Apenas un trago de su propia medicina

El debate filosófico en torno a nominalistas y realistas se desarrolló en la Edad Media y fue un verdadero hito en la historia del pensamiento. Básicamente, los nominalistas sostenían que existían determinadas categorías denominadas "universales" (hombre, nación, honestidad, planta, por ejemplo) que eran, básicamente, nombres sin sustancia. Dentro de esta línea, los "universales" no tenían cualidades ontológicas ni eran entidades concretas, sino meras abstracciones, verdaderos "flatus vocis", esto es, sonidos de voz. Por el contrario, los "realistas" conferían a los universales existencia concreta, real.
Muy lejos de aquel debate, bueno es preguntarse qué clase de posición adoptaría un "nominalista" frente a Luis Juez. Como se sabe, el personaje es particularmente afecto a palabras de enorme dimensión simbólica, tales como "ética", "honestidad" o "se acabó el choreo", aunque esta expresión sonara un tanto incomprensible para Guillermo de Ockham.

Muy probablemente, de contrastar la distancia entre los dichos y los hechos del ex intendente, tal hipotético filósofo diría que el propio Juez es todo un "universal", un mero sonido de voz carente de contenido real.

Contemporáneamente, fueron dos los intelectuales que se animaron a plantear tan complejo asunto en términos populares. El primero fue el conocido librepensador Jorge León, famoso filántropo de "Tiendas Mechy". El segundo, el actual intendente Daniel Giacomino. Ambos se hicieron la siguiente pregunta: ¿Cómo pudo Luis Juez vivir durante los años de su mandato con un sueldo de $ 4000, si debía darle la mitad a su hermano? Y, desde el punto de vista de los egresos, ¿cómo hizo, con semejante miseria, para vestirse con costosos trajes, cambiar sus autos y construir una pileta climatizada con quincho incluido?

La respuesta a tal interrogante siempre estuvo del lado de Juez. Sin embargo, nunca pudo aclarar el asunto en forma convincente. Por el contrario, se dedicó a atacar con virulencia a quienes voceaban estas dudas metafísicas. Así, dijo de Giacomino que lamentaba que tuviera que "llegar a la ofensa personal, al agravio", como si él jamás hubiera recurrido a los insultos para descalificar a otro. Pero hay que ser justos: Juez goza de la licencia para insultar prodigada por el juez Armando Angeli. Giacomino no tiene tal privilegio.

Esta no es la primera inconsistencia filosófica de Juez. Como se recuerda, tampoco explicó cabalmente cómo hacía para cobrar dos sueldos en paralelo en la década del ’90, uno de ellos pagado puntualmente por los odiosos Menem y Cavallo, o porque sus Declaraciones Juradas adolecían de los mismos vicios que aquéllas presentadas por los típicos exponentes de la vieja política. En muchos aspectos, el líder del Frente Cívico no se diferencia de ninguna de sus víctimas predilectas, con lo cual no se entiende cuál es la auténtica novedad que encierra este personaje, salvo una desfachatez a prueba del ridículo.

Juez es un impostor de las palabras. Las prostituye. Como es un personaje posmoderno, funcional a la cultura televisiva que nos invade, sus incoherencias y groserías se aceptan como "distintas", como si la frescura adolescente de sus tonterías constituyera un programa de gobierno. Nadie analiza seriamente lo que dice, sencillamente porque la opinión pública ha abdicado en general del entendimiento lógico. Habla de "ética", "moral" u "honestidad" con la misma autoridad del presidente Lugo, quien ocultó un hijo que concibió mientras debía observar los votos de castidad que voluntariamente había tomado. Si alguien "es honesto" y vive con $ 2000, es improbable que pueda darse la vida que tuvo el ex intendente durante su mandato. Esto es tan exacto como el principio de Arquímedes. Algo falla en su razonamiento, o miente abiertamente.

El nominalismo ha llegado para quedarse. Cada vez que escuchemos a Juez, deberíamos agradecerle la actualización de tan espléndido y antiguo debate, un flatus vocis vivito y coleando las 24 horas y por TV. Para que aprendan.

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