los confines urbanos o rurales de la provincia de Buenos Aires.

Ocaña cree que está a punto de ser derrotada por Hugo Moyano en la vieja pelea con éste por el manejo honesto de las obras sociales. La renuncia de la ministra espera el día previo a las elecciones, si es que los Kirchner no la despiden antes. Nadie la llama. Nadie le ofreció nada. Sólo cruza una conversación, muy de vez en cuando, con la Presidenta testimonial.

Tal vez esas ausencias se debieron sólo a que Kirchner estaba entretenido con su propia suerte. Se pasó los últimos días consultando sobre la conveniencia de su candidatura. Alguien le dijo que el peronismo no perdona la derrota. Temió. Otro le deslizó que el peronismo no perdona sólo a los que le rehúyen a la pelea. Definitivo. Irá aun hasta el cementerio político en medio de algún combate, necesario o inservible.

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