Apenas un punto de partida

Por Néstor O. Scibona

Si la declaración aprobada ayer por los países del G-20 tiene carácter histórico, es por establecer un punto de partida, más que de llegada, para tratar de encaminar la crisis económica más grave de los últimos 80 años en el mundo capitalista globalizado.

El documento hace un equilibrio casi perfecto entre las dos posiciones en pugna que se delinearon en las semanas previas a la Cumbre. Dedica las mismas proporciones a apuntalar la posición de los países que proponen estimular desde el Estado la demanda para reactivar la deteriorada economía mundial (con Estados Unidos y Gran Bretaña a la cabeza); y a reivindicar la necesidad de establecer mayores y mejores regulaciones del sistema financiero (sostenida por Alemania y la Unión Europea) para evitar futuros colapsos como el de Wall Street en el septiembre negro de 2008. Este equilibrio es explicable: no se trata de posturas excluyentes, sino complementarias.

A partir de esta base, y de objetivos con los que pocos podrían estar en desacuerdo, los instrumentos anunciados en Londres son más concretos en el terreno de lo posible que en el de lo deseable.

Con una economía mundial en pleno terremoto tras dos trimestres de desplome del PBI y del comercio, resulta más sencillo para los países desarrollados inyectar fondos para ponerle piso a la crisis que diseñar la arquitectura del sistema económico y financiero para las próximas décadas. Sin embargo, ya existen algunas pistas para adivinar el futuro en este último terreno: habrá mayor coordinación financiera internacional, los paraísos fiscales acaban de recibir su aviso de defunción, al igual que el secreto bancario y los fondos de alto riesgo montados en bicicletas financieras más propias de esta parte del mundo. El qué está claro; el cómo aún está por verse.

Lo mismo ocurre con las prioridades. Para muchos especialistas, la economía de los países centrales no se podrá reactivar si antes no se resuelve el problema del sistema financiero y sus "activos tóxicos". Para otros, lo urgente es apagar el incendio que implican la recesión y el galopante crecimiento del desempleo; por eso recomiendan fomentar directamente el gasto público y la demanda, aunque implique más deuda pública y nacionalizar más bancos si es necesario. También es una incógnita si el antiproteccionismo proclamado por los gobiernos del G-20 se mantendrá cuando los presidentes retornen a sus países.

Con las medidas económicas y financieras se seguirá haciendo camino al andar, porque en plena crisis poco se avanzó en nuevos diseños institucionales. Hay que hacer cosas nuevas con instituciones viejas.

La multiplicación de recursos para el FMI y los organismos multilaterales de crédito volvió a ser la forma elegida para redistribuir fondos a bajo costo desde los países desarrollados hacia los emergentes. Pero en el FMI no sólo habrá que redefinir políticas y reglas, como ahora se acordó, sino reconstituir el staff del organismo, reducido en los últimos meses prácticamente a la mitad con retiros y jubilaciones anticipadas.

Por lo pronto, las menores exigencias y el fuerte refuerzo de la capacidad prestable del Fondo parecen destinados a atenuar los problemas en las áreas de influencia de sus principales aportantes de capital (Estados Unidos y Europa). Esto ha sido explícito en el caso de México, que gestiona asistencia por 47.000 millones de dólares bajo la nueva línea de créditos flexibles (FCL). Y está implícito para los países de Europa del Este, que atraviesan su peor crisis desde la caída del Muro de Berlín con enormes déficits fiscales y externos.

La Argentina contradictoria

Dentro del marco de equilibrio que exhibió el G-20, el gobierno argentino se ubicó correctamente en una posición intermedia, aunque con más énfasis en la posición de "intervencionismo reactivante". Pero aquí también afloran las contradicciones internas. Para el kirchnerismo, el concepto de intervención del Estado es muy diferente al que hoy se extiende en el mundo: no es lo mismo aportar recursos fiscales o contraer deuda pública para apuntalar al sector privado, que extraerlos de este último para socorrer a un Estado que en los últimos años de bonanza externa se dedicó a multiplicar el gasto sin políticas ni prioridades.

Otro tanto ocurre con el revitalizado FMI. Si bien el aumento del capital significará en el futuro una relativa mejora en las reservas del Banco Central, la posibilidad de recibir asistencia en el nuevo marco se ve restringida por condicionantes ideológicos y barbaridades de política económica. La razón es que entre los reducidos requisitos previos impuestos para acceder a las nuevas FCL, sin condicionalidades posteriores, figuran la "transparencia e integridad estadística"; "inflación baja y estable" y reputación de "acceso continuo a los mercados de capitales en condiciones favorables".

Sólo con el despropósito de la generalizada falsificación de las estadísticas del Indec, será muy complicado pasar el filtro, al menos en el corto plazo. Después de la cumbre de Londres, ocupar una silla en el G 20 sigue siendo importante; pero mucho más será no quedar otra vez afuera de un mundo económico y financiero que empieza a cambiar.

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