Apocalipsis Now

Por Silvio Santamarina.

Atento a las encuestas que lo dan en baja, Kirchner estudia medidas que lo muestren del lado de las víctimas de la inseguridad.

Hay clima bélico en el cuartel general de Olivos. Al comandante en jefe se lo vio revisar muy nervioso los últimos partes de guerra, quizá los que más le preocupan: las encuestas de popularidad de su gestión como presidente reasumido, aunque no reelecto. Derretida la ilusión de que los votantes habían elegido con Cristina una etapa de gobierno superadora desde el punto de vista de la calidad institucional y de la renovación del liderazgo democrático, ahora todas las balas anti-K apuntan contra Néstor y sus coroneles, De Vido y Moreno. Y algunas empiezan a entrar.

Aunque la oposición parlamentaria sigue con problemas para armar alianzas tácticas contra la mayoría kirchnerista en el Congreso, el escándalo que manchó la votación de la ley que alienta el blanqueo de capitales oscuros marcó otro escalón descendente para la hegemonía oficialista. “Fue una de las sesiones más violentas desde la caída de De la Rúa”, se lamenta ante este diario un diputado K que culpa a la oposición por el ambiente agresivo que crece en los pasillos parlamentarios a medida que se acerca el fin de año. También se queja de lo que cuesta –cada vez más– poner la cara ante los infinitos y durísimos discursos de los colegas opositores antes de que se voten los proyectos de ley ideados en la quinta presidencial. Encima, algunas de esas lacerantes intervenciones son de ex compañeros recién cambiados de bando. “Aunque es duro, esto tiene un lado bueno”, se conforma el soldado legislativo K, “porque ya está quedando bien claro quiénes tenemos convicción para dar la pelea y quiénes no”. Es claro que hoy están estallando los resquemores reprimidos desde la derrota oficial a manos del frente ruralista. Y las despedidas periódicas de funcionarios “tibios” o “disidentes” marcan el ritmo de una depuración riesgosa pero necesaria ante la inminencia de un año electoral social y económicamente inflamable, es decir, impredecible.

Para prevenir incendios, el Gobierno lanza paquetitos día tras día, y los asesores de Cristina preparan varios más para alegrar el arbolito de Navidad. Porque ésa es la paradoja emocional en la que viven los Kirchner por estos días: aunque están resentidos con la clase media metropolitana que los escrachó con cacerolas durante la guerra gaucha y que probablemente les votará en contra en 2009, Néstor y Cristina se la pasan ideando alivios estatales para el bolsillo de los sectores medios, cuando las cifras de la pobreza y del delito callejero violento indicarían la necesidad urgente de un auxilio contundente a la franja más pobre del país. Pero para eso están los intelectuales progresistas a sueldo del oficialismo: ellos encontrarán la retórica más ingeniosa para seguir sosteniendo que éste es un gobierno que lucha por una distribución revolucionaria de la riqueza. Como hace el ultrakirchnerista Carlos Kunkel, que en público se diferencia de su protegido Aldo Rico, políticamente incompatible con la propaganda oficial de los derechos humanos, y fuera de micrófono le reafirma su simpatía al ex carapintada.

También es la obsesión con el peligroso malhumor de la clase media lo que reactivó las operaciones de distintos sectores oficialistas en torno a una nueva Ley de Radiodifusión. La estrategia K en este tema es la de policía bueno y policía malo. Algunos funcionarios fogonean en público la amenaza a los grupos multimedio de que les cortarán el negocio con una dura regulación antimonopolio; otros palmean en privado la espalda de empresarios periodísticos, asegurándoles que no hay de qué preocuparse mientras se comporten “racionalmente” durante 2009. Cuando De Vido analiza entre amigos el horizonte electoral, resume la táctica kirchnerista en una frase: “Vamos a tener que arreglar con Clarín”. Puede ser que decir “Clarín” sea una metáfora de la opinión pública. Los canales de noticias por cable más vistos, incluso los que tienen acuerdos tácticos con el Gobierno, están haciendo madurar sin prisa y sin pausa otro núcleo duro de la discusión política para el año próximo: la inseguridad.

Por eso, candidatos opositores como Francisco de Narváez (con su polémico mapa online del delito) salieron a mostrarle al electorado preocupación por los índices, siempre discutibles, de criminalidad. Por eso Daniel Scioli se despega siempre que puede del “garantismo” anticarcelario de jueces, periodistas y funcionarios nacionales identificados como progresistas K, en una opinión pública impaciente con los matices. Por eso el macrismo está en alerta por el peligro de una ola de inseguridad porteña que le embarre la elección, y ya empieza a avisar por lo bajo que no está conforme con la actitud permisiva de la Policía Federal (manejada desde el gabinete kirchnerista). Por las dudas, investigadores PRO tienen a la fuerza policial bajo la lupa por sospechas de corrupción organizada en las calles de Buenos Aires. Atento a las temibles encuestas, Kirchner estudia medidas que lo muestren del lado de las víctimas de la inseguridad, y hace declaraciones efectistas contra el único poder que todavía no probó masivamente el sabor amargo de los escraches, pero que puede convertirse en la próxima víctima física de la furia colectiva: la Justicia.

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